Ramón Llul – Sobre la Caballería y Su Sentido

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Del Libro del Orden de Caballería (Llibre de l’Orde de Cavalleria, escrito originalmente en catalán ca. 1275), del célebre escritor místico, teólogo y misionero mallorquín (de Mallorca, en las islas Baleares en España) Raimundo Lulio (o Ramon Llul, 1232-1316), de quien se conservan unas 240 obras, presentamos aquí cuatro partes de las siete de dicho escrito: la Primera, que trata del fundamento de la Caballería; la Segunda, del oficio de la Caballería; la Tercera, del examen del escudero que postula a la Caballería; y la Quinta, del significado de las armas del Caballero. Al final van unos breves proverbios de Caballería del mismo autor, todos los textos en versión castellana de F. Sureda Blanes de 1949. Ramón Llul fue persona autorizada para hablar del tema, al haber sido él mismo Caballero de Jaime I el Conquistador y de Jaime II el Bueno, reyes de Mallorca, y este su libro fue traducido ya en esos siglos a diversos idiomas, dando a entender su importancia e influjo.

 

Libro del Orden de Caballería

(Selección)

por Ramón Llul

 

PRIMERA PARTE

En la Cual Se Trata del Principio de Caballería

  1. Disminuyeron la caridad, la lealtad, la justicia y la verdad en el mundo. Y comenzaron la enemistad, la deslealtad, la injuria y la falsedad; y por esto cundió el error y la perturbación en el pueblo de Dios; el cual pueblo había sido ordenado para que Dios sea amado, conocido, honrado, servido y temido por el hombre.
  1. Cuando en el mundo cundió el menosprecio de la justicia por disminución de caridad, fue preciso desde un principio que la justicia retornase por su honor, mediante el temor. Por esto fueron hechos milenarios en todo el pueblo, siendo escogido y elegido, entre los mil que formaban el milenario, el que fuese más amable, y más sabio, más leal, más fuerte, de más noble ánimo, de mejor instrucción y de mejores costumbres que los demás.
  1. También fue buscada entre todas las bestias la más bella, la más ágil y que con más nobleza pueda sostener el trabajo; pues debía ser la más conveniente para el servicio del hombre. Y porque el caballo es la bestia más noble y más conveniente para el servicio del hombre, fue elegido el caballo entre todas las bestias y fue entregado al hombre elegido entre mil. Y por esto este hombre elegido es llamado Caballero.
  1. Cuando se hubo entregado la más noble bestia al hombre más noble, fue también conveniente que se escogieran y eligieran las armas que sean más nobles y más eficaces para combatir y defender al hombre de heridas y de la muerte. Y se entregaron estas armas al Caballero, y éste se las apropió.

A quien quiera, pues, entrar en el orden de caballería, le conviene meditar y pensar en sus nobles principios; y conviene que la nobleza de su ánimo y su buena educación concuerden y convengan con el principio de la caballería.

Por esto también es inconveniente que el orden de caballería reciba en sus honras a sus enemigos, o a los que por su modo de ser y de obrar son contrarios a sus principios.

  1. El amor y el temor se convienen contra el desamor y el menosprecio; y por esto conviene que el Caballero, por la nobleza de su ánimo y buenas costumbres, y por un honor tan alto y tan grande como el que se le ha hecho por elección, por el caballo y las armas, sea amado y temido de las gentes; y que por el amor que recibe, devuelva caridad y ejemplo; y por el temor que causa, devuelva verdad y justicia.
  1. El varón, en cuanto tiene más buen sentido y es más inteligente que las hembras, también puede ser mejor que las mujeres. Porque si no fuese tan poderoso para ser bueno como la mujer, seguiríase que bondad y fuerza de naturaleza serían contrarias a bondad de ánimo y buenas obras. Por donde, así como el hombre por su naturaleza se halla en mejor disposición de tener noble valor y ser más bueno que la hembra, del mismo modo se halla también mejor preparado que la hembra para hacerse malo. Y esto es precisamente para que, por su mayor nobleza y valor, tenga mayor mérito, siendo bueno, que la mujer.
  1. Aprende, escudero, lo que habrás de hacer si tomas el orden de caballería; porque si eres Caballero, es que recibes la honra y la servitud propias de los amigos de caballería; porque, en cuanto tienes más nobles principios, eres tanto más obligado a ser bueno y agradable a Dios y a las gentes. Y si eres malo, te haces el mayor enemigo de caballería, y resultas lo más contrario a sus principios y a sus honramientos.
  1. Tan alto y tan noble es el orden de caballería, que no le basta estar formado de las personas más nobles, y que posea las más nobles bestias y las armas más honradas; porque también ha sido conveniente convertir a estos hombres que forman el orden de caballería en señores de gentes. Y puesto que el señorío tiene tanta nobleza, y la servitud tanto sometimiento, si tú, que tomas orden de Caballero, eres vil y malvado, ya puedes pensar en la gran injuria que cometes contra tus vasallos, y también contra tus compañeros buenos. Porque por la vileza en que te hallas, deberías estar sometido; y por la nobleza de los Caballeros que son buenos Caballeros, tú eres indigno de ser llamado Caballero.
  1. Para el alto honor que recibe el Caballero, aun no bastan la elección, el caballo, las armas y el señorío; porque también conviene que se le den escudero y garzón que le sirvan y se ocupen de las bestias. Y conviene también que las gentes aren y caven y limpien de cizaña a las tierras para que den los frutos de que debe vivir el Caballero y sus bestias. Y que el Caballero cabalgue y señoree; con lo cual halla bienandanza precisamente en aquellas cosas en que los hombres trabajan tan duramente.
  1. Los clérigos tienen ciencia y doctrina para que sepan y puedan amar, conocer y honrar a Dios y a sus obras, dando doctrina a las gentes, y un buen ejemplo en amar y honrar a Dios; y por esto son ordenados en estas cosas; y por eso también aprenden en las escuelas. Y así como los clérigos, por su honesta vida, por buen ejemplo y por ciencia, tienen orden y oficio de inclinar a las gentes hacia la devoción y la buena vida, en tal guisa los Caballeros, por nobleza de ánimo y por fuerza de armas mantienen el orden de caballería, inclinando a las gentes a temor, por el cual temen los hombres injuriarse mutuamente los unos a los otros.
  1. La ciencia y la escuela del orden de caballería es que el Caballero enseñe a su hijo aún joven a cabalgar; porque si desde su adolescencia no aprende a cabalgar, tampoco podrá en su vejez. Conviene que el hijo del Caballero, mientras es escudero, sepa dar el pienso al caballo, y que aprenda a estar sometido, antes de ser señor, sabiendo servir a señor, porque de otra suerte no apreciaría la nobleza cuando fuese Caballero.

Por todo esto el Caballero debe someter a su hijo a otro Caballero, para que aprenda a cortar y guarnecer y demás cosas que tocan el honor del Caballero.

  1. Así como el que quiere ser carpintero tiene necesidad de tener maestro carpintero, y aquel que quiere ser zapatero necesita de un maestro que sea zapatero, de la misma manera quien quiera ser Caballero necesita un maestro que sea Caballero. Porque en tal guisa sería inconveniente cosa que el escudero aprendiese el ordenamiento de la caballería de un hombre que no fuese Caballero, como lo es que el que quiera ser zapatero tenga por maestro a un carpintero.
  1. De la misma manera que los juristas, los médicos y los clérigos adquieren ciencia y tienen libros, con cuya lección aprenden su oficio por magisterio de letras, oyendo a sus maestros; tan alto es y tan honrado el orden de Caballero que no es bastante que al escudero se le enseñe a dar pienso al caballo, a servir a señor, ir con él en hechos de armas y otras cosas semejantes, sino que también sería muy conveniente cosa que hubiese escuelas y ciencia escrita en los libros, y que fuese enseñado el arte de la misma manera que se enseñan las demás ciencias, y que los niños hijos de Caballero aprendiesen desde un principio la ciencia que atañe al orden de caballería, y anduviesen por las tierras con los Caballeros.
  1. Si no hubiese culpas entre los clérigos y entre los Caballeros, aquí bajo apenas se advertirían culpas en las otras gentes; porque por el ejemplo de los clérigos el pueblo adquiere devoción y amor a Dios, y por los Caballeros temieran injuriar al prójimo.

De esta suerte, si los clérigos tienen maestros y doctrina, y frecuentan las escuelas, para ser buenos, y existen tantas ciencias que están en doctrina y en letras, se comete una injuria muy grande al orden de caballería cuando no existe, de modo semejante, una ciencia demostrada por letras, y que no se constituya escuela, como se han constituído para enseñanza de las demás ciencias.

Por esto mismo, el que compone este libro, ruega al noble Rey y a toda la Corte reunida en honor de caballería, que este libro dé satisfacción y sea restaurado en el honor el orden de caballería, porque es agradable a Dios.

SEGUNDA PARTE

En la Cual Se Habla del Orden de Caballería

y del Oficio que Pertenece al Caballero

  1. El fin y la intención por la cual comenzó el orden de caballería, constituyen el oficio de Caballero. De modo que si el Caballero no usa del oficio propio de caballería, es contrario al orden y a los principios de Caballería, de que antes hemos hablado.

Por contrariedad el Caballero no sería verdadero Caballero, aun llamado así; y es más vil que el tejedor o trompetero que siguen bien sus propios oficios.

  1. Es oficio del Caballero mantener y defender la santa Fe católica, por la cual Dios Padre envió a su Hijo a tomar carne en la Virgen gloriosa nuestra Dama Santa María; y para honrar a la Fe y multiplicarla, sufrió en este mundo muchos trabajos, muchas injurias y una muerte dolorosa.

Así como nuestro Señor Dios ha elegido clérigos para mantener la santa Fe con escrituras y pruebas necesarias, predicándola a los infieles con una gran caridad que aun la muerte les es deseable, de esta suerte el Dios de la Gloria ha elegido Caballeros que, por fuerza de armas, venzan y se apoderen de los infieles que cada día se afanan en destruír la Santa Iglesia. Por lo mismo tiene Dios tan honrados a los Caballeros en este mundo y en el otro, cuando son mantenedores y defensores del oficio de Dios y de la Fe por la cual nos hemos de salvar.

  1. El Caballero que tiene fe, y no obra según la fe, y es contrario a los que la mantienen, es como entendimiento de hombre al que Dios ha dado la razón y usa de la sinrazón y de la ignorancia. De esta suerte quien tiene fe y es contrario a la fe, quisiera ser salvado por lo que está contra fe; y por lo mismo su querer concuerda con el descreimiento, que es contrario a la fe y a la salvación, por cuya falta el hombre será juzgado y condenado a trabajos sin fin.
  1. Muchos son los oficios que Dios ha dado en este mundo para ser servido por los hombres; pero los más nobles, los más honrados y los más cercanos de los oficios que hay en este mundo, son el oficio de clérigo y el oficio de Caballero. Por esta misma razón la mayor amistad que puede haber en este mundo debería ser entre clérigo y Caballero. Porque así como el clérigo, siguiendo el orden de clerecía, no es contrario al orden de caballería, el Caballero no mantiene este orden suyo cuando es contrario o desobediente a los clérigos, que vienen obligados a amar y mantener el orden de caballería.
  1. El orden no obliga solamente para que se ame la orden en que son, sino también para amar en él a los otros órdenes. De esta suerte, amar un orden y desamar a otro no es permanecer en orden ni mantenerlo, porque no hay orden alguno dado por Dios que pueda ser contrario.

Por esto, si se da algún religioso que ama tanto a su orden que se muestra enemigo de otra, en realidad no sigue su orden; y de la misma manera no cumple con oficio de amar a su orden cuando menosprecia otros órdenes.

En efecto, si el Caballero mantuviese el orden de caballería desamando y destruyendo otro orden, seguiríase que Dios y orden serían contrarios, contrariedad que no puede ser.

  1. El oficio de Caballero es tan noble cosa que cada uno de los Caballeros debiera ser señor y regidor de tierra; mas, por los muchos Caballeros que son, bastarían las tierras.

Para significar que un solo Dios es señor de todas las cosas, el Emperador debe ser señor de todos los Caballeros. Mas como el Emperador no podría por sí mismo regir a tantos Caballeros, conviene que tenga debajo a los reyes que sean Caballeros, y le ayuden a mantener el orden de caballería. Mas los reyes deben tener bajo sí condes, comodoros, varvesores, y así otros grados de caballería; y debajo estos grados debe haber Caballeros de un escudo gobernados y poseídos por los antedichos grados de caballería.

  1. Para demostrar la excelente señoría, sabiduría y poder de nuestro Señor Dios, que es uno, y puede y sabe regir y gobernar cuanto es, sería cosa inconveniente que un Caballero solo se atreviese y pudiese regir por sí mismo todas las gentes de este mundo; y si lo pretendiera, no quedaría significada bien la señoría, el poder y la sabiduría de Dios; el cual ha querido que —para regir a todas las gentes— haya necesidad de muchos oficiales que sean Caballeros. Por esto mismo, el Rey o el Príncipe que hace procuradores, vegueres, bailes, a hombres que no son Caballeros, obra contra el oficio de caballería; siendo cosa conveniente, por la dignidad del oficio, sea señor un Caballero y no otro hombre, porque por el honor del oficio se ha de buscar al hombre de oficio más honrado.

Por el honor de su orden, tiene el Caballero nobleza de corazón; y por nobleza de ánimo se inclina más tardíamente a la villanía que otros hombres y a la maldad y engaño.

  1. Es oficio de Caballero mantener y defender a su señor terrenal. Porque ni el Rey, ni el Príncipe o alto Barón podrían mantener en derechura a sus gentes si no se les ayudase. Por donde, si el pueblo o algún hombre va contra el mandamiento del Rey o del Príncipe, conviene que los Caballeros ayuden a su señor; porque en realidad, siendo el Rey un hombre solo, vale solamente como cualquier otro hombre solo. Por esto también el Caballero malvado, que ayuda antes al pueblo que a su señor, o que quiere hacerse señor del pueblo, desposeyendo al señor legítimo, no sigue el oficio por el cual es llamado Caballero.
  1. La justicia debe ser mantenida por los Caballeros. Así como los jueces tienen el oficio de juzgar, así los Caballeros tienen el oficio de mantener la justicia.

Si ser Caballero y hombre de letras se conviniesen tan hondamente en un Caballero que su ciencia bastase para ser juez, el caballero debería serlo; porque es más conveniente que lo sea un Caballero por quien la justicia ha de ser mantenida, que por quien la justicia no puede ser mantenida.

  1. Es oficio de Caballero, cabalgar y moderarse, correr lanzas, concurrir con armas a torneos y justas, hacer tablas redondas, esgrimir, cazar ciervos, osos, leones. Estas y otras cosas semejantes son del oficio de Caballero, porque por estas cosas los Caballeros se acostumbran a los hechos de armas y a mantener el orden de caballería.

Despreciar los usos y costumbres en estas y otras semejantes cosas, que habitúan al Caballero a usar bien de su oficio, fuera menospreciar el orden de caballería.

  1. Todas las cosas que hemos referido pertenecen al oficio de Caballero en cuanto al cuerpo. Del mismo modo pertenecen al oficio de Caballero, en cuanto al alma, justicia, sabiduría, caridad, lealtad, verdad, humildad, fortaleza, esperanza, experiencia y otras virtudes semejantes a éstas.

En tanto grado esto es verdad, que el Caballero que usa de las cosas que pertenecen a su oficio en cuanto al cuerpo, y no usa en cuanto al alma de aquellas virtudes que son propias de la caballería, no es amigo del orden de caballería. En efecto, si lo fuese, seguiríase que cuerpo y caballería serían contrarios al alma y a sus virtudes; mas esto no es cierto.

  1. Es oficio de Caballero mantener la tierra; porque por el miedo que causan los Caballeros, los malos no se atreven a destruír las tierras; y también los reyes y los príncipes, por temor de los Caballeros, no se combaten los unos a los otros.

El malvado Caballero que no ayuda a su señor terrenal y natural contra otro príncipe, es Caballero sin oficio, de la manera que fe sin obras es así como incredulidad, que es contra la Fe. Y si un tal Caballero siguiere en el orden de caballería, ésta y aquello constituirían una injuria para con el Caballero que combate hasta la muerte por la justicia, o manteniendo y defendiendo a su señor.

  1. Todo oficio que ha sido hecho, puede ser desecho; porque si lo que ha sido hecho, no pudiese ser deshecho y destruído, sería algo semejante a Dios, que no ha sido hecho y no puede ser destruído. Por lo mismo, como el oficio de caballería ha sido hecho y ordenado por Dios, y es mantenido por aquellos que aman y son y permanecen en orden de caballería, por lo mismo destruye el Caballero en sí mismo la caballería cuando desama el oficio de Caballero, o se sale del orden de caballería.
  1. El Rey o el Príncipe que destruyen en sí mismos el orden de caballería, no solamente destruyen al Caballero que está en ellos, sino aun a los Caballeros que le están sometidos, los cuales, por el mal ejemplo de su señor y con el fin de adularlo, siguen sus malvadas enseñanzas, haciendo lo que es contrario a la caballería y al orden de Caballero.

Por lo mismo, los príncipes malvados no sólo son contrarios personalmente al orden de caballería, sino que aun deshacen el sentido caballeresco en sus sometidos.

Por lo cual, si expulsar a un Caballero del orden de caballería constituye una gran protervidad y gran vileza de ánimo, ¡con cuanta más razón la comete quien eche a muchos Caballeros del orden de caballería!.

  1. ¡Oh, qué gran fuerza tiene el ánimo del buen Caballero que vence y se apodera de muchos Caballeros malvados! El cual Caballero es aquel príncipe o alto barón que aman tanto al orden de caballería, oyendo de continuo a tantos y tan malvados Caballeros, o llamados así, que cada día le aconsejan que haga maldades, cometa errores y engaños para destruír con ello el orden de caballería en sí mismos; y no obstante, estos bienaventurados príncipes, por la sola nobleza de su ánimo y con la ayuda que les presta caballería y su orden, destruyen y vencen a todos los enemigos del orden caballeresco.
  1. Si caballería fuese más cosa de fuerza corporal que fuerza de ánimo, seguiríase que el orden de caballería concordaría mejor y más fuertemente con el cuerpo que con el alma. Ahora bien, la nobleza del ánimo no puede ser vencida, ni puede ser raptada por un hombre ni por todos los hombres que son; y el cuerpo puede ser vencido por otro, y tomado preso; por lo cual el malvado Caballero que más ama la fuerza del cuerpo, decae en fuerza de ánimo, y huye de la batalla, y desampara a su señor, según la bajeza y flaqueza de su coraje; y así no usa del oficio de Caballero, ni es servidor y obediente al honrado orden de caballería cuyo principio es la nobleza del coraje.
  1. Si una nobleza menor de coraje conviniere mejor con el orden de caballería que la mayor nobleza, concordarían flaqueza y cobardía, contra ardimiento y fortaleza de ánimo; y si fuere así, la flaqueza y la cobardía fueran oficio de Caballero, y ardimiento y fuerza desordenarían el orden de caballería.

Pero como es verdad todo lo contrario, por lo mismo si tú, Caballero, quieres y amas mucho caballería, te conviene esforzarte a fin de que, cuantos más veas compañeros de armas y mesnada en cobardía, tengas mayor ardimiento de coraje y esperanza contra aquellos que son contra al orden de caballería.

Si mueres por mantener caballería, ya no puedes amarla más, ni mejor sostenerla y servirla; porque caballería en ninguna parte se halla más agradablemente que en la nobleza de coraje. Ningún hombre puede amar más ni honrar mejor, ni tener mayor caballería que quien muere por su honor y su orden.

  1. Mas caballería y ardimiento no concuerdan sin sabiduría y entendimiento; si no fuese así, convendrían con el orden de caballería la insensatez y la ignorancia. Si tal cosa ocurriese, la sabiduría y entendimiento, que son contrarios a la insensatez y a la ignorancia, serían contrarios al orden de caballería; y esto es imposible; imposibilidad que te significa a ti, Caballero, que sientes tanto amor al orden de caballería, que así como caballería por nobleza de coraje te hace tener ardimiento y menospreciar los peligros, a fin de poder honrarla, así su orden te hace amar sabiduría y entendimiento, para honrar el orden contra el desorden que existe en los que pretenden seguir el honor de caballería por insensatez y falta de entendimiento.
  1. Es oficio de Caballero mantener viudas, huérfanos y pobres; porque es razón y costumbre que los mayores ayuden y defiendan a los menores, y los menores hayan refugio en los mayores; y es ésta la costumbre en el orden de caballería, por la cual es tan grande, honrada y poderosa en dar socorro y ayuda a los que le están debajo en honramiento como en fuerza.

Por lo cual, forzar viudas, que han menester ayuda, desheredar huérfanos, que tienen necesidad de tutela, y robar y destruír a hombres mezquinos y pobres, a los que debe socorrer, equivale a concordar la maldad, el engaño, la crueldad y la culpa con la nobleza y el honor propios del orden de caballería. Si de aquella suerte obra un Caballero, es que su orden es contrario a los principios del orden de caballería.

  1. Si Dios ha dado ojos al menestral para que vea y pueda obrar, y al hombre pecador ha dado ojos para que pueda llorar sus pecados, ha dado también al Caballero un corazón que sea cámara donde resida la nobleza del coraje; y al Caballero que se halla en la plenitud de su fuerza y de su honor, ha dado un corazón para que en él estén la piedad y la merced, para ayudar, salvar y guardar a los que levantan sus ojos con llantos, y sus corazones con esperanza, a los Caballeros para que les ayuden y defiendan y asistan en sus necesidades.

Por lo cual, si el Caballero no tiene ojos para ver a los desapoderados de la fortuna, ni tiene corazón con que piense en sus necesidades, no es verdadero Caballero, ni permanece realmente en orden de caballería; porque caballería es una cosa tan alta y tan noble, que echa de su orden y de sus beneficios a los obcecados y de vil coraje.

  1. Si oficio de caballería fuese el de robar y destruír a pobres y humildes, de engañar, de forzar viudas y otras hembras, muy grande y noble oficio fuera el de ayudar y mantener huérfanos, viudas y pobres. Porque si lo que es maldad y engaño fuere en orden de caballería, que es tan honrado, y caballería tuviere su honra en la maldad, la traición y la crueldad, ¡cuanto más fuertemente sería honrado por sobre el orden de caballería el que tuviere por honor la lealtad, la cortesía, la liberalidad y la piedad!.
  1. Es oficio de Caballero tener castillo y caballo para guardar caminos y defender a los labradores. Es oficio de Caballero tener villas y ciudades, con el fin de regir a las gentes, y congregar y ajustar en un lugar a los herreros, carpinteros, zapateros, tejedores, mercaderes y otros oficios que pertenecen al ordenamiento de este mundo, y que son necesarios para conservar el cuerpo y atender a sus necesidades.

Según esto y a fin de que los Caballeros puedan mantener su oficio, están bien alojados, como lo están los señores de villas, castillos y ciudades.

Si destruír villas, castillos y ciudades, quemar y devastar arboledas y plantaciones, matar los rebaños y robar a los viandantes fuese oficio de Caballero, el obrar y edificar castillos, fortalezas, villas y ciudades, defender a los labradores y sostener atalayas para seguridad de los caminos y otras cosas parecidas a éstas, serían desordenamiento de caballería. Y si fuese esto cierto, la caballería según fue creada como orden, sería una misma cosa con el orden y el desorden.

  1. Así como el hacha ha sido hecha para cortar los árboles, así el Caballero tiene el oficio de destruír a los malvados; y por lo mismo los Caballeros deben perseguir a los traidores, ladrones y salteadores.

Si, al contrario, el Caballero es ladrón, salteador y traidor, y los salteadores, ladrones y traidores deben ser perseguidos y muertos por los Caballeros; si el Caballero traidor o ladrón quiere usar de su oficio, debe matarse a sí mismo; y sin hacerse justicia a sí mismo, quiere hacerla en los otros, entonces el orden de caballería mejor tiene cumplimiento en los otros que en sí mismo. Y como no es cosa debida que el hombre se mate a sí mismo, por esto el Caballero traidor, salteador y ladrón debe ser eliminado y muerto por otro Caballero. Y si el otro Caballero sufre y mantiene al Caballero salteador, ladrón o traidor, va contra su oficio, cuando mata y destruye a los demás.

  1. Si a ti, Caballero, te duele una mano, o la tienes herida, el mal está más cercano a la otra mano que a mí ni otro hombre. De la misma manera, si existe un Caballero traidor, ladrón o salteador, su vicio y sus faltas están más cerca de ti, que eres Caballero, que de quien no lo es. Por lo tanto, si tu propio mal te da trabajo a ti, antes que a mí, ¿por qué excusas o mantienes al Caballero enemigo del honor de caballería y por qué hablas mal de los que no son Caballeros porque hacen precisamente lo que aquel hace?.
  1. Un Caballero ladrón, mayor latrocinio comete contra el alto honor de caballería robándose a sí mismo y robándole el honor, que cuando roba dineros u otras cosas a los demás. Porque robar honra es robar lo que vale más que dineros, que oro y plata; por lo cual es mayor pecado envilecer caballería que robar dinero y otras cosas que no son caballería. Porque de no ser así, seguiríase que, o bien los dineros y las cosas que hurta son mejores que el mismo hombre, o que es mayor latrocinio robar un dinero que muchos dineros.
  1. Si es Caballero el traidor que mata a su señor, o que yace con su mujer, o traiciona su castillo, ¿qué será el hombre que sabe morir para defender y honrar a su señor?.

Y si el Caballero traidor es bien habido por el señor, ¿qué falta será preciso que cometa para ser reprendido y castigado?.

Si el señor no mantiene el honor de caballería contra su Caballero traidor ¿en quién mantendrá el honor? Y si no destruye al traidor, ¿qué cosa destruirá?. ¿Por qué es señor, por qué es hombre, o cosa alguna?.

  1. Si es oficio del Caballero raptar o combatir traidoramente, y si es oficio de Caballero traidor esconderse y combatir a traición al leal Caballero, ¿cuál de estos dos es el verdadero Caballero? Si el ánimo malvado del Caballero traidor sólo cuida de dominar el coraje del Caballero leal, el alto coraje que combate lealmente ¿qué cuida vencer y dominar? Si el Caballero amigo de caballería y de lealtad es vencido, ¿qué pecado ha cometido, y dónde ha ido a parar el honor de caballería?.
  1. Si robar fuese propio del orden de caballería, el dar sería contrario al orden; y si el dar conviniese con algún oficio, ¿qué valor no tendría el hombre que tuviese el oficio de dar? Y si dar las cosas robadas conviniese con el honor de caballería, el restituír ¿a qué oficio pertenecería? Si quitar y poseer un Caballero las cosas que Dios ha dado a otros es cosa posible, ¿qué es lo que el Caballero honorablemente no puede poseer?.
  1. Poco entiende de mando el que confía sus ovejas al lobo hambriento, quien encomienda su mujer a Caballero joven y traidor, y quien a Caballero desleal, avaro y ladrón confía su fuerte castillo; si tal hombre entiende poco de recomendar, ¿quién será quien sepa encomendar las cosas sabiamente?. ¿Quién será quien sepa guardar y entregar sus cosas a quien conviene, si no es el Caballero perfecto?.
  1. ¿Sabes de algún Caballero que no desee recobrar su castillo?. ¿Sería Caballero quien confiase su mujer a Caballero traidor; o Caballero ladrón que no se escondiera para robar? Y si sabes que ninguno de éstos es verdadero Caballero, ni regla ni orden podrán tenerlos por tales.
  1. Es un mandamiento de la Ley que el hombre no sea perjuro. Por lo cual, si jurar falsamente no es contrario al orden de caballería, Dios, que hizo el mandamiento, y caballería, serían contrarios; y si lo son, ¿dónde está la honra de la caballería, o cuál oficio es el suyo? Mas si Dios y caballería concuerdan, conviene que los que mantienen caballería no sean perjuros. Si hacer votos y prometer a Dios y jurar en verdad no se halla en el orden de caballería, ¿qué es lo que se halla en el orden de caballería?.
  1. Tener presto el arnés y bien cuidado el caballo, es propio del oficio de caballería; y si jugarse el arnés o el caballo se halla en orden de caballería, el oficio de Caballero sería y no sería; y ser y no ser son cosas contrarias; y por esto perder el arnés no es propio del orden de Caballero, ni se da caballería sin armas ni caballo, pues por todo esto el que pertenece al orden es llamado Caballero.
  1. Si concordasen justicia y lujuria, caballería, que concuerda con justicia, concordaría con lujuria; y castidad, que es lo contrario de lujuria, sería contra el honor de caballería. Y si así fuere, sería verdad que los Caballeros mantienen su orden para mantener lujuria. Y si justicia y lujuria son contrarios, y caballería es orden de mantener justicia, Caballero lujurioso y caballería son contrarios; y siéndolo, el vicio que más debiera abominarse ha ser el de la lujuria. Si el vicio de la lujuria fuese castigado como conviene, de ningún orden serían echados tantos hombres, como pudieran serlo del orden de caballería.
  1. Si justicia y humildad fuesen contrarios, caballería, que concuerda con la justicia, sería contra la humildad, y concordaría con el orgullo. Y si el Caballero orgulloso mantiene el orden de caballería, fue muy otra aquella caballería que comenzando por la justicia mantenía y defendía a los humildes contra los orgullosos, y por tanto injustos.

Si la verdad es ésta, los Caballeros de nuestro tiempo no son como los Caballeros de entonces. Si los Caballeros de ahora, que tienen la regla y el oficio de Caballero, usasen de una y de otro, como los primeros Caballeros, no habría la maldad que vemos en estos Caballeros de hoy tan orgullosos e injuriosos.

Si el orgullo y la injuria lo fuesen todo, ¿qué son la humildad y la justicia?. ¿Dónde están?. ¿Quién tiene el oficio de mantenerlas?.

  1. Si la justicia y la paz fuesen contrarios, la caballería, que concuerda con la justicia, sería contraria a la paz; y si es así, serían verdaderos Caballeros los que son enemigos de la paz y aman la guerra; y los que pacifican a las gentes, y las libran de trabajos, serían injuriosos y contra el orden de caballería. Y yo pregunto: si los Caballeros de hoy, usando del oficio propio de la caballería son injuriosos, guerreros, amadores del mal y de las penalidades ajenas, ¿qué fueron los Caballeros de antes, que armonizaban la justicia con la paz, y pacificaban a los hombres por medio de la justicia y de las armas? Porque como entonces, hoy debe ser oficio de Caballero pacificar a los hombres; y si los Caballeros de hoy son guerreros e injuriosos, no siguen en realidad el orden de caballería, ni tienen oficio de caballero. Y en tal caso, ¿dónde está caballería?. ¿Cuántos y cuáles son los que permanecen en su orden?.
  1. Muchas maneras hay según las cuales un Caballero puede y debe usar del oficio de caballería; pero como hemos de tratar de otras cosas, por esto mismo, tratamos aquellas cosas tan abreviadamente como podemos, a fin de pasar a lo que nos requiere un escudero cortés, leal y verdadero, que ha seguido largo tiempo la regla del Caballero; para el cual hacemos concisamente este libro, porque muy en breve ha de ser armado nuevo Caballero.

TERCERA PARTE

En que Se Especifica el Examen que Conviene Sufra

el Escudero que Quiere Ser Armado Caballero

  1. Conviene que el examinador que haya de examinar al escudero sea Caballero amante del orden de caballería; porque no faltan Caballeros que prefieren crear gran número de Caballeros a que sean realmente buenos Caballeros.

Caballería no aprecia multitud de número, sino que ama nobleza de coraje y buenos sentimientos; por lo mismo, si el que examina busca más el número, por el que se multiplican los Caballeros, que la nobleza propia de caballería, es inconveniente que sea examinador; antes bien debería ser examinado y reprendido, por la injuria que comete contra el orden de caballería en su más alto honor.

  1. Antes que nada precisa preguntar al escudero si ama y teme a Dios; porque sin amar y temer a Dios ningún hombre es digno de ingresar en el orden de caballería; y el temor de esa indignidad hace sospechar de antemano que ha de cometer injurias contra el alto honor de caballería si es armado Caballero.

Por esto, cuando se presente un escudero que no ama ni es temeroso de Dios y no obstante aspira al honor de Caballero, por su aceptación el deshonor caería sobre la caballería; porque el tal escudero recibiría el orden no honrando a Dios, como es propio del orden, y acarrearía sobre éste un deshonor, contra honrada caballería. Y pues que recibir honor y dar deshonor no concuerdan entre sí, por esto el escudero sin amor ni temor de Dios no es digno de ser Caballero.

  1. El Caballero sin caballo no conviene con el orden de caballería; así tampoco escudero sin nobleza de ánimo conviene al orden de caballería; porque la nobleza del ánimo y del valor es el principio del orden de caballería, y en el orden es perseguida la vileza del ánimo.

Por lo mismo, si algún escudero que sea de ánimo vil quiere ser Caballero, quiere también destruír el verdadero orden de caballería; porque destruiría el orden que solicita; y si va contra este orden ¿por qué lo pide? Y el que hace un Caballero de un escudero con vileza de ánimo ¿por qué va contra su orden?.

  1. No pidas a la boca la nobleza del valor, porque de los labios no sale siempre la verdad. Ni la pidas a los ricos vestidos, porque bajo un rico manto se halla muchas veces un corazón flaco y vil. Ni lo pidas al caballo, porque no podrá contestarte, ni a las guarniciones y ricos adornos y arnés, porque bajo todo esto puede esconderse un corazón cobarde y malvado.

Por ende, si deseas verdaderamente inquirir sobre la nobleza del ánimo, pregúntalo a la fe, a la esperanza, a la caridad, a la justicia, a la fortaleza, a la lealtad y demás virtudes; porque en ellas se hallan la nobleza y el valor, y por medio de ellas se defiende el corazón noble del Caballero contra la maldad y el engaño, y de los enemigos de la caballería.

  1. Conviene que el nuevo Caballero tenga una edad conveniente; porque si el escudero que quiere ser Caballero es demasiado joven, no puede aún haber aprendido las buenas enseñanzas que el escudero debe recibir desde antes de ser armado Caballero.

Si el que ha de ser armado Caballero es demasiado niño, tampoco es conveniente que ingrese en caballería, porque no sabrá bien el orden, ni recordará bien lo que ha de prometer y seguir por el honor de caballería.

Mas si el escudero es demasiado viejo o debilitado en el cuerpo, tampoco es conveniente sea armado Caballero, porque por ello se cometería injuria contra el orden de caballería, que exige combatientes fuertes, por su honor; y ésta es envilecida por los flacos, cobardes y los vencidos que huyen.

  1. De la misma manera que la virtud está, como medida, en el medio, y su contrario se halla en los términos, que son vicios, de esta suerte la caballería se halla en la justa edad conveniente; porque si no estuviere en la edad precisa, seguiríase contrariedad entre medida y caballería; en tal caso virtud y caballería serían contrarios; en este caso, tú —escudero—, que te apresuras, o tardas demasiado, a ser Caballero ¿por qué, sin medida de edad, pretendes ser armado Caballero?.
  1. Si para ser Caballero fuesen precisas las bellas facciones, la elegancia del cuerpo, la rubia cabellera, o llevar espejito en la faltriquera, y solamente si el escudero [que] tuviese estas gracias pudiere ser armado por ello Caballero, también podrían armarse Caballero el hijo de un rústico o una hermosa hembra. Mas con ello deshonrarías y menospreciarías la antigüedad del linaje honrado y la mayor nobleza que Dios ha dado al hombre que a la hembra; y con esto bajas hasta la vileza. Y por un tal menosprecio y deshonor, envilecerías y humillarías el orden de caballería.
  1. Pariaje y caballería convienen y concuerdan. Porque pariaje es antigüedad de linaje, en honor antiguo; y caballería es orden y regla que comenzó con ese tiempo antiguo y perdura hasta hoy. Por esto mismo, si armas Caballero a quien no es de pariaje, eres al mismo tiempo enemigo de paraje y de caballería, haciéndolos contrarios, y por lo mismo al que haces Caballero será contra el honor del pariaje y de la caballería. Y si el tal es hecho Caballero ¿qué es?. ¿En qué viene a parar caballería?.

 

  1. Si tienes tanto poder en el orden de caballería que puedes meter en él aun al que no conviene, resulta de necesidad que también podrás echar de caballería al que por pariaje fue conveniente fuese armado Caballero.

Mas si es tanta la virtud de la caballería que tú no puedes quitarle su honor, ni echar a los que por pariaje le convienen, luego no tienes, ni puedes tener poder de armar Caballero a hombre vil de linaje.

  1. En cuanto a la naturaleza corporal, es tan honrada la naturaleza de los árboles y de las bestias como la del hombre; mas por la nobleza del alma razonable, que participa tan solamente con el cuerpo del hombre, es mayor la virtud en el cuerpo humano que en la bestia.

Por esta razón el orden de caballería consiente que, por muy nobles costumbres, por muchos nobles hechos, y por nobleza del príncipe, pueda darse caballería a algún hombre de nuevo, pero de honrado linaje.

Si esto no fuese realmente así, seguiríase que el orden de caballería convendría mejor con la nobleza del cuerpo que con la virtud del alma; y esto no es verdad. Porque es cierto que la nobleza del ánimo, que la caballería exige, mejor conviene al alma, que no al cuerpo.

  1. En el examen del escudero que pida entrar en orden de caballería, conviene se le pregunte sobre su doctrina y sus costumbres; porque si malvadas doctrinas y costumbres protervas son rechazadas por el orden de caballería, y por ellas los Caballeros malvados, ¡cuán mayor inconveniente sería armar Caballero al escudero malvado, y que entre en el orden de donde después habrá de ser echado por hechos deshonrosos y costumbres desagradables!.
  1. Si la caballería conviene tan fuertemente con el valor, que expulsa de su seno a los amigos del deshonor, y si caballería no recibiese sólo a los que tienen valor, y le aman y mantienen, seguiríase que se podría destruír la caballería por vileza y no se pudiese rehacer en nobleza. Y como esto no es cierto, por lo mismo tú, Caballero que examinas al escudero, eres muy fuertemente obligado a investigar, sobre todas las cosas, el valor y la nobleza del escudero.
  1. También debes saber con qué intención el escudero tiene voluntad de ser Caballero. Porque si lo quiere ser con el fin de hacerse rico o de señorear, o para recibir honores sin honrar a los honradores que a la caballería tributan honra y honor, deseando caballería, en realidad, sólo ama su deshonor; por lo cual es indigno de que por caballería haya riqueza, bienandanza y honra.
  1. De la misma suerte que es proterva la intención de los clérigos que son elegidos prelados por medio de la simonía, así también el escudero malvado miente su querer y su intención verdadera cuando pretende ser Caballero contra el orden de caballería.

Y si el clérigo, en todo cuanto hace, obra contra la prelacía cuando actúa simoníacamente, de manera semejante el escudero, en cuanto hace, obra contra el orden de caballería si por intención falsa logra el oficio de caballería.

  1. Conviene que el escudero sepa las grandes obligaciones que impone la caballería, y los grandes peligros para que han de estar apercibidos los que la quieren tomar y mantener. Porque el Caballero debe temer más ser vituperado que ser muerto; la vergüenza debe dar más pasión a su coraje que el hambre, la sed, el calor, el frío, ni otra pasión, ni trabajo del cuerpo.

Por esto mismo deben ser mostrados y denunciados todos estos peligros al escudero, antes de ser armado Caballero.

  1. Caballería no puede ser mantenida sin los arneses propios del Caballero, ni sin los hechos honrados y los gastos que convienen al oficio de caballería.

Por esto mismo, un escudero sin armas, o que no tenga riqueza suficiente para mantener caballería, no debe ser armado Caballero; porque por falta de riqueza, los arneses son inconvenientes, y por falta de armas y de pecunia el Caballero se hace malvado, tornándose salteador, ladrón, traidor, embustero, falso y tiene los demás vicios que son contrarios al orden de Caballero.

  1. Un hombre demasiado enjuto y pequeño, o demasiado gordo, o que tenga otros inconvenientes de cuerpo por los cuales no pueda mantener bien el uso y oficio de Caballero, no debe entrar en el orden de caballería. Porque es envilecerla admitir en ella al enteco, consumido y sin fuerzas suficientes para el uso de las armas.

Mas es tan noble la caballería, y es tan alta en su honra, que no bastan la riqueza, ni la nobleza del linaje, o que el escudero sea perfecto en todos sus miembros.

  1. Preguntado e investigado debe ser el escudero que solicita caballería, si ha cometido alguna maldad o engaño contra el orden de caballería; porque tales faltas puede haber cometido y tan grandes pueden ser, que se haya hecho indigno de que la caballería lo reciba en su orden, haciéndole compañero de quienes han mantenido y mantienen el honor de caballería.
  1. El escudero que tenga vanagloria de sus hechos, no parece que sea bueno para Caballero. Porque la vanagloria es un vicio que destruye el mérito y galardón de los beneficios que se dan en caballería. Escudero logrero no conviene al oficio de caballería, porque su intención se halla corrompida, por cuya corrupción destruye y precipita la voluntad y la lealtad que convienen al coraje del Caballero.
  1. El escudero orgulloso, de poco seso, sucio en sus palabras y en sus vestidos, que tenga un corazón cruel, el que sea avaro, embustero, desleal, perezoso, iracundo y lujurioso, el que se embriague, que sea glotón, que sea perjuro o tenga vicios semejantes, en manera alguna conviene al orden de caballería.

Si caballería pudiese recibir en su orden a los que obran contra el orden de caballería, resultaría que orden y desorden serían una misma cosa. Mas como caballería es pura ordenación de valor, por esto mismo, todo escudero debe ser examinado antes de ser armado Caballero.

QUINTA PARTE

En que Se Trata del Significado de las Armas del Caballero

  1. Todo cuanto viste al presbítero que canta misa tiene alguna significación con respecto a su oficio. Y como el oficio de clérigo y el oficio de Caballero se convienen, por esto el orden de caballería requiere que todo cuanto es preciso al Caballero en el uso de su oficio tenga algún significado por el cual sea recordada la nobleza del orden de caballería.
  1. Al Caballero se le da una espada, la cual es labrada en semejanza de cruz, para significar que así como nuestro Señor Jesucristo venció a la muerte en la cruz, en la cual muerte habíamos caído por el pecado de nuestro padre Adán, de esta manera el Caballero debe vencer con la espada y destruír los enemigos de la Cruz.

Y como la espada que se entrega al nuevo Caballero tiene filo en cada parte, y siendo la caballería oficio de mantener justicia, y justicia dar a cada uno su derecho, por esto la espada del Caballero significa que el Caballero debe mantener con la espada a la caballería y a la justicia.

  1. Se da al Caballero una lanza, para significar verdad. Porque la verdad es cosa recta, que no se tuerce, y la verdad se adelanta a la falsedad. El hierro de la lanza significa la fuerza que la verdad tiene sobre la falsedad; y el pendón significa que la verdad se demuestra a todos, y no tiene pavor ni de la falsedad ni del engaño.

También la verdad es apoyo de la esperanza; y esto, como otras cosas, viene significado en la lanza que recibe el Caballero.

  1. Al Caballero se le da el yelmo para significar vergüenza; porque un Caballero sin vergüenza no puede ser obediente al orden de caballería.

Así como la vergüenza hace que el hombre sea vergonzoso, y hace que el hombre baje sus ojos a la tierra, así el yelmo guarda de las cosas altas y mira a la tierra, porque es el medio entre las cosas bajas y las cosas altas. Y así como el casco de hierro defiende la cabeza, que es lo más alto y el miembro principal entre todos los miembros del hombre, así la vergüenza defiende al Caballero, cuyo oficio, después del oficio de clérigo, es el más alto entre los que existen; y esto para que no se incline a hechos viles, ni la nobleza de su ánimo baje a maldad o engaño ni a costumbre proterva.

  1. La loriga significa castillo y muro contra los vicios y las faltas; porque así como el castillo está cercado de muro por todas partes, para que nadie pueda entrar en él, así la loriga se halla cerrada por todas partes para significar el noble coraje del Caballero y su aislamiento en esta nobleza, a fin de que en él no puedan entrar la traición, ni el orgullo, ni la deslealtad ni vicio alguno.
  1. Se dan al Caballero calzas de hierro, para tener seguros sus pies y sus piernas; lo cual significa que el Caballero debe tener seguros los caminos, con su espada, lanza, maza y demás armas.
  1. Se dan espuelas al Caballero en significación de diligencia, peritaje y ansia, con que puede honrar a su orden.

Porque así como el Caballero espolea al caballo, a fin de tenerlo a sus órdenes y corra cuanto pueda hermosamente, así también la diligencia hace que se tenga cuidado de las cosas que deben ser; el ser experto libra de ser sorprendido, y el ansia hace procurar el arnés y demás cosas que son menester para honor de la caballería.

  1. Se le da gorguera al Caballero, en significación de obediencia. Porque el Caballero que no es obediente a su señor y al orden de caballería, se sale de este orden y deshonra a su señor.

Así como la gorguera envuelve completamente el cuello del Caballero, defendiéndolo de heridas y golpes, así la obediencia mantiene al Caballero en los mandamientos de su señor o de su mayor, y en el orden de caballería, a fin de que la traición, el orgullo, la injuria y otros vicios no corrompan el sacramento que el Caballero tiene hecho a su señor y a caballería.

  1. Se da la maza al Caballero, significándose fuerza de coraje. Porque así como la maza va, en su empleo, contra todas las armas, y da que hacer por todas partes, así la fuerza del coraje defiende al Caballero contra todos los vicios, y fortifica las virtudes y buenas costumbres por medio de las cuales mantiene el Caballero el honor de la caballería y su propio honor.
  1. Se da al Caballero la misericordia (puñal), a fin de que, si le fallan las armas, pueda recurrir a ésta; de modo que si se halla tan cerca del enemigo que no lo pueda herir con lanza, ni con espada ni con maza, lo hiera con la misericordia.

Esta arma significa que el Caballero no debe confiar demasiado en las armas, ni en su fuerza, sino que debe acercarse tanto a Dios con la esperanza, que con la esperanza de Dios combata a sus enemigos y a los que lo son contra el orden de la caballería.

  1. Se da al Caballero un escudo, para significación de su propio oficio; porque así como el escudo se pone y permanece entre el Caballero y su enemigo, de la misma manera el Caballero se interpone entre el rey y su pueblo.

Y así como el golpe hiere antes al escudo que en el cuerpo del Caballero, de igual suerte el Caballero debe parar con su cuerpo los golpes que van contra su señor, si algún hombre quiere herirlo.

  1. Se da al Caballero la silla (cabalgadura) para cabalgar en ella, lo cual significa seguridad de ánimo y cargo de caballería.

Porque así como la silla asegura al Caballero sobre su caballo, así también la seguridad del ánimo hace que el Caballero esté de cara en la batalla; por tal seguridad de ánimo sobreviene la ventura amiga de caballería.

Esta seguridad hace que sean menospreciadas muchas cobardes burlas y muchos vanos pareceres; y tanto se refrenan muchos hombres, que no osan pasar adelante en el lugar donde el noble coraje, por serenidad de ánimo, está seguro en el Caballero. Tan grande es el cargo de la caballería, que por ligeras cosas no deben inmutarse los Caballeros, sino ser valientes.

  1. Se da caballo al Caballero, en significación de la nobleza de su valor, para que cabalgue más alto que los demás hombres, y sea visto desde lejos, y más cosas tenga debajo de sí; y para que se presente en seguida, antes que otros hombres, donde lo exija el honor de caballería.
  1. Al caballo se le pone freno, y en las manos del Caballero las riendas, para significar que el Caballero debe frenar su boca no profiriendo palabras feas ni mentirosas, y refrene sus manos, de modo que no rehuya cuando haya de ser querido, ni sea tan audaz que la razón huya de su ardimiento, y entienda que debe dejar llevarse a través de los reinos a donde el orden de caballería lo envíe o lo utilice.

Y cuando preciso fuese, alargue las manos, y haga gastos, dando generosamente según conviene a su honor; que sea osado, de modo que no puedan dudar de él sus enemigos; y cuando dude herir, venza la flaqueza del ánimo.

Si el Caballero obrase contrariamente a esto, su caballo, que es una bestia y carece de razón, seguiría, mejor que el Caballero, la regla y el oficio de la caballería.

  1. Se pone al caballo la testera, para significar que el Caballero no ha de hacer uso de sus armas sin razón. Porque así como la testa del caballo va primero y delante del Caballero, así el Caballero debe tener delante del Caballero, así el caballero debe tener delante la razón en todo lo que hace. Lo que hace sin razón tiene en sí tanta vileza, que el Caballero debe tener siempre delante de sí a la razón.

De esta suerte, del mismo modo que la testera guarda y defiende la testa del caballo, así también la razón guarda y defiende la testa del caballo, así también la razón guarda y defiende al Caballero de vituperios y de vergüenza.

  1. Los guarnimientos defienden al caballo, teniendo significación de que el Caballero debe guardar y custodiar sus bienes y sus riquezas, a fin de que le basten para ejercer el oficio de Caballero con honor. Porque de la misma manera que no podría el caballo defenderse de golpes y de heridas sin guarnimientos, tampoco el Caballero sin aquellos bienes temporales puede mantener el honor de caballería; ni tampoco podría defenderse de malvados pensamientos; porque la pobreza del Caballero hace pensar engaños y traiciones.
  1. La túnica (perpunt) significa para el Caballero los grandes trabajos que habrá de sufrir en honor de caballería.

Porque así como la túnica está encima de las demás prendas caballerescas, y expuesta al Sol, a la lluvia y al viento, y recibe los golpes antes que la loriga, y es combatida por todas partes y herida, de esta suerte el Caballero es elegido para mayores trabajos de los que sufre cualquier hombre. Porque todos los hombres que están bajo su nobleza y su salvaguardia han de recurrir al Caballero, y el Caballero debe defenderlos a todos; y antes debe el Caballero ser herido, destrozado y muerto que los hombres que le han sido encomendados.

Siendo esto así, convengamos que es grande la obligación de caballería; y por esto se hallan en tan gran trabajo los príncipes y altos barones puestos para regir y defender sus tierras y su pueblo.

  1. Se da al Caballero una seña (divisa) para que se fije en el escudo, en la silla y en la túnica, para ser loado por sus ardimientos y hechos de armas en las batallas.

Mas si es cobarde, flaco o retraído, por medio de esta misma seña es objeto de burla, vituperado y reprendido.

Mas como la seña es dada al Caballero a fin de que sea reconocido como amigo o enemigo de caballería, por esto mismo todo Caballero viene obligado a honrar su enseña, guardándose para ello de cobardías, que echan al Caballero del ordenamiento de la caballería.

  1. Al rey, a los príncipes y al señor de Caballeros les es dada la señera (estandarte), para significar que los Caballeros están en el deber de mantener el honor de su señor y su heredad. Porque en el honor del reino o del principado, y en el honor de su señor, son honrados y loados los Caballeros por las gentes.

Por el deshonor de las tierras en que moran o están, o del señor de quien son, los Caballeros son más vituperados que los demás hombres.

Porque así como por el honor deben ser más alabados, porque el honor debe hallarse mejor en ellos que en los demás hombres, también de esta suerte en el deshonor deben ser más vituperados los Caballeros que los demás hombres; porque por su flaqueza o traición son más prontamente desheredados los reyes, príncipes y altos barones, y se pierden más reinos, condados y otras tierras que por la flaqueza de hombres que no sean Caballeros.

Estos Son los Proverbios de Caballería

Que Hizo el Bienaventurado Maestro Ramón Lull,

en Su «Libro de Proverbios»

  1. Caballero es hombre que procura la paz por la fuerza.
  1. El Caballero es hombre elegido antiguamente para ser mejor hombre que otro.
  1. El Caballero tiene espada por justicia, y caballo por señoría.
  1. Como la humildad está elevada, el Caballero debe ser humilde.
  1. El Caballero va bien vestido porque es honrado.
  1. Las vestiduras de tela no son tan nobles como las de las virtudes.
  1. El Caballero tiene divisa para ser conocido de todos.
  1. Un mal hombre no debe ascender a lo alto para que sea conocido.
  1. El orgullo rebaja al hombre.
  1. Quien sube es por virtud; quien baja es por vicio.
  1. Villano que se hace Caballero, injuria al caballo.
  1. Caballero vil, solamente debe cabalgar en asno.
  1. Al Caballero pertenecen bienes y honra.
  1. El mundo se hallaría en buen estamento si fuesen señores de él un buen clérigo y un buen Caballero.
  1. Buena es la compañía de un buen clérigo y de un buen Caballero.
  1. Nadie es más vil que un Caballero cobarde.
  1. Nadie cae tan bajo como el que cae desde una gran virtud.
  1. Hayas temor del Caballero humilde; pero no del orgulloso.
  1. Más fuerte es el Caballero por sus virtudes que por la lanza y la espada.
  1. El mundo juzga a los Caballeros por sus trabajos.–

Publicado en Editorial Streicher.

Pío XII advierte sobre “una Iglesia que relaja la Ley de Dios”

His_Holiness_Pope_Pius_XIIDISCURSO DE SU SANTIDAD PÍO XII A LOS FIELES
Domingo, 20 de febrero de 1949 

¡Romanos! ¡Queridos hijos e hijas!

Una vez más, en este tiempo de gravedad y dolor, los fieles de la Ciudad Eterna se han acercado presurosos a su Obispo y Padre.

Una vez más, esta magnífica columnata parece apenas capaz de abrazar con sus enormes brazos a la multitud, que como olas empujadas por una fuerza irresistible, han llegado hasta la Basílica del Vaticano para asistir a la misa de reparación en el centro del mundo católico, y expresar los sentimientos que inundan sus almas.

Entre las condenas unánimes del mundo civilizado, la sentencia impuesta sobre un eminente cardenal de la Santa Iglesia Romana a orillas del Danubio, ha alzado a orillas del Tiber un grito de indignación digno de la ciudad.

Pero el hecho de que un régimen opositor a la religión haya atacado esta vez a un príncipe de la Iglesia, reverenciado por la gran mayoría de su pueblo, no es un caso aislado; es un eslabón en la larga cadena de persecuciones que algunos estados dictatoriales han librado contra la doctrina y la vida cristiana.

Una conocida característica común de los perseguidores de todos los tiempos es que, no contentos con la destrucción física de sus víctimas, también quieren hacerlas parecer despreciables y malvadas ante su nación y sociedad.

¿Quién no recuerda a los mártires romanos de quien hablaba Tácito (Annales 15:44), inmolados por Nero y presentados como criminales incendiarios, abominables y enemigos de la humanidad?

Los perseguidores modernos también son dóciles discípulos de esa escuela infame. Ellos copian, por así decirlo, a sus maestros y modelos, cuando no los superan en crueldad y astucia en el arte de utilizar el progreso más reciente en las ciencias técnicas con el propósito de dominación y esclavitud del pueblo, cosa que en el pasado hubiera sido inconcebible.

¡Romanos! La Iglesia de Cristo sigue el camino trazado para ella por su divino Redentor. Ella se considera eterna; ella sabe que no puede perecer, que las tormentas más violentas no lograrán sumergirla. Ella no mendiga favores; las amenazas y el rechazo de las autoridades terrenales no la intimidan. Ella no interfiere en problemas puramente económicos o políticos ni se ocupa en debates acerca de la utilidad o peligro de una forma de gobierno u otra. Siempre ansiosa por estar en paz con todos, en la medida de lo posible (Rom. 12:8), da al César lo que es del César, pero no puede traicionar o abandonar lo que pertenece a Dios.

Ahora bien, es bien sabido lo que un estado totalitario y anti-religioso exige y espera de ella [la Iglesia] como precio por su tolerancia y reconocimiento problemático. Es decir, desearía:

una Iglesia que permanezca en silencio, cuando debería hablar;

una Iglesia que relaje la ley de Dios, adaptándola al gusto de los deseos humanos, en lugar de proclamarla y defenderla en voz alta;

una Iglesia separada de la base inconmovible sobre la que Cristo la fundó, para que repose sobre las cambiantes opiniones de su tiempo o se entregue a las corrientes pasatistas;

una Iglesia que no resista la opresión de conciencias y no proteja los legítimos derechos y libertades de la gente;

una Iglesia que, con indecoroso servilismo, permanezca encerrada entre las cuatro paredes del templo, que olvide el mandato divino recibido de Cristo: Id, pues, a las encrucijadas de los caminos (Mat. 22:9), enseñando a todos los pueblos (Mat. 28:20).

¡Queridos hijos e hijas! ¡Herederos espirituales de una innumerable legión de confesores y mártires!

¿Es esa la Iglesia que veneran y aman? ¿Reconocerían en esa Iglesia el rostro de su Madre? ¿Pueden imaginar un sucesor del primer Pedro, inclinándose ante semejantes demandas?

El Papa posee las promesas divinas; incluso con sus debilidades humanas, es invencible e inconmovible; es el mensajero de la verdad y la justicia, el principio de unidad de la Iglesia; su voz denuncia errores, idolatrías, supersticiones; él condena iniquidades; él hace amar la caridad y la virtud.

¿Puede entonces el Papa permanecer callado cuando en una nación las iglesias que están unidas al centro del cristianismo, a Roma, son usurpadas a través de la violencia y el engaño; cuando todos los obispos griegos son encarcelados por rehusarse a apostatar de su fe; cuando sacerdotes y fieles son perseguidos y arrestados porque se niegan a dejar a su verdadera madre, la Iglesia?

¿Puede el Papa permanecer callado cuando el derecho a educar a sus propios hijos les es quitado por un régimen de minorías que quiere alienarlos de Cristo?

¿Puede el Papa permanecer callado cuando un estado, sobrepasando los límites de su autoridad, se arroga el poder de abolir diócesis, deponer obispos, derrocar la organización eclesiástica, y reducirla por debajo de los requisitos mínimos para el cuidado efectivo de las almas?

¿Puede el Papa permanecer callado cuando llegan al punto de castigar a un sacerdote con prisión por negarse a violar el secreto más sagrado e inviolable, el secreto de la confesión sacramental?

¿Es quizás eso una interferencia ilegítima en los poderes políticos del estado? ¿Quién podría afirmar honestamente algo por este estilo? Sus exclamaciones ya han dado respuesta a estas y otras preguntas similares.

Que el Señor Dios recompense su fidelidad, queridos hijos e hijas. Que Él les de fuerza en las luchas presentes y futuras. Que Él los haga vigilantes contra los ataques de Sus enemigos y los de ustedes. Que Él ilumine con Su luz la mente de aquellos cuyos ojos permanecen cerrados a la verdad. Que Él otorgue a esos corazones que hoy están alejados de Él, la gracia de regresar sinceramente a la fe y a los sentimientos fraternales cuya negación amenaza la paz de la humanidad.

Y que ahora Nuestra  generosa, paternal y afectuosa bendición apostólica descienda sobre ustedes, la ciudad, y el mundo entero.

[Traducido por Marilina Manteiga. Artículo original.]

Los dedos del caos y los dedos de Dios

Por Plinio Corrêa de Oliveira

Poco tiempo atrás, quien dijese que el mundo estaba sumergiéndose en el caos, seria escuchado con displicencia: ¿cómo creer en tal previsión, dada la prosperidad y el orden que parecía reinar en Occidente? Como si el mundo no occidental no formase parte del planeta, por lo que bastarla que Europa y América estuviesen en orden para decir que todo iba bien y que el caos era imposible.

Se conceptuaba entonces el caos como un auge catastrófico de todos los desórdenes y desgracias. ¿Cómo admitir, entonces, que de una situación “evidentemente” ordenada pudiese originarse tal paroxismo de desorden? Tal sería la refutación, aparentemente indestructible, que el optimismo entonces reinante opondría a los que ciertamente tacharía de “profetas de des gracias”.

Va transcurriendo rápido y convulsionado el año 1992. Y el examen más superficial de la realidad deja ver que la palabra “caos” – hasta hace poco un espantapájaros para tanta gente reputada como sensata – pasó a ser una palabra de moda.

En efecto, para los círculos intelectuales de vanguardia, que se jactan de postmodemos, la palabra “caos” es algo fascinante, elegante, más o menos como un bibelot que todos quieren tener entre manos, para juguetear con él y verlo más de cerca. En vez de despertar horror, el caos es considerado hoy una fuente de esperanza. Por el contrario, la palabra “moderno”, que tanto halagaba a los occidentales, parece haber caído en la decrepitud. Refulgente de juventud hasta hace poco, nació en ella súbitamente una cabellera blanca, ya no consigue esconder sus arrugas y usa dentadura postiza. Poco le falta para caer en el basurero de la Historia. Ser moderno ¡que belleza hace diez años! Hoy en día ¡qué vejestorio! Quien no quiera verse envuelto en la decrepitud de lo que es moderno, debe llamarse postmodemo. He ahí la formula…

Cada vez más, “caos” y “postmodemidad” son conceptos que se van aproximando, al punto de tender a fundirse. Y hay, incluso, quien vea en eventuales hecatombes, conjeturadas para el día de mañana, el punto de partida de un radiante pasado mañana.

Asi, gente que hasta ayer no tenía suficientes epítetos para endilgar a la Edad Media, argumenta precisamente con ella para justificar su optimismo.

*     *     *

En otros términos, el territorio del Imperio Romano de Occidente se encontró, en cierto momento, convulsionado a la vez por dos fuerzas enemigas, que le trituraban sus restos moribundos: los bárbaros procedentes de las orillas del Rhin, y los árabes que habían transpuesto el Mediterraneo e invadido amplias fajas del litoral europeo. Europa cayó en el caos. Toda la estructura del Imperio Romano de Occidente se pulverizó. De pie, sólo quedó la estructura eclesíástica, que había recibido de Roma la consigna de no abandonar los territorios donde ejercía su jurisdicción espiritual. En la esfera temporal, cundía el caos.

Sin embargo, del entrechoque de los ejércitos, de las razas y de las batallas, en medio del pandemonium general, lentamente se fue formando en los campos la estructura feudal. Y, en las bibliotecas de los conventos, los libros en que se había refugiado la cultura greco-latina comenzaron a proyectar su luz sobre las nuevas generaciones que lentamente fueron aprendiendo que vivir no es sólo luchar, sino también estudiar.

Poco a poco, sin que casi nadie se diese cuenta, los dedos febriles y desordenados del caos fueron produciendo un tejido nuevo: la cultura medieval, cuyos esplendores los postmodemos -para favorecer su argumentación- descubren ahora, como si hasta ayer no los ignorasen y vilipendiasen.

Y, como un prestidigitador que saca de repente un conejo de una galera, los actuales profetas del caos y de la posmodemidad sacan de las penumbras y de las agìtaciones de hoy, como también de las dramáticas turbulencias de la más Alta Edad Media, motivos para embaucar a nuestros contemporáneos con la esperanza y las luces de una nueva era.

Pero hay algo quo ellos se olvidan de incluir en el panorama histórico que les sirve de argumento. Es la Iglesia. La Iglesia, sí, en la cual no cesaron de refulgir santos que dejaron en la tierra la sabiduría de enseñanzas y la fuerza viva de ejemplos que hasta hoy el mundo no olvidó. Sacerdotes, muchos, fieles a las doctrinas y a las leyes dela Santa Iglesia, fueron por todas partes suscitando almas que comenzaron a brillar en las tinieblas, como originariamente se pusieron a brillar en el cielo las estrellas, por obra del Creador. Estas fueron las manos consagradas que gradualmente limpiaron de caos el espíritu, las leyes y los hábitos de los pueblos europeos.

La civilización fue tejida por estas manos benditas, y no por los dedos trémulos, sucios y poluídos del caos.

Teniendo esto en vista, el lector se volverá naturalmente para la Iglesia de hoy, esperando de Ella la misma acción desarrollada a partir de la Alta Edad Media. Y tiene razón, pues de la Iglesia se puede decir lo que dice de Nuestra Señora la Salve Regina: Ella es: “Vita, dulcedo et spes nostra”. Pero la historia jamás se repite con precisión mecánica. ¡Cómo difieren de las condiciones de entonces, las condiciones actuales de la Santa Iglesia de Dios!  Así como un hijo siente redoblar su amor y su veneración cuando ve a su propia madre caída en el infortunio y oprimida por la derrota, así es con redoblado amor, con veneración inexpresable que me refiero aquí a la Santa Iglesia de Dios, nuestra Madre. Precisamente en este momento histórico en que a Ella cabría hacer a la etema luz del Evangelio un nuevo mundo, la veo entregada a un doloroso y deprimente proceso de “autodemolición”, y siento dentro de Ella la “humareda de Satanás”, que penetró por infames fisuras (cfr. Paulo VI, alocuciones de 7-12-68 y 29-6-72).

¿Hacia donde dirigir, entonces, las esperanzas del lector? Hacia el propio Dios, que jamás abandonará Su Iglesia santa e inmortal, y que por medio de Ella hará, en los días remotos o próximos, cuyo advenimiento Su Misericordia y Su Justicia ya determinaron, pero que permanecen misteriosos para nosotros, el espléndido renacimiento de la civilización cristiana, el Reino de Cristo por el Reino de María.

Fuente: Plinio Corrêa de Oliveira

La simbólica de la espada en el caballero cristiano.

por Manuel Fernández EspinosaLa espada y las virtudes

En la dimensión humana, la espada, como arma ofensiva y defensiva, siempre representará la posibilidad de la muerte de quien la empuña y de aquel contra quien se empuña; por lo tanto, la espada se convierte en signo de un poder: el poder de exterminar físicamente o, como mínimo, herir. Sin embargo, a ese sentido temporal se le ha de añadir desde los más remotos tiempos una dimensión sagrada como algo que concreta el poder divino e invisible sobre el terreno de lo manifestado.

En el “Apocalipsis”, Juan nos describe a un Cristo terrible que le hace caer al suelo adorando: “No temas, yo soy el primero y el último, el viviente, que fui muerto y ahora vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del infierno” -le dice el Señor. La figura que se le pone delante es descrita por Juan como “uno semejana a un hijo de hombre”, revestido de túnica talar, ceñido con cinturón de oro, con los cabellos blancos, los ojos como llamas de fuego y de su boca -nos dice el hagiógrafo- “salía una espada aguda, de dos filos”.

La espada es la justicia de Dios. Y por ello, en el caballero cristiano, la espada no puede ser otra cosa que el instrumento en la tierra de Dios.

Hay que saber que todas las armas que llevaba el caballero tenían, además de su funcionalidad propia, un carácter simbólico y hasta sacramental. Raimundo Lulio lo expone con estas palabras:

“Todo con lo que se reviste el presbítero que canta misa tiene alguna significación con respecto a su oficio. Y como el oficio de clérigo y el oficio de caballero se convienen; por esto el orden de caballería requiere que todo cuanto es preciso al caballero en el uso de su oficio, tenga algún significado por el cual sea recordada la nobleza del orden de caballería.”

(“Libro del orden caballería”, V Parte)

Así la lanza era símbolo de la verdad (por quedar la verdad figurada, al igual que la lanza, en la rectitud de su hasta y estar rematada en punta, sin dobleces), llevando también consigo el valor de la esperanza (por ser apoyo y en su ataque llegar la punta antes que el que la empuña); el yelmo representaba el pundonor y la vergüenza del caballero, pues el casco es “guarda de las cosas altas y mira a la tierra, porque es el medio entre las cosas bajas y las cosas altas”; la “maza” sería la fuerza; el “escudo” que, a la luz del sentido común vendría a representar la defensa de sí mismo, es para Lulio no obstante el símbolo de la total disposición del caballero a ser él mismo “escudo” entre los malos y los buenos a los que él debe defender, cayendo en la demanda si fuese menester: “de igual suerte el caballero debe parar con su cuerpo los golpes que van contra su señor, si algún hombre quiere herirlo”; la “loriga”, las “espuelas”… Todo, hasta los arreos del caballo, condensaba un símbolo poderoso que recordaba constantemente al caballero las virtudes que debía profesar y practicar en su alto oficio al servicio de Dios, su señor, el clero y los menesterosos. Pero la espada es el arma principal del caballero.

En las “Partidas” la espada reviste incluso un carácter sacramental, pues la espada significa las cuatro virtudes del caballero: prudencia, fortaleza, templanza y justicia. Raimundo Lulio dice más:

“Al caballero se le da una espada; la cual es labrada en semejanza de cruz, para significar que así como nuestro Señor Jesucristo venció a la muerte en la cruz, en la cual muerte habíamos caído por el pecado de nuestro padre Adán; de esta manera el caballero debe vencer con la espada, y destruir los enemigos de la Cruz. Y como la espada que se entrega al nuevo caballero tiene filo en cada parte; y siendo la caballería oficio de mantener justicia, y justicia dar a cada uno su derecho; por esto la espada del caballero significa que el caballero debe mantener con la espada a la caballería y a la justicia.”

En la espada, la virtud de la “prudencia” reside en su empuñadura que el hombre blande en su mano y se significa la “prudencia” en cuanto que el puño de la espada es a manera del mismo hombre que la empuña y que tiene el poder de desenvainarla, de alzarla, de bajarla, herir con ella o envainarla. En la hoja recta, aguda y de dos filos, está la “justicia”. La fortaleza se cifra desde la empuñadura hasta la punta y la templanza la vemos en el metal sabiamente forjado de su hoja.

El caballero se identificaba con su espada y por la espada se identificaba a su dueño; por eso las espadas tenían su nombre propio y no pocas ostentaban en la hoja de su acero un lema. La Tizona del Cid Campeador, la Escalibur de Arturo, la Joyosa de Carlomagno, la Balmunga de Sigfrido.

En la espada está el honor del caballero. Por eso, no es de extrañar que no pocas piezas de nuestro teatro nacional del siglo de oro nos hayan transmitido una bella imagen: la espada como “lengua de acero” que, envainada, es defensa siempre a la mano, que sólo hay que desenvainar cuando la ofensa puede entrañar el riesgo de manchar el honor o hacerlo perder a quien no lo defiende. Así, la espada, como una “lengua” de hombre virtuoso, debe ser parca en palabras (lo que dice no ser desenvainada sin causa), pero una vez desenvainada no puede conocer más lenguaje que el de las obras, chocando con la del contrario y debiéndose envainar, según era el estilo español, sólo cuando el acero ha tomado la satisfacción de la sangre derramada del que ha osado agraviar el honor propio o el de quien necesitaba ser defendido.

Didaskalion Hispano

El espíritu caballeresco

por Ivan Ilyin – Crea en mí un corazón limpio, Oh Dios, y renueva un espíritu recto dentro de mí”. Salmo 51:10

A través de todas las grandes discordias de nuestros días, en medio de la catástrofe, la tragedia y la pérdida, en los conflictos y las tentaciones, debemos recordar una cosa y vivir por ella: el mantenimiento y la propagación de un espíritu de servicio caballeresco. Primero y ante todo dentro de nosotros mismos, y luego, dentro de nuestros niños, de nuestros amigos y los afines. Debemos proteger este espíritu como algo sagrado; debemos fortalecerlo en aquellos en quién confiamos, los que confían en nosotros, y aquellos que buscan nuestra dirección. Esto es lo que debemos defender en nuestros líderes y pastores, insistiendo e incluso exigiendo. Este espíritu es como el aire y el oxígeno de la salvación nacional de Rusia, y donde se acaba, se implanta de inmediato un ambiente de podredumbre y la decadencia, abierta u oculta en el Bolchevismo.

Las décadas que hemos experimentado son tales que los hombres acostumbrados a la indiferencía declarada, a posiciones tibias, no pueden o no quieren fortalecerse a sí mismos y tomar una decisión, y han tenido su sentencia firmada por adelantado. Ellos están condenados a la humillación y al fango, y sus fuerzas vitales serán utilizadas por el tentadores de este mundo. En todo lugar donde no hay ninguna voluntad, la voluntad de los hijos de la perdición ocupará el campo. En cualquier lugar en el que la conciencia está en silencio y la codicia divide el alma en dos, el Bolchevismo conquista, y en todo lugar en el que que el crudo ansia de poder de algunos irrita la insaciable ambición de otros, se prepara la seducción, la desintegración y el triunfo del enemigo. En todas partes en las que el espíritu caballeresco se debilita o desaparece, el desastre nos espera. Es lo que hay ahora y lo que será de ahora en adelante.

En cualquier puesto que un hombre puede ocupar, este deber (si sólo la causa en sí misma no es vergonzosa) tiene esta idea para dar sentido a su causa, consagrándola no como una profesión, sino como un servicio, el servicio a la Causa unificada de Dios en la tierra. A diferencia del sujeto mismo, que posee sus propios intereses personales, simpatias y deseos, la causa de Dios tiene su camino trascendente de necesidad y exigencia. Y así los intereses personales del hombre y el interés trascendente de su Causa se pueden separar en cualquier momento, y colocar al hombre en la tentación de su auto-interés. En cualquier momento, un hombre puede encontrarse a sí mismo en la posición de un mercenario, no sabiendo que camino tomar, o en la posición de un traidor, que prefiere su interés a lo trascendente. El espíritu de la caballería se compone de la lealtad firme a la trayectoria trascendental.

Hay hombres que no ven la Causa en absoluto y no comprenden los requerimientos de lo trascendente. Sólo saben de su propio negocio, del éxito personal, y todo lo demás para ellos es sólo un medio para ese fin. Toda su actividad resulta ser servilismo y traición, y de las obras de estos arribistas, aduladores, sobornadores y temporizadores han perecido y perecerán todas las organizaciones humanas y las instituciones. La venalidad es su credo – no importa para lo que venden la Causa, ya sea por dinero, honores o autoridad, y no importa lo que estaba oculto en su alma detrás de la traición: nihilismo abierto (como entre los Bolcheviques) o una sentimental falta de carácter y la justificación de la sofistería (característica de los filisteos pre-Bolcheviques).

Hay otros hombres que conocen de las demandas de la Causa y de la Trascendencia, pero las tratan con indiferencia formal, como si fueran un inevitable deber pesado y desagradable– sin amor, inspiración o creatividad. Su actividad es “servicio”, pero su servicio es simplemente llevar a cabo el siguiente “orden” o “elemento”; trabajan como asalariados, y en el mejor de los casos no maldicen su trabajo, como esclavos, lastrados por todos sus esfuerzos. El destino de la Causa no supone ninguna diferencia para ellos. Las exigencias de la Trascendencia, por más que se nombren – la Iglesia, la Patria, la Ortodoxia, el Ejército, la Ciencia, el Arte- sólo son agobios y cargas. No están dedicados a la Causa de Dios en la tierra. Y a partir de las obras de estas insensibles máquinas, de estos hombres indiferentes y “servidores del tiempo”, todas las organizaciones humanas comienzan a vaciarse internamente y a desaparecer, desencantando e irritando a todos los que entran en contacto con ellas, provocando la censura y la tensión de una atmósfera protesta destructiva.

Ahora como nunca antes, Rusia necesita de hombres capaces no de servilismo sino de servicio. Hombres que no sólo vean la Causa y comprendan las demandas de la Trascendencia, sino que se dediquen a la Causa de Dios en la tierra. Hombres que no sólo no sean indiferentes e insensibles, sino que estén inspirados e inspiren a los demás – hombres que no ceden los intereses de la Causa ni por el dinero, los honores y la autoridad, ni a través de cualquier solicitud o favores – incorruptibles en el más amplio y más alto significado de esta palabra. Estos son los hombres para quienes el deber no es un trabajo duro y la obligación repelente, porque en su alma, la obligación está cubierta por la devoción personal, y el deber ha sido sumergido en un apasionado interés por la causa. Estos son los hombres que están, por supuesto, alegres por cualquier éxito personal, pero para ellos, su propio éxito sigue siendo siempre un medio para servir a la victoria de la Causa de Dios. Estos son los hombres que no temen a la responsabilidad precisamente porque están totalmente inmersos en la Causa, y no buscan en absoluto la fortuna personal, y el progreso a cualquier precio. Estos son hombres de carácter y valor cívico, los hombres de la idea de voluntad, los voluntarios para la Causa Nacional rusa. Los hombres convocados como organizadores de Rusia.

El espíritu caballeresco comprende, ante todo, la aceptación voluntaria y principal de la dificultad y el peligro en nombre de la Causa de Dios en la tierra. Y debemos admitir que si la vida siempre espera esto de nosotros – e incluso en el momento más feliz nos propone las cargas, responsabilidades y peligros ligados a cada paso – a continuación, después del colapso militar de Rusia en la Gran Guerra y de su derrota en la Revolución, todo su renacimiento y su restauración va a depender de la empresa de encontrar en nuestra tierra un grupo de hombres de espíritu y capacidad de servicio. Un cuadro incorruptible, y por tanto que no vende nada a los extranjeros o a los enemigos internos de Rusia; leal en el amor y la conciencia, y, por tanto capaz de reunir en torno a sí mismos la confianza y dedicación de todos los corazones fieles a la Patria; caballerosos, y por tanto llamados al servicio y a la organización de la salvación pública.

La esencia caballeresca necesaria para Rusia es, ante todo, no una infracción sino la abnegación. Ninguno de los partidos políticos contemporáneos es caballeresco, por que todos buscan el poder y los beneficios que conlleva. Lo que Rusia necesita es un grupo de hombres con renovada y ennoblecida motivación política en sus almas. Sólo los nuevos hombres pueden crear un nuevo régimen; “nuevo” no en el sentido de la edad, el nombre o de la siempre corruptora “posicion revolucionaria”, sino en el sentido de dirección de la voluntad y de fuerza de voluntad; de dirección trascendente y de inquebrantable fuerza. Él que a lo largo de estos años de desastres, tragedias y pérdidas ha sido incapaz de encontrar dentro de su alma nuevas fuentes de razón política y la actividad política -fuentes religiosas, patrióticas y heroicas– concibiendo anteriormente a Rusia (independientemente de si son de izquierda o de derecha) como un campo para el avance de su carrera privada– es un hombre enemigo de Rusia que trae su veneno y la muerte desde su corazón, cualesquiera los programas y consignas que iba a utilizar como cubierta. Fuera del espíritu caballeresco de servicio nacional, todo está sin rumbo, es nocivo y se hace en vano; fuera de él, nadie liberará o restaurará nada, sólo va a crear nuevas discordias, un nuevo caos y una nueva guerra civil para la ruina de Rusia y para alegría de su inmemoriales adversarios de todo el mundo.

He aquí por qué los que se alejan de toda “política” extranjera y soviética, de todas las interminables “iniciativas” (en el extranjero) y “compromisos” traicioneros (en la clandestinidad), de todos los brebajes y conflictos de los partidos políticos, están en el camino correcto. Sin embargo, este distanciamiento difícilmente significaría la negación de la soberanía; no todo coincide con la falta de sentido político y la falta de voluntad. Por el contrario, todo su significado consiste en acumular sentido político y voluntad política y en la purificación trascendental del alma, en la concentración de la capacidad de comprensión del alma y de las fuerzas más nobles. Esta abstinencia de lo frívolo y prematuro, de la vanidad y de las intrigas de la política de partidos, es imperativo precisamente para fijar el comienzo de un nuevo enfoque ideacional y volitivo de la soberanía en general y del Estado ruso en particular –el camino caballeresco.

Para ello se debe comenzar por el establecimiento de una indiscutible máxima que sostiene que la ruina de Rusia fue traida y condicionada por el hecho de que los hombres rusos poseían una caballería insuficiente, y a partir de entonces se han sucedido todos los errores y los crímenes que han asaltado Rusia, todas estas corrientes de impotencia, de debilidad de corazón, codicia, cobardía, venalidad, traición y salvajismo. Y estos errores y crímenes se repetirán; y estas corrientes de cobardía y debilidad de corazón se derramarán – hasta que Rusia prepare un curso de renovación espiritual y religiosa; hasta que los hombres de estilo caballeresco y carácter caballeresco surjan y cierren filas. Y cuando esto tenga lugar, entonces se va a encontrar y fortalecer la nueva tradición soberana, por ahora dispersa y perdida, pero que se concibió muchos siglos antes en el espíritu de la Ortodoxia rusa, una tradición que perduró a través de las fases de construcción de la grandeza nacional rusa. Esta es la tradición del voluntarismo estatal religiosamente arraigado que renació en las tierras rusas hace diez años.

Esto es lo más elemental e importante. Si no existe, entonces tampoco habrá una Rusia, será la discordia y el caos, la vergüenza y la desintegración. Ahora es el momento en el que debemos tomar este camino y comenzar nuestra renovación, hoy en día, sin vacilación ni demora.

(Traducción del ruso de Sergio Fernández Riquelme).

Revista Eslavia 2 (2017)

Fariseos, saduceos, escribas, zelotes, esenios: las sectas judías con más detalle

San Juan Bautista

Raymond de Souza, KM

 

En nuestros días de ecumenismo desenfrenado, cuando la unidad y el ser ‘amable’ con todos son más importantes que la verdad y la ortodoxia, muchos católicos excluyen la afirmación de que el pueblo judío perdió su elección, y que el Antiguo Testamento ha sido reemplazado por el Nuevo, hasta el punto de que esos católicos celebran las fiestas judías y afirman que los judíos no necesitan convertirse a Jesucristo.

‘Los planes de Dios son inmutables’, dicen. ‘La elección de Dios está aquí para quedarse; ¿quiénes somos nosotros para decir lo contrario?’, dicen. ‘Los judíos son el pueblo elegido de Dios, y esto es un hecho’, dicen. Olvidan que Dios es el Señor, y que Él ha establecido una Nueva Alianza en la Sangre de Su Hijo. Porque o bien Jesús era el Mesías, o no lo era. Él no podía ser el Mesías para nosotros y no serlo para los judíos.

La propia Historia Sagrada de Israel, tal como está registrada en los libros del Antiguo Testamento, atestigua el hecho de que Dios ha quitado la elección de uno para darla a otro, a causa de la infidelidad del primero. Caín era el primogénito, pero a causa del asesinato de Abel fue desterrado y Set heredó su misión. Esaú era el primogénito, pero Jacob recibió la bendición. Saúl fue el primer rey de Israel, pero David fue quien reinó en nombre de Dios. Análogamente, la religión judía fue el primogénito de Dios, pero la Iglesia Católica, fundada por Jesucristo, es el Reino de Dios en la tierra [en germen].

Incluso en tiempos de Jesús, no había unidad entre los judíos. Ellos no tenían un Magisterio, como tenemos en la Iglesia, un punto de referencia para las definiciones doctrinales y morales, sino que estaban divididos en varias sectas: fariseos, saduceos, escribas, zelotes, esenios, herodianos; y por supuesto estaban también los pragmáticos publicanos, quienes no eran una secta propiamente dicha –no se molestaban por los títulos– sino que eran judíos de mentalidad práctica que trabajaban para los romanos como recolectores de impuestos.

Los herodianos eran aquellos judíos oportunistas que apoyaban la pretensión de Herodes al trono de Judá. Ellos –bastante naturalmente– eran despreciados por todos porque Herodes no era judío, mucho menos de la familia de David. Herodes el Grande era un aristócrata de Idumea, puesto por los romanos como un rey títere. Los herodianos eran moralmente corruptos, no eran muchos en número, y eran los aduladores del rey corrupto [el tetrarca Herodes Antipas] que hizo asesinar a San Juan Bautista y tuvo la insolencia de pedir a Jesús que hiciera un ‘pequeño milagro’ para que él lo viera, como si Nuestro Señor fuera un mago callejero. Jesús ni siquiera le dirigió una sola palabra, sino que permaneció en silencio todo el tiempo que estuvo en su presencia. Él puso en práctica Su propia exhortación del Sermón de la Montaña, cuando dijo: “No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos” (Mateo 7:6).

En la parábola de los obreros malvados de la viña, Jesús los comparó con los judíos de Su tiempo, y profetizó: “Por tanto os digo que el reino de Dios os será quitado y dado a un pueblo que produzca sus frutos” (Mateo 21:43). Y sucedió, como incluso el profeta Malaquías había profetizado que llegaría un día en que los sacrificios aceptables serían ofrecidos a Dios en todas partes del mundo por los gentiles, no los judíos: “Pero desde la salida del sol hasta su ocaso, mi Nombre es grande entre las naciones [gentiles] y en todo lugar se presenta a mi Nombre un sacrificio de incienso y una ofrenda pura; porque mi Nombre es grande entre las naciones, dice el Señor de los ejércitos.” (Malaquías 1:11). Ésa fue la profecía acerca de la celebración diaria del Santo Sacrificio de la Misa, tal como la interpretaron los primeros cristianos; y también nosotros.

Es importante conocer la atmósfera religiosa del tiempo de Jesús, para que podamos entender mejor a quiénes se enfrentó Él en el judaísmo. Comenzando con los fariseos, ellos eran los que decían ser los fieles, los ‘separados’, que supuestamente seguían cada aspecto menor de la Ley de Moisés –más las enseñanzas de sus rabinos, haciendo la vida casi imposible a la gente común. ¡Ellos añadieron mandamiento sobre mandamiento, sobre cada tema que podrías imaginar, pero ellos mismos no los observaban! Por eso Jesús los llamó públicamente ‘hipócritas’ y dijo a la gente que siguiera sus instrucciones, porque ellos tenían la autoridad de la ‘Cátedra de Moisés’, pero no debían imitarlos (cf. Mateo 23:1-3).

Ellos habían colocado sus ‘tradiciones orales’ rabínicas en el mismo nivel –si no por encima a veces– que la misma Ley natural y la Ley de Moisés, y Jesús denunció sus enseñanzas erróneas, dado que socavaban la misma Ley que supuestamente debían observar (cf. Mateo 15:19). Ellos honraban a Dios con sus labios, pero sus corazones estaban lejos de Él.

Los saduceos eran una secta de judíos aristocráticos y ricos de mentalidad práctica que tenían autoridad sobre el Templo, se oponían a las políticas de los fariseos y sostenían opiniones heréticas; como por ejemplo, ellos no creían en la existencia de los ángeles, en la resurrección, en la inmortalidad del alma, y en la vida después de la muerte. Ellos aceptaban convenientemente los primeros cinco libros del Antiguo Testamento, el Pentateuco, y centraban su atención en la riqueza material que podían obtener del Templo y de su amistad con las autoridades. No eran idólatras, no adoraban al becerro de oro, sino sólo al oro del becerro…

Los famosos escribas, a quienes Jesús también condenó públicamente (“¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas…!” –Mateo 23:13.14.15.23.25.27.29) eran maestros de la Ley, y estaban divididos entre los seguidores de los fariseos y de los saduceos, dependiendo de sus preferencias. Fueron algo así como los precursores de la Sola Scriptura, quienes interpretaban la Ley como mejor les parecía.

Los zelotes fueron los precursores de la teología de la liberación, quienes querían usar el fuego y la espada para expulsar a los romanos de la Tierra Santa y establecer el Reino de Dios por la fuerza. Algunas fuentes mencionan a San Simón Apóstol como uno de ellos. Los zelotes fueron los responsables de la última guerra de los judíos, cuando se opusieron a la dominación romana y sufrieron su derrota más grande y definitiva, cuando los ejércitos de Tito destruyeron el Templo de Jerusalén en el año 70 DC.

Estaban también los esenios, no mencionados en la Biblia. Eran una clase de secta monástica estricta, muy organizada y disciplinada. Parece que San Juan Bautista vivió con ellos en el desierto antes de su misión pública. La gente común, en general, era guiada por los fariseos, pero temía sus procedimientos severos y sus tradiciones difíciles de observar.

Es interesante notar que en la actual crisis de fe en la Iglesia se puede encontrar fuertes semejanzas con los fariseos autoritarios, los saduceos doctrinalmente selectivos, los zelotes pro-teología de la liberación y los escribas adaptables. La historia se repite a sí misma.

Extraido de Fe y Razón 130.

Magisterio Pontificio: Los Enemigos de la Iglesia

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CARTA ENCÍCLICA
NOSCITIS ET NOBISCUM 
DE NUESTRO SANTÍSIMO SEÑOR
PÍO
POR LA DIVINA PROVIDENCIA
PAPA IX
A los Obispos de Italia sobre los Estados Pontificios
(8 de diciembre de 1849)
Venerables Hermanos, salud y bendición apostólica
1. Motivos de esta Encíclica. – Los desmanes de los enemigos de la Iglesia.
   Lo mismo que Nos, sabéis y estáis viendo vosotros, Venerables Hermanos, con cuánta malignidad cobraron fuerza ciertos hombres depravados, enemigos de toda verdad, justicia y honestidad, los cuales ora valiéndose del fraude y de toda clase de intrigas, ora abiertamente lanzando como mar embravecida la espuma de sus confusiones, se esfuerzan por esparcir por doquiera entre los pueblos fieles de Italia la desenfrenada licencia de pensar, de hablar y de cometer audazmente toda suerte de impiedades y de echar por tierra la Religión Católica en Italia, y si posible fuere, destruirla de raíz. Todo el plan de sus designios diabólicos se descubrió en diversos lugares, pero, sobre todo, en Nuestra ciudad, Sede de Nuestro Supremo Pontificado, donde, luego que Nos vimos obligados a abandonarla, han podido entregarse, más libremente, si bien por pocos meses, a toda de desmanes; y a tal extremo llevaron su furia de mezclar, con nefasta audacia las cosas divinas y humanas, que entorpeciendo las funciones y despreciando la autoridad del Clero de Roma y de sus Prelados, que, por Nuestra orden, cuidaban intrépidos de las cosas sagradas, obligaban a los pobres enfermos que luchaban ya con las angustias de la muerte, privados de todo auxilio religioso, a exhalar su último suspiro entre los halagos de infames prostitutas.
   Aunque después, tanto la ciudad de Roma como las otras provincias del dominio pontificio, hayan sido restituidas por la misericordia de Dios y mediante las armas de las naciones católicas a Nuestro gobierno temporal y haya cesado igualmente el tumulto de la guerra en otras regiones de Italia, sin embargo estos infames enemigos de Dios y de los hombres, no desistieron ni desisten de su nefanda empresa e impedidos de valerse de la violencia abierta, recurren a otros medios ciertamente fraudulentos, no siempre del todo ocultos. En medio de tan grandes dificultades de toda la grey del Señor sobre Nuestros débiles hombres y embargados del más vivo dolor, a causa de los graves peligros que amenazan a todas las iglesias de Italia, no pequeña consolación en medio de las pesadumbres Nos proporciona vuestra pastoral solicitud, de la cual, Venerables Hermanos, tantas pruebas nos habéis dado en medio de la pesada borrasca y que se manifiesta cada día de nuevo con mayor claridad. Entre tanto, la misma gravedad de las cosas nos apremia, a fin de que, en cumplimiento de las obligaciones de Nuestro cargo pastoral, os estimulemos más vivamente aún, con Nuestra palabra y Nuestras exhortaciones, Venerables Hermanos, llamados a la participación de Nuestra solicitud a pelear con constancia a Nuestro lado las batallas del Señor y a tomar de común acuerdo con Nosotros todas las disposiciones necesarias, a fin de que, con la bendición de Dios se remedien todos los males que Nuestra santa Religión ya ha sufrido en Italia, y se conjuren los inminentes peligros del porvenir.
   Uno de los múltiples artificios de que los mencionados enemigos de la Iglesia se han acostumbrado a servir para alejar de la fe católica los ánimos de los italianos ha consistido en aseverar y propalar desvergonzadamente por todas partes, que la Religión católica es un obstáculo a la gloria, al esplendor y a la prosperidad de la Nación italiana, y que, por consiguiente, para hacer volver Italia a la grandeza de sus antiguos tiempos, es decir, de los tiempos paganos, es necesario sustituir la Religión católica por las enseñanzas de los protestantes y sus asambleas. No es, por cierto, fácil juzgar que hay de más detestable en esta invención, si la perfidia de su necia impiedad o la audacia de sus inicuas mentiras.
2. La Religión salvó a Italia de la ruina. 
   Pues, el bien espiritual de haber sido librados del poder de las tinieblas y trasladados a la luz de Dios, justificados por la gracia de Cristo y hechos herederos en la esperanza de la vida eterna, este bien de las almas, que mana de la santidad de la Religión católica, es ciertamente de tan alto valor que no hay gloria ni felicidad en este mundo que en su comparación pueda ser tenido en cuenta. Pues ¿qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma? o ¿con qué cambio podrá el hombre rescatarla? Pero está tan lejos el que la profesión de la verdadera fe haya causado a Italia estos daños temporales que antes bien, hay que atribuir a la Religión católica el que, al caer el Imperio Romano, no hubiere ido a parar en la misma triste situación de los asirios, caldeos, medos, persas y macedonios, que dominando antes por muchos años, decayeron al cambiar la suerte de los tiempos.
   En efecto, ninguna persona instruida ignora que la santa Religión de Cristo no sólo ha arrancado a Italia de las tinieblas de tantos y tan graves errores como la cubrían, sino que ella, entre las ruinas de aquel antiguo Imperio y las invasiones de los bárbaros que devastaban toda Europa, se vio también elevada sobre todas las naciones del mundo, a tanta gloria y grandeza que, por colocar Dios en sus eno, como singular privilegio, la sagrada Cátedra de Pedro, posee por medio de la Religión divina un dominio más vasto y sólido que el que tuviera en otro tiempo por la dominación terrena.
3. Otros beneficios reportados por la Religión
   De este singular privilegio de poseer la Sede Apostólica y de echar, en consecuencia, la Religión Católica en los pueblos de Italia sus más firmes raíces han surgido para Italia otros innumerables e insignes beneficios. En realidad, la santísima Religión de Cristo, maestra de la verdadera sabiduría, protectora de la humanidad, y madre fecunda de todas las virtudes, arrancó del alma de los italianos esa funesta sed de gloria y esplendor, que incitaba a sus mayores a llevar perpetuamente a la guerra a los otros pueblos, a oprimirlos, a reducir -según el derecho de guerra entonces vigente- a una inmensa muchedumbre de seres humanos a durísima servidumbre; y a la vez impulsó poderosamente a los italianos, iluminados con la claridad de la verdad católica, a la práctica de la justicia y de la misericordia, a las obras más preclaras de piedad para con Dios y de caridad para con los hombres. Por eso, os es dado admirar en las principales ciudades de Italia los sagrados templos, y otros monumentos de la era cristiana, los cuales no son por cierto obra de una multitud reducida a dolorosa servidumbre, sino únicamente del celo sincero animado por la vivificadora caridad;  y las piadosas instituciones de toda especie, consagradas ya a la práctica de los ejercicios religiosos, ya a la educación de la juventud, o al cultivo de las letras, las artes, las ciencias, ya, en fin al alivio de las enfermedades y la miseria de los desgraciados. ¿Es pues esta Religión divina, que por tantos títulos ha procurado la salud, la gloria y la felicidad de Italia, la que con tanto empeño pretenden que debe desarraigarse  de los pueblos de Italia?
   No podemos contener las lágrimas, Venerables Hermanos, al ver ciertos italianos, tan malvados, y tan miserablemente engañados que aplaudiendo tan nefastas doctrinas, no temen contribuir con ellas a una desgracia tan grande de su patria.
4. Por último: empujar a los pueblos al socialismo. 
   Pero tampoco ignoráis, Venerables Hermanos, que los principales autores de esta tan abominable intriga, no se proponen otra cosa que impulsar a los pueblos, agitados ya con todo viento de perversas doctrinas, al trastorno de todo orden humano de las cosas, y a entregarlos a los nefandos sistemas del nuevo Socialismo y Comunismo. Se dan perfecta cuenta y lo han comprobado con la experiencia de largos años, que ninguna transigencia pueden esperar de la Iglesia Católica, que en la custodia del sagrado depósito de la divina Revelación, no permitirá que se le sustraiga un ápice de las verdades de fe propuestas, ni que se le añadan las invenciones de los hombres. Por lo mismo han formado ellos el designio de atraer a los pueblos de Italia a sus opiniones y conventículos protestantes en que, engañosamente les dicen una y otra vez para seducirlos que no deben ver en ello más que una forma diferente de la misma Religión cristiana verdadera, en que lo mismo que la Iglesia Católica se puede agradar a Dios. Entre tanto, en modo alguno ignoran que aquel principio básico del protestantismo, a saber, el libre examen e interpretación de la Sagrada Escritura, por el juicio particular de cada uno, en sumo grado aprovecharía su impía causa. De este modo confían en que se les tornará más fácil la tarea de hacer que, abusen primero de la interpretación arbitraria de las Sagradas Letras para difundir, en nombre de Dios, sus errores, y luego impulsen a la duda de los principios fundamentales de la justicia y de la honestidad a los hombres inflamados de la orgullosa presunción de juzgar libremente de las cosas divinas.

   Plegue a a Dios, Venerables Hermanos, que Italia de donde, por el privilegio de poseer en Roma la Sede del magisterio apostólico, las otras naciones han sólido beber las aguas puras de su sana doctrina, no se vaya a convertir al fin para ellas en piedra de tropiezo y de escándalo; plegue a Dios que esta porción escogida de la viña del Señor no sea entregada a la depredación de todas las bestias del campo; ni permita, que los pueblos italianos después de haber sorbido la demencia de la copa emponzoñada de Babilonia, tomen sus armas parricidas contra su madre la Iglesia. En verdad, tanto Nosotros como vosotros, en estos tiempos llenos de tantos peligros que por oculto designio de Dios nos han sido deparados, debemos cuidarnos de temer los artificios y agresiones de los hombres que conspiran contra la fe de Italia como si con nuestras solas fuerzas hubiéramos de vencerlos, siendo que Cristo es nuestro Consejero y nuestra Fortaleza, sin el cual nada podemos, pero con el cual lo podemos todo(1).
5. Remedios más urgentes. 
   Trabajad, pues, Venerables Hermanos, vigilad con la mayor diligencia sobre la grey que os está confiada, y empeñaos en defenderla de las emboscadas y de los ataques de los lobos rapaces. Comunicaos recíprocamente vuestros planes, seguid como habéis ya comenzado, reuniéndoos en asambleas; a fin de que, después de haber estudiado en una común investigación el origen de los males y según la diversidad de lugares, las fuentes principales de los peligros, podrán más prontamente encontrar, bajo la autoridad y dirección de la Santa Sede, los remedios más oportunos; y de esta manera, plenamente de acuerdo con Nosotros, aplicar toda vuestra solicitud y trabajo con la ayuda de Dios, y con todo el ímpetu de vuestro celo pastoral, para anular todos los embates, artificios, intrigas y maquinaciones de los enemigos de la Iglesia.
   Mas para que esto no sea infructuoso es de todo punto necesario trabajar, a fin de impedir que el pueblo poco instruido en la doctrina cristiana y en la ley de Dios, debilitado por otra parte, por la larga tiranía de los vicios, apenas pueda advertir la gravedad de las emboscadas que se le preparan y la maldad de los errores que se le proponen. Por eso, Venerables Hermanos, pedimos a vuestra pastoral solicitud, no dejéis jamás de aplicar todas vuestras fuerzas a esta obra, a fin de que los fieles, que os están encomendados, sean diligentemente instruidos, según la capacidad de cada uno, en los dogmas y preceptos santísimos de nuestra Religión, y al mismo tiempo se les exhorte excite por todos los medios posibles a conformar a ellos su vida y sus costumbres. Inflamad a este fin el celo de los eclesiásticos, sobre todo de aquellos tienen cura de almas; para que, meditando seriamente sobre la magnitud del ministerio que recibieron de Nuestro Señor, y teniendo ante los ojos prescripciones del Concilio Tridentino(2), se dediquen con mayor empeño, según lo piden las necesidades de los tiempos, a la instrucción del pueblo cristiano; procuren inculcar en los corazones las palabras sagradas y los avisos saludables, dándoles a conocer en sermones cortos y claros, los vicios que deben evitar, para librarse de la perdición eterna, y las virtudes que deben practicar para conseguir la gloria del cielo.
6. El don de la Fe Católica. – La recepción de los sacramentos. 
   En particular hay que procurar que los mismos fieles tengan fijo en sus almas y profundamente grabado el dogma de nuestra santa Religión de que es necearía la fe católica para obtener la e terna salvación. A este propósito es de gran utilidad, la práctica de hacer que l os fieles laicos den una y otra vez especiales gracias a Dios junto con el clero, en públicas oraciones, por el inestimable beneficio de pertenecer a l a Religión católica, beneficio recibido de su mano clementísima; supliquen humildemente al mismo Padre de las misericordias, que se digne proteger y conservar intacta en nuestras regiones la profesión de esa misma fe.
   Entre tanto tendréis especial cuidado de administrar a todos los fieles, oportunamente, el Sacramento de la Confirmación, por el cual, por un sumo beneficio de Dios, se confiere la fuerza de una gracia especial para confesar con constancia la fe católica aun en los peligros más graves. No ignoréis cuánto contribuye a este fin, el que los fieles purificados de las manchas de sus pecados, por medio de la sincera detestación de ellos en el Sacramento de la Penitencia, se acerquen frecuentemente a recibir el Santísimo Sacramento de la Eucaristía; en el cual nos consta que se encuentra el alimento espiritual de nuestras almas y el antídoto eficaz para librarnos de las culpas cotidianas y para preservarnos de los pecados mortales, y que es por lo tanto, el símbolo de aquel cuerpo único cuya cabeza es Cristo, el cual quiso que nosotros estuviésemos unidos como miembros, con un lazo estrechísimo de fe, esperanza y caridad, para que todos hablásemos lo mismo, y no existiesen cismas entre nosotros.
   La Santa Misión. – Pecados públicos. 
   Ciertamente no dudamos que los Párrocos y sus tenientes, como los demás sacerdotes, que en ciertos tiempos, principalmente en los tiempos de ayunos, solían destinarse al ministerio de la predicación, os prestarán su diligente concurso en todas estas cosas. Sin embargo, conviene de tiempo en tiempo añadir a sus trabajos los recursos extraordinarios de los ejercicios espirituales y las santas misiones, que si se tiene cuidado de encomendarlas a operarios idóneos reportan, con la bendición de Dios, gran utilidad, ya para avivar la piedad de los buenos, ya para excitar a saludable penitencia a los pecadores y los depravados por el largo hábito de los vicios, y alcanzar con ello, que el pueblo fiel crezca en la ciencia de Dios, fructifique en toda suerte de buenas obras, y, robustecido con los más abundantes auxilios de la gracia celestial, aborrezca con más tesón las perversas doctrinas de los enemigos de la Iglesia.
   Por lo demás, en todas estas cosas, vuestros cuidados y los de aquellos sacerdotes colaboradores vuestros deben encaminarse entre otras cosas a hacer concebir a los fieles el mayor horror a aquellos crímenes que se cometen con grave escándalo de los demás. Porque no ignoráis cuánto ha aumentado en diversos sitios, el número de los que osan blasfemar públicamente de los santos y aun del mismo nombre sacrosanto de Dios, o el de los que se sabe sirven en concubinato, añadiendo algunas veces el incesto; o de los que en los días festivos realizan trabajos serviles en los negocios abiertos, o menosprecian los preceptos de la Iglesia relativos al ayuno y a la abstinencia, en presencia de muchos o aun de los que no se avergüenzan en cometer otros crímenes similares. A la insinuación de vuestra voz recuerde el pueblo fiel, y seriamente considere la enorme gravedad de semejantes pecados, y las penas severísimas de que se hacen reos, ya por castigo de su propio pecado, ya también por el peligro espiritual que ello importa para las almas de sus hermanos a quienes indujeron a pecar con su ejemplo. Pues está escrito: Ay del mundo por razón escándalos!… ¡Ay de aquel hombre  que causa el escándalo!(3).
7. A las publicaciones impías hay contraponer los libros de sana doctrina
   Entre los diversos géneros de astucias de los cuales se valen los sagacísimos enemigos de la Iglesia y de la sociedad humana para seducir a los pueblos, uno de los principales es seguramente el que en sus depravados designios habían ya de largo tiempo preparado, el uso de la nueva arte editorial.
   Por eso, se han entregado de lleno a la tarea de no dejar pasar un día sin editar para el pueblo y multiplicar libelos impíos, revistas y hojas repletas de mentiras, calumnias y seducciones. Más aún, haciendo uso de la ayuda de las Sociedades Bíblicas, ya hace tiempo condenadas por la Santa Sede(4), no tienen reparo, sin tener en cuenta las normas de la Iglesia(5), en difundir la Sagrada Biblia en lengua vulgar, profundamente alterada y con audacia insólita tergiversada en su sentido, y en recomendar su lectura a los fieles, bajo el falso pretexto de religión.
   Comprendéis pues, perfectamente con vuestra sabiduría, Venerables Hermanos, con cuánta vigilancia y solicitud debéis trabajar para apartar del todo a las ovejas fieles de estas lecturas emponzoñadas; y en particular en lo que atañe a las Sagradas Letras, recuerden que nadie debe arrogarse el derecho a presumir de interpretar torcidamente, apoyado en su propia prudencia, el sentido que sostuvo y sostiene nuestra santa Madre Iglesia; pues a ella sola le ha sido confiada por el mismo Cristo la custodia del depósito de la fe, y el juicio acerca del verdadero sentido e interpretación de la Palabra Divina(6).
   Ahora bien, a fin de contener el contagio de los malos libros, es muy útil, Venerables Hermanos, que hombres insignes y de sana doctrina publiquen escritos también de reducido volumen, aprobados previamente por vosotros para edificación de la fe, y para instrucción saludable del pueblo. A vosotros incumbe el cuidado de difundir entre los fieles estos libros, lo mismo que otros de doctrina igualmente sana, y que sean de evidente y probada utilidad, compuestos conforme a las necesidades particulares de personas y lugares.
8. La devoción hacia la cátedra de Pedro. 
   Todos los que a vuestro lado cooperan a la defensa de la Fe, encaminarán especialmente sus esfuerzos a imprimir, conservar y grabar profundamente en las almas de sus fieles la devoción, veneración y respeto a esta suprema Sede de Pedro, en cuyos sentimientos en tanto grado sobresalís vosotros, Venerables Hermanos. Recuerden, pues, los pueblos fieles, que aquí es donde vive y preside en la persona le sus sucesores, Pedro el Príncipe de os Apóstoles(7), de cuya dignidad participa también su indigno heredero(8). Recuerden que en esta inexpugnable cátedra de Pedro puso Cristo N. S. el fundamento de su Iglesia santa, dando a Pedro las llaves del reino(9) de los cielos(10), y por esa causa, en fin, oró a fin de que no desfalleciera su fe, y le mandó que en ella confirmase a sus hermanos(11); de este modo el Romano Pontífice sucesor de Pedro posee el primado universal en todo el mundo, es el Vicario de Cristo y la cabeza de toda la Iglesia, el Padre y Doctor de todos los cristianos(12).
   En la conservación de esta unión y obediencia de los pueblos al Romano Pontífice se halla sin duda el camino más corto y directo, para mantenerlos en la profesión de la verdad católica. En efecto, no es posible rebelarse contra ninguna verdad católica, sin rechazar juntamente la autoridad de la Romana Iglesia, en la cual se encuentra la sede del irreformable magisterio de la fe, fundado por el Redentor divino, y en la cual, por lo mismo, se ha conservado siempre la tradición que nace en los Apóstoles. De aquí es que los antiguos herejes y los protestantes modernos cuyas opiniones, por otra parte, están muy discordes, trabajen tan a una en impugnar la autoridad de la Sede Apostólica, a la cual jamás, por ningún artificio ni maquinación, lograron inducir a tolerar uno sólo de sus errores. Tampoco los enemigos actuales de Dios y de la humana sociedad, no dejan nada por mover para apartar a los pueblos de Italia de Nuestro servicio y del de esta Santa Sede; en la seguridad de que sólo entonces les será posible contaminar a Italia con la impiedad de su doctrina y con la peste de sus nuevos sistemas.
9. Fines perversos del socialismo y comunismo. 
   En lo que a esta depravada doctrina y a estos sistemas toca, ya es a todos notorio que ellos persiguen principalmente, abusando de los términos de libertad e igualdad, la introducción en el pueblo de esas perniciosas invenciones del socialismo y comunismo. Es un hecho cierto, que estos maestros del socialismo y comunismo, aunque valiéndose de caminos y métodos diversos, abrigan el propósito común de mantener en constante agitación a los obreros y demás hombres de condición más humilde, engañándolos con discursos seductores y con falaces promesas de un porvenir más feliz y habituándolos poco a poco a los más graves crímenes: confían con esto poder utilizar sus fuerzas para atacar cualquier régimen de autoridad superior, para robar, dilapidar e invadir las propiedades, primero, de la Iglesia, después de todos los particulares, para violar en fin todos los derechos divinos y humanos, destruir el culto de Dios y abolir todo orden en la sociedad civil. En un peligro tan grande para Italia, es un deber vuestro, Venerables Hermanos, desplegar todo el fervor de vuestro celo pastoral, para hacer comprender al pueblo fiel, a qué desgracia temporal y eterna será arrastrado, si se deja engañar por estas opiniones y sistemas tan perniciosos.
10. Contra el Socialismo y Comunismo se ha de recomendar la obediencia a la autoridad legítima. 
   Advertid, pues a los fieles que están a vuestro cuidado que es esencial a la naturaleza de toda sociedad humana, la obediencia a la autoridad legítimamente constituida; que nada puede cambiarse en los preceptos del Señor, que anuncian las Sagradas Letras: pues está escrito: Estad sumisos a toda humana criatura por respeto a Dios; ya sea al rey, como que está sobre todos; ya a los gobernadores como puestos por El para castigo de los malhechores, y alabanza de los buenos. Puesta es la voluntad de Dios, que obrando bien tapéis la boca a la ignorancia de los hombres necios: como libres, mas no cubriendo la malicia con capa de libertad, sino como siervos de Dios(13). Más aún: Toda persona esté sujeta a las potestades superiores; porque no hay potestad que no provenga de Dios, y Dios es el que ha establecido las que hay: por lo cual quien resiste a las potestades, a la ordenación de Dios resiste. De consiguiente los que resisten, ellos mismos se acarrean su condenación(14).
11. La natural jerarquía de valores.
   Sepan además, que es igualmente natural y por tanto, condición inmutable de las cosas humanas, que aun entre los que no gozan de la más alta autoridad descuellan unos sobre otros, debido ya a las diversas cualidades de espíritu y cuerpo, ya a las riquezas o a otros bienes materiales semejantes; y que jamás bajo ningún pretexto de libertad o de igualdad, será lícito invadir los bienes o derechos ajenos, ni violarlos de cualquier modo que sea. Los preceptos divinos a este respecto están claros y expresados a cada paso en las Sagradas Letras, que no sólo nos prohíben terminantemente apoderarnos de los bienes del prójimo, sino también desearlos(15).
12.  Pero los pobres no deben olvidar cuanto deben a la Iglesia. 
   Pero acuérdense también los pobres y los necesitados todos, cuánto deben a la Religión Católica, que guarda viva e intacta y predica abiertamente la doctrina Cristo, quien declaró que los beneficios se hacen a los pobres tomaría como hecho a El(16), y quiso proclamar delante de todos la especial cuenta que ha de pedir en el día del Juicio de estas obras de misericordia, para premiar con los goces de la gloria eterna a los que la hubiesen practicado, y condenar con la pena eterna a los que la hubiesen descuidado(17).
   En esta advertencia de Cristo Nuestro Señor y en los otros avisos severísimos(18) acerca del uso de las riquezas conservados inviolablemente en la Iglesia Católica, resulta que la condición de los pobres y necesitados sea mucho más llevadera en las naciones católicas que en cualesquiera otras. Sin duda, que socorros mucho más copiosos recibirán en nuestras regiones estos indigentes, si no hubiesen sido robadas o extinguidas muchas instituciones, que habían sido fundadas por nuestros mayores para alivio de los pobres, y que a raíz de los repetidos disturbios públicos se han visto precisadas a desaparecer. Por lo demás, no olviden tampoco nuestros pobres, que según la enseñanza de Cristo, no debe serles causa de tristeza su condición: puesto que la pobreza es el mejor camino para alcanzar la salvación; con tal que sepan sobrellevar pacientemente su pobreza, y no solamente de hecho, sino también de corazón, sean pobres. Porque se dijo: Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el reino de los cielos(19).
   Sepa también todo el pueblo fiel, que los reyes antiguos de las naciones paganas, y los jefes de sus repúblicas, abusaron mucho más grave y frecuentemente de su poder; de ahí se podrá colegir que si los príncipes de los tiempos cristianos, amonestados por la voz de la religión llegan a temer el juicio riguroso que se les exigirá, y el suplicio eterno destinado para los pecadores, suplicio en el cual los poderosos serán poderosamente castigados(20) con mucha más justicia y mansedumbre regirán los pueblos a ellos sujetos.
   Los fieles confiados a vuestros cuidados y a los Nuestros deben, en fin, considerar que la verdadera y perfecta libertad e igualdad está en la observancia de la ley cristiana; como quiera que Dios Omnipotente, que creó al pequeño y al poderoso, y que cuida por igual a todos(21) no liberará del juicio a nadie(22) ni temerá la grandeza de ninguno, y tiene establecido el día en que ha de juzgar el mundo en equidad(23), en su Hijo Unigénito Cristo Jesús, que ha de venir con sus ángeles en la gloria del Padre, y dará a cada uno la recompensa correspondiente a sus obras(24). Ahora bien, si los fieles, menospreciando los paternales avisos de sus pastores y los preceptos de la Ley Cristiana que acabamos de recordar, se dejasen engañar por los jefes de esas modernas maquinaciones, y quisiesen conspirar con ellos en sus perversos sistemas del Socialismo y Comunismo, sepan y ponderen seriamente, que están acumulando para sí ante el Divino Juez, tesoros de ira para el día de la venganza; que entre tanto no conseguirán con esa cooperación ninguna utilidad temporal para el pueblo, sino que más bien aumentarán su miseria y padecimientos. Pues no es a los hombres a quienes compete establecer nuevas sociedades y comunidades, opuestas a la condición de la naturaleza de las cosas humanas; y por eso, si semejantes conspiraciones, se extendieran por Italia, no conseguirían otra cosa, que convulsionado el presente y completamente destruido el estado de las cosas, por las mutuas luchas de ciudadanos contra ciudadanos, por las depredaciones y muertes, llegarían a enriquecerse y encumbrarse en el poder unos pocos a costa del despojo y la ruina total de la mayoría.
13. Valor del buen ejemplo del clero. 
   Pero, para apartar al pueblo de las asechanzas de los impíos, para mantenerlo en la profesión de la Religión católica, e inducirlo a practicar las verdaderas virtudes, es de gran valor, como sabéis, el ejemplo y la vida de aquellos que se han consagrado al sagrado ministerio. Mas, ¡oh dolor! se ven en Italia algunos eclesiásticos, pocos es verdad, que pasándose al campo de los enemigos de la Iglesia, les han servido de poderosa ayuda para engañar a los fieles. Pero para vosotros, Venerables Hermanos, la caída de éstos ha sido un estímulo para que, con renovado empeño, día a día, veléis por la disciplina del Clero. Y ahora, deseando prevenir el futuro, según es Nuestro deber, no podemos dejar de recomendaros nuevamente, lo que en Nuestra primera Carta Encíclica(25) a los Obispos de todo el orbe os inculcamos, a saber: que no impongáis jamás precipitadamente las manos a nadie(26), antes bien uséis de toda diligencia en la selección de la milicia eclesiástica. Es necesario practicar una larga y minuciosa investigación y prueba sobre todo en aquellos que deseen recibir las sagradas órdenes; si son de tal modo recomendables por su ciencia, por la gravedad de sus costumbres y por su celo del culto divino, que se pueda abrigar la esperanza cierta de que podrán ser como lámparas ardientes en la casa del Señor, por su buena conducta y por sus obras y han de reportar a vuestra grey edificación y utilidad espiritual.
14. Utilidad de las órdenes religiosas
   Como resulta para la Iglesia de Dios de los monasterios bien dirigidos una inmensa gloria y utilidad y como también el clero regular os presta una valiosa ayuda en el trabajo por la salvación de las almas, os damos el en cargo, Venerables Hermanos, hagáis saber a cada una de las Familias Religiosas en todas vuestras diócesis, que en medio de tantos dolores hemos experimentado especial aflicción por las calamidades que muchas de ellas han debido soportar en estos últimos tiempos, mientras Nos consuela íntimamente la paciencia de sus espíritus y su perseverancia en el celo de la virtud y religión  de que han dado ejemplo muchos religiosos a pesar de que no han faltado otros que, olvidados de su profesión con grande escándalo de los buenos, y con inmenso dolor Nuestro y de sus hermanos, han prevaricado cobardemente; en segundo lugar, exhortad donde fuere menester a los jefes de estas Familias Religiosas y a los superiores mayores, que en cumplimiento de su deber, no perdonen ningún medio ni industria alguna, a fin de hacer que de día en día florezca y se vigorice la disciplina regular en donde ya se observe, y que se restablezca a su antigua vida e integridad donde hubiese sufrido algún detrimento. Y, estos superiores amonesten sin cesar, corrijan, induzcan a sus alumnos religiosos, a que considerando con seriedad los votos con que se han ligado con Nuestro Señor, se apliquen diligentemente a su cumplimiento, guarden con exactitud las reglas de su instituto, y llevando a su cuerpo la mortificación de Cristo, se abstengan de todo acto que sea incompatible con su vocación, y se entreguen a las obras que ponen de manifiesto la caridad de Dios y del prójimo y el amor de la perfecta virtud. Cuiden principalmente los Superiores de estas Ordenes que no se admita a persona sin que preceda un examen profundo y escrupuloso de sus costumbres e inclinaciones; y que después de la profesión religiosa sólo admitan a aquellos que, en un Noviciado bien establecido hayan dado verdaderas señales de vocación de tal modo que se pueda presumir con justicia, que no los mueva ningún otro motivo al abrazar la vida religiosa, sino el deseo de vivir para Dios únicamente, y trabajar para procurar la salvación propia y la de los otros según las normas de su instituto. A este respecto, queremos y deseamos insistentemente que se observen con toda exactitud, los decretos y estatutos que para el bien de las familias religiosas promulgó Nuestra Congregación el 25 de enero del año próximo pasado, decretos que han sido corroborados con nuestra Autoridad Apostólica.
   Volviendo después de esto a hablar de la selección en el Clero secular, debemos recomendaros ante todo, Venerables Hermanos, la educación en instrucción de nuestros clérigos menores; por cuanto difícilmente podremos tener después ministros idóneos de la Iglesia, si no los formamos desde la juventud y desde su primera edad en todo lo concerniente al sagrado ministerio. Continuad pues, Venerables Hermanos, en valeros de todos los recursos que estén a vuestro alcance, para conseguir, si es posible, ya desde los tiernos años, que se recojan en los seminarios estos soldados de la milicia sagrada, y allí alrededor del tabernáculo del Señor, crezcan y prosperen como plantaciones nuevas, formándose en la inocencia de la vida, piedad, modestia y espíritu eclesiástico, aprendiendo al mismo tiempo de maestros experimentados y escogidos, cuya doctrina esté completamente ajena a todo error, las letras, y las ciencias menores y mayores.
15. La enseñanza y educación de los jóvenes. 
   Pero, como no os resultará fácil completar la formación de todos los clérigos en los seminarios; y por lo demás, también los jóvenes laicos deben ser objeto de vuestra solicitud pastoral: velad igualmente, Venerables Hermanos, sobre las otras escuelas públicas y privadas, en cuanto esté de vuestra parte dedicando vuestros esfuerzos, empleando vuestra influencia para que toda su enseñanza se conforme con las normas de la doctrina católica, para que la juventud que allí se reúna reciba de maestros idóneos, por su probidad y religión, la formación en la verdadera virtud, y en las artes y ciencias, y sean convenientemente preparados para reconocer las redes que los impíos les tienen tendidas, eviten sus funestos errores, y así puedan servir de ornamento y utilidad a la sociedad cristiana y civil.
16. La escuela de los niños. – El Catecismo. 
   Por esta causa, debéis reivindicar la principal autoridad, una autoridad plena y libre, sobre los profesores de las ciencias sagradas, y en todas las demás cosas que son de la Religión, o que tengan alguna relación con ella. Velad, pues, porque en todas las clases, pero en especial en las de Religión se usen libros exentos de toda sospecha de error.
   Advertid a los que tienen cura de almas, que sean vuestros solícitos colaboradores, en lo que se refiere a las escuelas de niños y de jóvenes de la primera edad, que se destinen a ellos maestros y maestras de una honestidad muy bien probada, y que para la enseñanza de los rudimentos de la fe cristiana a los niños y niñas, no se empleen otros libros sino los aprobados por la Santa Sede.
   A este respecto no nos cabe duda, de que los Párrocos serán los primeros en dar ejemplo, y que apremiados por vuestras exhortaciones se aplicarán constantemente a instruir a los niños en los fundamentos de la doctrina cristiana, recordando que esta instrucción es uno de los deberes más graves que le impone su ministerio(27). Debéis además recomendarles, que en sus instrucciones a los niños como también al pueblo no pierdan de vista el Catecismo Romano, publicado por decreto del Concilio de Trento y de San Pío V Nuestro predecesor de inmortal memoria, y recomendado a todos los pastores por los Sumos Pontífices, y en particular últimamente por Clemente XIII de feliz recordación como arma oportunísima para rechazar todos los artificios de opiniones perversas, y para propagar y consolidar la verdadera y sana doctrina(28).
   No os causará, ciertamente, admiración, anos, el que hayamos dejado correr la pluma largamente sobre este punto. Porque, no se oculta a vuestra prudencia, que en estos tiempos llenos de peligros, Nos y vosotros debemos hacer los mayores esfuerzos, emplear todos los medios, luchar con constancia inquebrantable y estar siempre alerta, en todo lo que atañe a la escuela, a la instrucción y a la educación de los niños y jóvenes de ambos sexos. Bien sabéis, que en nuestros tiempos, los enemigos de la Religión y de la sociedad humana, con un espíritu diabólico, ponen en juego todos sus artificios, para lograr la perversión de los entendimientos y corazones de los jóvenes desde su primera edad. A este intento, no escatiman ningún sacrificio a fin de sustraer por completo a la autoridad de la Iglesia y a la vigilancia de sus Pastores sagrados toda escuela y todo instituto destinado a la formación de la juventud.
   Abrigamos la firme esperanza de que nuestros carísimos hijos en Cristo los Príncipes de toda Italia os ayudarán con su poderoso patrocinio a fin de que podáis cumplir fructuosamente con las obligaciones que os impone vuestro cargo; no nos cabe la menor duda, que ellos querrán defender y proteger le derechos tanto espirituales como temporales de la Iglesia; pues, nada hay más conforme a la Religión y a la pie dad heredada de sus antepasados de la cual han dado tan elocuentes ejemplos
17. La causa de todos los males presentes está en los atropellos cometidos contra la Religión. 
   Ni puede escapar a su sabiduría que la causa primaria de todos los males, que ahora nos afligen ha de buscarse en los daños hechos a la Religión y a la Iglesia Católica en los tiempos pasados, principalmente desde que aparecieron los protestantes. Ellos ven cómo, por el desprecio creciente de la autoridad de los obispos, por las violaciones cada día más frecuentes y contumaces de los preceptos divinos eclesiásticos, se ha disminuido en la misma proporción el respeto del pueblo por la autoridad civil, y se ha abierto un camino más ancho a los enemigos actuales de la tranquilidad pública y a las sediciones contra la persona que representa la autoridad. Contemplan asimismo, cómo frecuentemente los bienes temporales de la Iglesia son ocupados, repartidos y públicamente vendidos, contra todo legítimo derecho de propiedad, lo cual contribuye a hacer disminuir en el pueblo la reverencia hacia las cosas y las propiedades consagradas al uso religioso, y en consecuencia muchos  prestarán más fácilmente oído a los nuevos principios de Socialismo y Comunismo, los cuales enseñan que se pueden ocupar las propiedades ajenas y repartirlas, o de cualquier otro modo convertirlas en cosa de uso público. Ven además, que poco a poco se están  empleando contra la autoridad civil las mismas trabas que antes se habían empleado con fraude para entorpecer la acción de los Pastores de la Iglesia, a fin de que no pudiesen ejercer libremente su autoridad. Ven, en fin, que en medio de las grandes calamidades que nos abruman, no hay otro remedio más eficaz ni de más pronto efecto, que el reflorecimiento en toda Italia del esplendor de la Religión y de la Iglesia Católica, en la cual, sin lugar a duda, es fácil encontrar los auxilios más oportunos para toda condición y necesidad de los hombres.
18. Sólo en la Iglesia se encuentra el remedio a todos los males. 
   En efecto, (citando las palabras de San Agustín): La Iglesia Católica abraza en su amor y caridad, no solamente a Dios mismo, sino también al prójimo, de tal manera que en sus manos estén los remedios de todas las enfermedades que por sus pecados padecen las almas; ejercita y enseña a los niños al modo de los niños, a los jóvenes con vigor, a los viejos con gravedad, a cada uno, en una palabra, conforme a las exigencias de la edad de su cuerpo, y también de su alma. Somete la mujer a su esposo, por una casta y fiel obediencia, no para satisfacer sus apetitos, sino para propagar la especie humana y conservar la sociedad doméstica. Da autoridad al hombre sobre la mujer, no para que abuse del sexo débil, sino para que ambos obedezcan a las leyes del sincero amor. Someten los hijos a sus padres, con una especie de servidumbre libre, y la autoridad que da a los padres sobre ellos es una especie de suave dominio. Une a los hermanos de la Religión, más fuerte y más estrecho que el de la sangre; hace más sólidos los lazos de parentesco y de afinidad, por una caridad mutua que respeta la unión de la naturaleza y de la voluntad. Enseña a los siervos a obedecer a sus señores, no tanto a causa de la necesidad de su estado, cuanto por el gusto del cumplimiento del deber; y a los amos los hace suaves con sus siervos, considerando que todos somos siervos del mismo Señor, Dios, y más propensos a los métodos de persuasión que a los de coerción. Une a los ciudadanos con los ciudadanos, las naciones con las naciones, y a todos los hombres entre sí, no por el solo vínculo social, sino más bien por una especie de fraternidad, nacida del recuerdo de nuestros primeros padres. Enseña a los reyes a velar por sus pueblos, exhorta a los pueblos a someterse a sus reyes. Demuestra a todos, con una solicitud que nada omite, a quiénes se debe honor, a quiénes afecto, a quiénes reverencia, a quiénes temor, a quiénes consolación, a quiénes reprensión, a quiénes castigo, mostrando cómo no todas las cosas son debidas a todos, pero sí a todos la caridad y a nadie la injusticia(29).
   Este es Nuestro deber pues, y el vuestro, Venerables Hermanos, de no retroceder ante ningún trabajo, de afrontar todas las dificultades de emplear toda la fuerza de nuestro celo pastoral, a fin de proteger en los pueblos de Italia el culto de la Religión católica, y no sólo oponiéndonos enérgicamente a los esfuerzos de los impíos, que trabajan afanosamente por arrancar a Italia del seno de la Iglesia; sino también trabajando empeñosamente en hacer volver al verdadero camino a aquellos hijos degenerados de Italia, que ya han tenido la debilidad de dejarse seducir.
19. Con entera confianza debemos impetrar de lo alto el auxilio divino.
   Ahora bien, como todo bien excelente y todo don perfecto ha de venir de arriba, acerquémonos con confianza al trono de la gracia, Venerables Hermanos, y no cesemos de suplicar, de implorar con oraciones públicas y privadas al Padre celestial de las luces y de las misericordias, para que por los méritos de su Hijo Unigénito Nuestro Señor Jesucristo, apartando sus ojos de nuestros delitos, ilumine en su clemencia las mentes y los corazones de todos por la virtud de su gracia, atrayendo hacia sí las voluntades rebeldes; dé mayor esplendor a su Iglesia con nuevas victorias y triunfos; de tal manera que en toda Italia, y en todo el mundo crezca en número y en mérito el pueblo fiel. Invoquemos también a la Santísima e Inmaculada Virgen María Madre de Dios, que por su poderosísimo valimiento ante Dios obtiene todo lo que pide, ni puede pedir en vano; juntamente imploremos al Apóstol San Pedro y a su co-apóstol Pablo, y a todos los santos del cielo, para que el clementísimo Dios, por su intercesión aleje de sus fieles los rigores de su ira y conceda a todos los que llevan el nombre de cristianos, por el poder de su gracia, rechazar todo lo que sea contrario a la santidad de este nombre, y practicar todo lo que con El se conforme.
   Por último, Venerables Hermanos, en testimonio de nuestro más vivo afecto hacia vosotros, recibid la Bendición Apostólica, que os impartimos de lo íntimo de Nuestro corazón, a vosotros, a vuestro clero, y a los fieles laicos que están confiados al cuidados de vuestro celo pastoral.
   Dada en Nápoles en los suburbios de Portici, el 8 de Diciembre del año de 1849, año cuarto de nuestro Pontificado.
PIO PAPA IX.
NOTAS
(1) León Magno, Epist. 167 a Rústico de Narbona, Obispo (Migne PL. 54, col. 1201 B – 1202 A): ver Juan 15, .5; Filip. 4, 13.
(2) Conc. de Trente, ses. 5, c. 2, de Re/orma (Mansi Coll. Conc. 33, col. 30-31; col. 153-C; col. 160-D).
(3) Mateo 18, 7.
(4) En la Encíclica Inter praesecipuas machinationes de Gregorío XVI, l-V-1844 cuyas sanciones también renovamos en la Encicl. Qui pluribus del 9-XI-1846.
(5) Ver Regla 4 de las anotadas de los Padres del Concilio de Trento, y aprobadas por Pío IV en la Costitución Domimci gregis del 24-111-1564, (Cod. lur. Can. Fontes, Gasparri 1926, I, 186; Mansi Coll. Conc. 33, col. 226-227); con lo que añadió la S. Congr. del índice, autorizado por Benedicto XIV, el 17-VI-1757.
(6) Concilio de Trento, ses. 4 en el decreto de la “Edición y uso de los Libros Sagrados” (Mansi, Coll. Conc. 33, col. 22 E – 23).
(7) Concilio de Efeso, Acto III; (Mansi Coll Conc. 4, col. 1295-B); S. Pedro Crisólogo, Epist. a Eutych. (Migne PL. 54, col. 743-A)
(8) S. León Magno, Sermón en el Aniversario de la Asunción BMV
(9) Mateo 16, 18.
(10) Mateo 5, 19
(11)  Lucas 22, 31-32
(12).Concilio ecuménico de Florencia en Def. o Decr. de la Unión (ver Mansi 31-A, col. 1034).
(13) Pedro 2, 13 ss.
(14) Romanos 13, 1 ss.
(15) Éxodo 20, 15-17; Deut. 5, 19-21.
(16) Mateo 18, 16; 25, 40-45.
(17)  Mateo 25, 34.
(18) Mat. 19, 23; Lúe. 6, 4; 18, 22; Stgo. 5, 1.
(19) Mat. 5, 3.
(20) Sabid. 6, 6-7.
(21) Sabid. 6, 8.
(22)  Sabid. 6, 8
(23)  Act.17, 31.
(24)  Mateo 16, 27.
(25)) Pío IX, Encícl. Qui pluribus, 9/11/1846.
(26)  I Timot. 5, 22
(27) Concilio de Trento, sesión 24 c. 4, de reform. (Mansi Coll. Conc. 33, col 159-C); Benedicto XIV Constit. Etsi minime, 7/2/1742 (Cod. Iur. Can. Fontes, Gasparri, 1926, I, 713).
(28) Ibid.
(29) S. Agustín, De las costumbres de la Iglesia Cat., lib. 1, c. 30 (Edic. BAC, t. 30, pág. 334-335).

La “estrategia del caos” en la América Hispana

anarkia

Por Juan Gabriel Caro Rivera

Si se abre cualquier periódico en su sección de noticias internacionales se puede leer lo siguiente: en una cárcel del Brasil dos pandillas protagonizan un sangriento motín que termina en el asesinato de varios presos. El hermano del presidente de Guatemala es capturado por corrupción y desfalco del erario público. Las áreas de cultivo de coca se han extendido nuevamente en Colombia. El tráfico de armas crece en México, Venezuela y Brasil. Grupos de indígenas armados expropian el territorio de sus ancestros a empresas multinacionales. Mujeres sin bikini en Argentina se exhiben en una playa y hacen protestas en las calles. Además de todo lo anterior, se escucha del crecimiento de los movimientos sociales de izquierda apoyados por un clero progresista  y pro-socialista. En este panorama desalentador, se puede ver cómo crecen las alarmas en temas de seguridad y gobernabilidad desbordados por el aumento de la criminalidad y la erosión de las instituciones políticas, sociales, económicas y principalmente morales. ¿Cómo todo esto forma un solo bloque? Primero debemos entender que estos son los síntomas que se remiten a un solo proyecto: la Revolución socialista mundial.

Después de una década de crecimiento económico y expansión de la industria de los países hispanoamericanos, es evidente que ninguno de los males endógenos, constitutivos del proceso propio de las sociedades modernas, ha desaparecido. En la actual coyuntura política esta desestabilización económica y social ha alcanzado una masa crítica: la corrupción, la violencia, el narcotráfico y la inseguridad campean a sus anchas. Tanto en los gobiernos de izquierda como de derecha se escuchan escándalos de extorsión, sobornos o compras de votos debido a la exacerbación  estallido del caso Odebrecht. Aún más preocupantes son el incremento de la violencia, los asesinatos, las guerras entre pandillas (tanto en las calles como en las cárceles) y el aumento del crimen organizado. El crecimiento del consumo y exportación de droga no se queda atrás, siempre dispuesto a colonizar nuevos mercados locales y extranjeros. Y las redes de tráfico de armas se extienden de Norte a Sur, desde los Estados Unidos hasta Centro América y Brasil, convirtiendo al continente en “la región donde más se utilizan las armas para fines de delitos violentos” según Simonetta Grassi, oficial jurídica y responsable del programa mundial de armas de fuego de la Oficina de Naciones Unidas.

Sin embargo, este escenario de caos continuo y disolución del orden social en convulsiones violentas no paso completamente desapercibido en su momento. Hace casi cuarenta años el profesor Plinio Correa de Oliveira había anticipado, en un artículo aparecido en la Folha de Sao Paulo, que el resquebrajamiento de la armonía social sería la estrategia futura de la nueva ingeniería social, usada por la Revolución socialista para apoderarse de los países de la América Hispana. Para el profesor Plinio, este plan tendría cuatro etapas:

  1. En la primera etapa, el comunismo corrompería a las élites políticas y clericales, que se apoderarían de las estructuras del Estado y la Iglesia. Una vez colonizadas estas instituciones por la ideología socialista, aceptando sus presupuestos teóricos y prácticos, se podrían manipular los hilos de la autoridad espiritual y el poder temporal para sus fines. Sin embargo, sus planes fracasarían a la hora de sumar a sus proyectos a las masas: “poseo a muchos de sus jefes, pero se me escurre de las manos el dominio sobre sus bases bonachonas”. Finalmente, esto llevaría a la deserción de amplias capas de la sociedad a los proyectos socio-económicos de la izquierda y causaría su colapso, como efectivamente ha venido ocurriendo en los últimos años, donde los gobiernos socialistas y progresistas fracasarían a la hora de llevar a cabo sus reformas estructurales de la sociedad y la infraestructura productiva. 
  2. Como el fracaso institucional será una realidad, se promoverá la lucha de clases a través de la criminalidad: el ladrón, el terrorista, el manifestante sindical, feminista, ecologista o pacifista serían las distintas figuras de una lucha interclasista que se opondrían al fachismo social producto de la propiedad, la exclusión política, el patriarcado o la derecha guerrerista. La emancipación de la humanidad pasaría necesariamente por la eliminación de la propiedad privada, del dinero y por tanto del capitalismo como sistema productivo. Por fachismo social debemos entender las autoridades naturales, es decir, el padre, el sacerdote y, sobre todo, el empresario que debe ser desahuciado y expropiado: “A quien vos llamás criminal, es una víctima. ¿Sabés quién es el verdadero criminal? El propietario. Sobre todo, el gran propietario. Es principalmente éste quien le roba al pobre. Mientras que un ladrón de la penitenciaria le roba a un hombre, el propietario le roba a un pueblo entero. ¡Su crimen social es de una maldad que no tiene nombre!” La criminalidad sería instrumentalizada para romper el tejido social orgánico y de este modo instaurar la sociedad atomizada, emancipada y libre.
  3. Con el aumento de la violencia y desarticulación de las fuerzas de seguridad del Estado, especialmente de la policía y el ejército, se vendrían abajo los representantes del orden establecido. Con su eliminación se busca, por tanto, liberar al criminal de los medios que lo controlan y lo someten al aparato burocrático estatal que, según el marxismo, no es otra cosa que un instrumento de explotación de clase: es decir de la clase burguesa sobre el resto de la sociedad. “Todo asesino, todo ladrón, todo estuprador, no es sino un heraldo del furor popular,” dice el demonio, y es precisamente esta “violencia revolucionaria” (Walter Benjamin, en su libro “Crítica de la violencia”, la llamará “violencia divina”) la que se pretende liberar de todo proceso de coaptación socio-estatal para demoler las ruinas del orden establecido. El dique será desbordado por el maremoto de iniquidad que lo destruirá todo.
  4. Finalmente la entrada de armas y armamento avanzado en las sociedades modernas, sin control y sin ninguna moderación creará células, focos de guerrillas, bandas criminales, cacicazgos y señores de la guerra sin control que fragmentaran el Estado y lo arrojaran a una anarquía delirante. “Cuando los burgueses espantados estuvieren bien persuadidos de que no hay salida para nada más, suscitaré entre los que vos llamás “criminales” a uno o algunos líderes, que sabré camuflar de carismáticos. Y haré que algún obispo anuncie que, para evitar el mal mayor, es preciso que los burgueses se resignen a tratar con aquellos que tienen un grado de bandidaje menor.” Con ello, los criminales y revolucionarios tomarán el poder, serán dueños de la sociedad y la “deconstruiran” a su antojo.

Este paradigma de destrucción se encuentra en plena emergencia y consolidación. Por ahora podemos decir que su implementación va más avanzada en países como México, Colombia y Venezuela, pero también en el Triángulo de la Muerte (Guatemala, Honduras y el Salvador). Falta ver si este paradigma se impondrá o será solo un laboratorio de ideas más para futuros experimentos.

El latrocinio de Éfeso (Vladimir Soloviev)*

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Arzobispo Nisoforo de Constantinopla venciendo al hereje Juan VII

Desde el siglo IV, la parte helenizada de la Iglesia sufría con la rivalidad y lucha continuas entre dos centros jerárquicos: el antiguo patriarcado de Alejandría y el nuevo de Constantinopla. Las fases exteriores de esta lucha dependían principalmente de la posición que adoptaba la corte bizantina. Y si queremos saber cómo era determinada esta posición del poder secular respecto de los dos centros eclesiásticos de Oriente, comprobamos un hecho notable. Podría creerse a priori que el Imperio bizantino tenía que escoger, desde el punto de vista político, entre tres líneas de conducta: o sostener al nuevo patriarcado de Constantinopla como criatura suya puesta siempre en sus manos y que no podía llegar a obtener nunca independencia durable, o bien el cesarismo bizantino (para no tener que reprimir en sus dominios las tendencias clericales y para libertarse de un vínculo demasiado estrecho e importuno) prefería tener el centro del gobierno eclesiástico algo más distante, pero siempre dentro de la esfera de su poder, y con este objeto sostenía al patriarcado de Alejandría, que llenaba ambas condiciones y tenía de su parte, además, para apoyar su primado relativo (sobre Oriente) la razón tradicional y canónica, o bien, por último, el gobierno imperial escogía el sistema del equilibrio, protegiendo ora a una, ora a otra de las sedes rivales según las circunstancias políticas. Pero vemos que, en realidad, no ocurría nada de eso.

Aun concediendo mucho a los accidentes individuales y a las relaciones puramente personales, debe reconocerse que había una razón general determinante de la conducta de los emperadores bizantinos en la lucha jerárquica de Oriente; pero esta razón era distinta de las tres consideraciones políticas que acabamos de indicar. Si los emperadores variaban en sus relaciones con los dos patriarcados, apoyando ora a uno, ora al otro, esas variaciones no dependían del principio del equilibrio. La corte bizantina sostenía siempre, no al más inofensivo de los dos jerarcas rivales en un momento dado, sino a aquel que estaba equivocado desde el punto de vista religioso o moral. Bastaba que un patriarca, ya de Constantinopla, ya de Alejandría, fuera hereje o pastor indigno, para asegurarse por mucho tiempo, si no para siempre, la protección enérgica del Imperio. Y, por el contrario, al subir a la cátedra episcopal, en la ciudad de Alejandro como en la de Constantino, un santo o un campeón de la verdadera fe debía prepararse por anticipado a los odios y a las persecuciones imperiales, incluso al martirio.

La tendencia irresistible del gobierno bizantino a la injusticia, la violencia y la herejía, esa invencible antipatía por los más dignos representantes de la jerarquía cristiana, se revelaron muy pronto. Acababa apenas el Imperio de reconocer la religión cristiana cuando ya perseguía a la lumbrera de la ortodoxia: San Atanasio. Todo el largo reinado de Constancio, hijo de Constantino el Grande, está ocupado por la lucha contra el glorioso patriarca de Alejandría, en tanto que los obispos heréticos de Constantinopla eran protegidos por el Emperador. Y no era el poder de la sede alejandrina, sino la virtud del que la ocupaba la que era insoportable para el César cristiano. Cuando, medio siglo más tarde, cambiaron las cosas, cuando fue la cátedra de Constantinopla la que estuvo ocupada por un gran santo, Juan Crisóstomo, al paso que el patriarcado de Alejandría había caído en manos de un hombre de los más despreciables, Teófilo, fue este último el favorecido por la corte de Bizancio, y ésta se valió de todos los medios para hacer perecer a Crisóstomo. ¿Sería quizá el carácter independiente del gran orador cristiano lo único que producía desconfianza al palacio imperial? Sin embargo, la Iglesia de Constantinopla tuvo poco después como jefe a un espíritu no menos indomable, a un carácter no menos independiente, Nestorio; pero como Nestorio reunía a dichas cualidades la de ser heresiarca definido, recibió todos los favores del Emperador Teodosio II, que no escatimó esfuerzo para sostenerlo en su lucha contra el nuevo patriarca de Alejandría, San Cirilo, émulo del gran Atanasio (…) por el celo ortodoxo y la ciencia teológica. En seguida veremos por qué el gobierno imperial no consiguió mantener al hereje Nestorio ni eliminar a San Cirilo.

Poco tiempo después cambiaron de nuevo los papeles. El patriarcado de Constantinopla tuvo en San Flaviano al digno sucesor de Juan Crisóstomo y la sede de Alejandría pasó a un nuevo Teófilo, Dióscoro, apodado «el Faraón de Egipto». San Flaviano era hombre manso y sin pretensiones; Dióscoro, manchado con todos los crímenes, se singularizaba por la ambición desmesurada y por un temperamento despótico al que debía su sobrenombre. Era evidente que, desde el punto de vista puramente político, el gobierno nada tenía que temer de San Flaviano, en tanto que las aspiraciones dominadoras del nuevo «faraón» debían infundir justo recelo. Pero San Flaviano era ortodoxo, y Dióscoro ofrecía la gran ventaja de favorecer a la nueva herejía monofisita. En virtud de esto, obtuvo la protección de la corte bizantina (*), y se convocó a un concilio ecuménico bajo sus auspicios para dar autoridad legal a su causa.

Dióscoro tenía todo de su parte: el apoyo del brazo secular, un bien disciplinado clero venido con él de Egipto y que le obedecía ciegamente, una turba de monjes heréticos, un considerable partido entre el clero de los restantes patriarcados y, por último, la cobardía del mayor número de los obispos ortodoxos que no se atrevían a resistir abiertamente un error cuando era protegido por «la sagrada majestad del divino Augusto».

San Flaviano estaba anticipadamente condenado, y con él la misma ortodoxia debía hundirse en toda la Iglesia oriental, si ésta hubiera quedado entregada a sus propias fuerzas. Pero fuera de ella existía un poder religioso y moral con el cual estaban obligados a contar «faraones» y emperadores.

Si en la lucha de los dos patriarcados orientales la corte bizantina tomaba siempre partido por el culpable y el hereje, la causa de la justicia y de la verdadera fe, ya estuviera representada por Alejandría o por Constantinopla, no dejaba nunca de hallar vigoroso apoyo en la sede apostólica de Roma. El contraste es, por cierto, sorprendente. Quien persigue sin descanso a San Atanasio es el emperador Constancio; quien lo sostiene y defiende contra todo el Oriente es el Papa Julio. El Papa Inocencio es quien protesta con energía contra la persecución de que se hace víctima a San Juan Crisóstomo, y él quien, después de muerto el gran santo, toma la iniciativa para rehabilitar su memoria en la Iglesia. También el Papa Celestino apoya con toda su autoridad a San Cirilo en su animosa lucha contra la herejía de Nestorio protegida por el brazo secular, y no cabe duda de que, sin la ayuda de la sede apostólica, el patriarca alejandrino, por muy enérgico que hubiese sido, no habría podido vencer las conjugadas fuerzas del poder imperial y de la mayor parte del clero griego. El contraste entre la acción del Imperio y la del Pontificado podría ser comprobado ampliamente a través de toda la historia de las herejías orientales, que no solamente eran siempre favorecidas sino a veces hasta inventadas por los emperadores, como en la herejía monotelita del emperador Heraclio y la iconoclasta de León el Isáurico. Debemos, empero, detenernos en el siglo V, cuando la lucha de los dos patriarcados, y en la instructiva historia del «latrocinio» de Éfeso.

Era, pues, notorio, según reiterada experiencia, que en las disputas de ambos jefes jerárquicos de Oriente el Papa occidental no tenía preferencias ni prejuicios y que siempre tenía seguro su apoyo la causa de la justicia y la verdad. Dióscoro, tirano y hereje, no podía, desde luego, contar en Roma con igual ayuda que su predecesor San Cirilo. El plan de Dióscoro era obtener la primacía del poder en toda la Iglesia oriental mediante la condenación de San Flaviano y el triunfo del partido egipcio, más o menos monofisita, cuyo jefe era él, Dióscoro. No pudiendo esperar la aprobación del Papa para realizar semejante plan, resolvió lograr su objeto sin el Papa y aun contra él.

En 449 se reunió en Éfeso un Concilio ecuménico en forma. Toda la Iglesia oriental estaba allí representada. También asistían los legados del Papa San León, pero no se les permitió presidir el Concilio. Protegido por los oficiales imperiales, rodeado de sus obispos egipcios y de una turba de clérigos armados de bastones, Dióscoro ocupaba el trono como un rey en medio de su Corte. Los obispos del partido ortodoxo temblaban y callaban. «Todos –leemos en las «Menias» rusas (vida de San Flaviano)– amaban más las tinieblas que la luz y preferían la mentira a la verdad, queriendo agradar al rey terrestre antes que al de los cielos». Sometióse a San Flaviano a un juicio irrisorio. Algunos obispos se echaron a los pies de Dióscoro implorando misericordia para el acusado y fueron maltratados por los egipcios; éstos gritaban a voz en cuello: «¡Que corten en dos a los que dividen a Cristo!». Se distribuyó entre los obispos ortodoxos tablillas que no tenían nada escrito y en las que estaban obligados a poner sus firmas. Ellos sabían que en seguida se inscribiría allí una fórmula herética. La mayor parte firmó sin protestar. Algunos quisieron agregar reservas, pero los clérigos egipcios les arrancaron por la fuerza las tablillas, rompiéndoles los dedos a palos. Por último Dióscoro se levantó y pronunció en nombre del Concilio sentencia de condenación contra Flaviano, quien quedaba depuesto, excomulgado y entregado al brazo secular. Flaviano quiso protestar, pero los clérigos de Dióscoro se echaron sobre él y lo maltrataron hasta tal punto que dos días después expiró.

Cuando así triunfaban en un Concilio ecuménico la iniquidad, la violencia y el error, ¿dónde estaba la Iglesia infalible e inviolable de Cristo? Estaba presente y se manifestó. En el momento en que San Flaviano caía maltrecho por la brutalidad de los servidores de Dióscoro, cuando los obispos heréticos aclamaban ruidosamente el triunfo de su jefe, en presencia de los obispos ortodoxos temblorosos y mudos, Hilario, diácono de la Iglesia romana, exclamó: «Contradicitur! [=¡Me opongo!]». No era, por cierto, la aterrorizada y silenciosa muchedumbre de los ortodoxos orientales lo que representaba en ese momento a la Iglesia de Dios. Toda la potencia inmortal de la Iglesia se había concentrado, para la cristiandad oriental, en aquel simple término jurídico pronunciado por un diácono romano: Contradicitur.

(…) El contradicitur del diácono romano representaba el principio contra el hecho, el derecho contra la fuerza bruta, era la firmeza moral imperturbable frente al crimen triunfante de los unos y la cobardía de los otros; en una palabra, era la Roca inmoble de la Iglesia frente las puertas del Infierno.

Los asesinos del patriarca de Constantinopla no se atrevieron a tocar al diácono de la Iglesia romana. Y en el espacio de sólo dos años el contradicitur romano convirtió el «santísimo Concilio ecuménico de Éfeso» en el «latrocinio [=pillaje] de Éfeso», provocó la deposición del asesino mitrado, valió la canonización a la víctima y determinó la reunión del verdadero Concilio ecuménico de Calcedonia bajo la presidencia de los legados romanos.

(Vladimiro Solovief, Rusia y la Iglesia Universal, Ediciones y Publicaciones Españolas S.A., Madrid 1946, pp. 276-283).

 

(*) Lo más curioso y que da más brillante confirmación a nuestra tesis (sobre la predilección de los emperadores bizantinos por la herejía como tal), es que el mismo emperador Teodosio II, que había sostenido la herejía nestoriana, condenada a su pesar por la Iglesia, se convirtió en seguida en celoso protector de Eutiquio y de Dióscoro que representaban una opinión diametralmente opuesta al nestorianismo pero igualmente herética.

¿Bajo qué aspecto se presentará la Iglesia en el año 2000?*

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Por Joseph Ratzinger
El teólogo no es un adivino. Tampoco es un futurólogo que, a partir de factores calculables del presente, hace cálculos sobre el futuro. Su oficio escapa en gran parte al cálculo; sólo mínimamente podría llegar a ser objeto de la futurología, que no es tampoco un arte adivinatorio, sino que establece lo que es calculable, y tiene que dejar pendiente lo que no es calculable. Dado que la fe y la Iglesia se adentran hasta esa profundidad del ser humano de la que surge siempre lo nuevo creativo, lo inesperado y no planificado, de ello se deduce que su futuro permanece escondido para nosotros, también en la época de la futurología. ¿Quién habría podido predecir, al morir Pío XII, el Concilio Vaticano II o la evolución posconciliar? ¿O quién se habría atrevido a predecir el Vaticano I cuando Pío VI, secuestrado por las tropas de la joven república francesa, murió prisionero en Valence en 1799? Ya tres años antes uno de los dirigentes de la república había escrito: «Este viejo ídolo será destruido. Así lo quieren la libertad y la filosofía… Es de desear que Pío VI viva todavía dos años, para que la filosofía tenga tiempo de completar su obra y de dejar a este lama de Europa sin sucesor» (1). Y pareció que realmente era así, hasta tal punto que se hicieron oraciones fúnebres por el papado, que se daba ya por definitivamente extinguido.

 

Seamos, por consiguiente, prudentes con los pronósticos. Aún es válida la palabra de Agustín según la cual el ser humano es un abismo; nadie puede observar de antemano lo que se alza de ese abismo. Y quien cree que la Iglesia no está determinada sólo por ese abismo que es el ser humano, sino que se fundamenta en el abismo mayor e infinito de Dios, tiene motivos más que suficientes para abstenerse de unas predicciones cuya ingenuidad en el querer-tener-respuestas podría revelar sólo ignorancia histórica. Pero entonces ¿tiene algún sentido nuestro tema? Puede tenerlo si uno es consciente de sus límites. Precisamente en tiempos de violentas convulsiones históricas en las que parece desvanecerse lo que ha sucedido hasta ese momento, y abrirse algo que es completamente nuevo, el ser humano necesita reflexionar sobre la historia, que le hace ver en su justa medida el instante irrealmente agrandado, y enmarca de nuevo ese instante en un acontecer que nunca se repite, pero que tampoco pierde nunca su unidad y su contexto. Ahora podrían ustedes decir: «¿Hemos oído bien? ¿Reflexionar sobre la historia? Pero esto significa dirigir una mirada al pasado, cuando en realidad esperábamos poner la vista en el futuro». Sí, han oído bien, pero pienso que la reflexión sobre la historia, si es bien entendida, comprende ambas cosas: una mirada retrospectiva a lo anterior y, desde ahí, la reflexión sobre las posibilidades y las tareas de lo venidero, que sólo se pueden esclarecer si se abarca con la mirada un tramo mayor de camino y uno no se cierra ingenuamente en el hoy. La mirada retrospectiva no permite hacer predicciones del futuro, pero limita la ilusión de lo que se presenta como completamente único, y muestra cómo también en el pasado ha existido algo comparable, aunque no lo mismo. En lo que hay de desigual entre entonces y hoy se fundamenta la incertidumbre de nuestros enunciados y la novedad de nuestras tareas; en lo que es igual se fundamenta la posibilidad de una orientación y una corrección.
Nuestra situación eclesial actual es comparable ante todo al período del llamado modernismo, a finales del siglo XIX y principios del siglo XX y, en segundo lugar, al final del rococó, apertura definitiva de la época moderna con la Ilustración y la revolución francesa. La crisis del modernismo no se realizó por completo, sino que fue interrumpida por las medidas de Pío X y por el cambio de situación espiritual tras la primera guerra mundial; la crisis actual es sólo la reanudación, diferida durante mucho tiempo, de lo que empezó entonces. Así, queda la analogía con la historia de la Iglesia y de la teología en la Ilustración. Quien la analice más detenidamente se sorprenderá por el grado de semejanza entre lo que sucedió entonces y lo que sucede hoy. La «Ilustración» como época histórica no tiene hoy buena fama; incluso quien sigue tras sus huellas no quiere ser tenido por ilustrado, sino que se distancia del racionalismo de aquella época, demasiado simplista, a su juicio, si se toma la molestia de recordar una historia ya acontecida. Tendríamos ya aquí una primera analogía: el decidido rechazo de la historia, que sólo se considera válida como trastero de lo anterior, que no podría ser útil para un hoy completamente nuevo; la certeza, segura de su victoria, de que ahora no se debe actuar ya según la tradición, sino únicamente de modo racional; el papel en general de palabras como racional, transparente y otras semejantes… todo esto es sorprendentemente parecido entonces y hoy. Pero tal vez antes que estos datos, a mi juicio negativos, se debería contemplar esa extraña mezcla de unilateralidades e iniciativas positivas, que une a los ilustrados de entonces y de hoy y que ya no permite que el hoy aparezca como lo que es completamente nuevo y está fuera de toda comparación histórica.

 

La Ilustración tuvo su movimiento litúrgico, en el cual se intentó simplificar la liturgia, reduciéndola a sus estructuras fundamentales y originarias; había que eliminar los excesos del culto a las reliquias y a los santos y, sobre todo, había que introducir en la liturgia la lengua vernácula, especialmente el canto popular y la participación comunitaria. La Ilustración tuvo su movimiento episcopal, que quería subrayar, frente a una centralización unilateral de Roma, la importancia de los obispos; tuvo sus componentes democráticos como, por ejemplo, el caso del vicario general de Constanza, Wessenberg, que exigía sínodos diocesanos y provinciales democráticos. Quien lee sus obras cree encontrarse con un progresista de nuestros días: se pide la abolición del celibato, se admiten sólo formularios sacramentales en lengua vernácula, se bendicen matrimonios mixtos sin el compromiso de la educación de los hijos, etcétera. Que Wessenberg se preocupara de predicar con regularidad y de elevar el nivel de instrucción religiosa, que quisiera crear un movimiento bíblico y otras muchas iniciativas semejantes, esto sólo demuestra una vez más que en aquellas personas no actuaba sólo un racionalismo estrecho de miras. No obstante, la impresión sigue siendo que su figura es contradictoria, porque a fin de cuentas usa sólo la tijera de poda de la razón que construye, que puede hacer algunas cosas buenas pero no es la única herramienta de un jardinero (2). Una impresión semejante de incoherencia es la que produce la lectura del sínodo de Pistoya, un concilio de la Ilustración en el que participaron 234 obispos, que fue celebrado en el norte de Italia en 1786 y que trató de traducir las ideas de reforma de aquel tiempo a la realidad eclesial, pero fracasó –y no es ésta la razón menos importante– por una mezcla de auténtica reforma y racionalismo ingenuo. De nuevo cree uno que está leyendo un libro posconciliar cuando encuentra la tesis de que el ministerio sacerdotal no fue instituido directamente por Cristo, sino que procede únicamente del seno de la Iglesia, la cual es sacerdotal en su totalidad sin distinción alguna; o cuando oye que una misa sin comunión no tiene sentido, o cuando se describe el primado papal como algo puramente funcional o, a la inversa, cuando se hace hincapié en el derecho divino del episcopado (3). Ya en 1794 fueron condenadas por Pío VI una gran parte de las proposiciones de Pistoya; la unilateralidad de este sínodo había desacreditado también sus buenos planteamientos.
Para saber dónde se encuentran, y dónde no, los elementos portadores de futuro, me parece que lo más instructivo es reflexionar sobre las personas y sobre los grupos afines de aquella época. Sólo podemos elegir, claro está, algunos tipos característicos en los que se muestre la amplitud de posibilidades de entonces y, al mismo tiempo y una vez más, la asombrosa analogía con nuestro tiempo. En efecto, están los progresistas extremos, representados, por ejemplo, por la triste figura del arzobispo parisino Gobel, que siguió valientemente todos los pasos del progreso de su tiempo: primero, a favor de una Iglesia nacional constitucional; después, como si tampoco esto fuera ya suficiente, renunció solemnemente al sacerdocio, declarando que, desde el feliz inicio de la revolución, no había ya necesidad de más culto nacional que el de la libertad y la igualdad. Participó en la adoración de la diosa razón en Notre Dame, pero al final el progreso pasó también sobre él: bajo Robespierre, el ateísmo volvió a ser de pronto un delito y el ex arzobispo fue conducido a la guillotina como ateo, y ajusticiado (4).
En Alemania la situación se presentó más tranquila. Habría que mencionar como progresista clásico, por ejemplo, al director del Georgianum de München, Matthias Fingerlos. En su obra Wozu sind Geistliche da? [Sacerdotes ¿para qué?] explica que el sacerdote debe ser ante todo un maestro del pueblo, que debe instruir al pueblo sobre la agricultura, la ganadería, el cultivo de la fruta, sobre los pararrayos, pero también sobre la música y el arte –hoy se diría: el sacerdote tiene que ser ante todo un trabajador social y debe ponerse al servicio de la construcción de una sociedad racional, purificada de los irracionalismos (5)–. En el centro, como progresista moderado, se podría situar la figura del ya mencionado vicario general de Constanza, Wessenberg, que de ningún modo habría participado en una simple reducción de la fe al trabajo social, pero que, por otro lado, mostraba muy poca comprensión por lo que es orgánico, lo vivo, lo que se sustrae a las puras construcciones de la razón. Un orden de valores completamente distinto lo encontramos en la figura del entonces obispo de Ratisbona, Johann Michael Sailer. Resulta difícil clasificarlo. Las categorías habituales de progresismo y conservadurismo fracasan ante él, como muestra ya el desarrollo de su vida: en 1794, acusado de racionalismo, le retiraron la cátedra de Dillingen; todavía en 1819 fracasó su nombramiento para obispo de Augsburgo, entre otras razones por la oposición de Clemens María Hofbauer, más tarde canonizado, que siempre lo tuvo por racionalista. Por otro lado, ya en 1806 su discípulo Zimmer fue alejado de la Universidad de Landshut, con el reproche de reaccionario; en esta universidad se hostigaba a Sailer y su círculo como auténticos enemigos de la Ilustración: el mismo hombre considerado siempre por Hofbauer como racionalista fue tenido por los verdaderos partidarios del racionalismo como su adversario más peligroso (6).
Tenían razón. De este hombre y del amplio círculo de sus amigos y discípulos surgió un movimiento que tenía en sí mucho más futuro que la arrogante presunción de los racionalistas puros. Sailer era un hombre abierto a todas las cuestiones de su tiempo. La anticuada escolástica jesuítica de Dillingen, en cuyo sistema bien estructurado hacía bastante tiempo que ya no podía penetrar la realidad, debió parecerle insuficiente. Kant, Jacobi, Schelling y Pestalozzi son sus interlocutores: para él, la fe no está ligada a un sistema de enunciados, y no se debe mantener mediante la huida a lo irracional, sino que debe subsistir en abierto contraste con el hoy. Pero el mismo Sailer conocía la gran tradición teológica y mística de la Edad Media con una profundidad insólita en su tiempo, porque no reducía al ser humano al instante presente, sino que sabía que éste sólo consigue adentrarse en sí mismo si se abre con profundo respeto y atención a toda la riqueza de su historia. Y, sobre todo, Sailer no sólo pensaba, sino que vivía. Si buscaba una teología del corazón, no lo hacía por un sentimentalismo barato, sino porque le importaba el ser humano total, que llega a la unidad de su ser por la compenetración de espíritu y cuerpo, de las profundidades ocultas del sentimiento y de la visible claridad del entendimiento. «Sólo se ve bien con el corazón», dijo Antoine de Saint-Exupéry. Si se compara el progresismo sin vida de Matthias Fingerlos con la riqueza y la profundidad de Sailer, se puede comprobar palpablemente hasta qué punto es esto verdad. Sólo se ve bien con el corazón: Sailer veía en profundidad porque tenía corazón. De él podía surgir algo nuevo, portador de futuro, porque vivía de lo permanente y porque ponía a disposición de este fin su vida y su propio ser. Y con esto hemos llegado al punto decisivo: sólo quien se da a sí mismo crea futuro. Quien sólo quiere enseñar, quien sólo desea cambiar a los otros, permanece estéril.
Mas así hemos llegado también a aquel otro hombre que fue adversario tanto de Sailer como de Wessenberg: Clemens Maria Hofbauer, el panadero bohemio que fue canonizado (7). Ciertamente este hombre era, en algunos aspectos, estrecho de miras e incluso un poco reaccionario. Pero era un hombre que amaba, que se ponía al servicio de los demás con toda su pasión intacta. Por un lado, pertenecieron a su círculo hombres como Schlegel, Brentano, Eichendorff; por otro, estaba incondicionalmente a disposición de los más pobres y abandonados, sin reservarse nada para sí, sino dispuesto a asumir cualquier ofensa si con ello podía ayudar a los demás. Y de este modo los otros podían descubrir a través de él de nuevo a Dios, como él mismo, desde Dios, había descubierto a los demás y sabía que necesitaban algo más que instrucción en el cultivo de la fruta y en la ganadería. En definitiva, la fe de este pobre panadero resultó ser más humanista y razonable que la racionalidad académica de los racionalistas puros. De hecho, lo que sobrevivió y lo que surgió como futuro de las ruinas de finales del siglo XVIII fue algo completamente distinto de lo que habían supuesto Gobel o Fingerlos: fue una Iglesia que se había hecho más pequeña, que había perdido esplendor social, pero que al mismo tiempo se había hecho más fecunda por la nueva fuerza de su interioridad y que, a través de los grandes movimientos de laicos y en las numerosas y nuevas fundaciones de órdenes, que tuvieron lugar desde mediados del siglo XIX, produjo nuevas fuerzas para la formación y la realidad social, hasta tal punto que no es posible imaginar nuestra historia más reciente sin ellas.
Con esto hemos llegado a nuestro hoy y a la reflexión sobre el mañana. El futuro de la Iglesia puede venir y vendrá también hoy sólo de la fuerza de quienes tienen raíces profundas y viven de la plenitud pura de su fe. El futuro no vendrá de quienes sólo dan recetas. No vendrá de quienes sólo se adaptan al instante actual. No vendrá de quienes sólo critican a los demás y se toman a sí mismos como medida infalible. Tampoco vendrá de quienes eligen sólo el camino más cómodo, de quienes evitan la pasión de la fe y declaran falso y superado, tiranía y legalismo, todo lo que es exigente para el ser humano, lo que le causa dolor y le obliga a renunciar a sí mismo. Digámoslo de forma positiva: el futuro de la Iglesia, también en esta ocasión, como siempre, quedará marcado de nuevo con el sello de los santos. Y, por tanto, por seres humanos que perciben más que las frases que son precisamente modernas. Por quienes pueden ver más que los otros, porque su vida abarca espacios más amplios.

 

La gratuidad que libera a las personas se alcanza sólo en la paciencia de las pequeñas renuncias cotidianas a uno mismo. En esta pasión cotidiana, la única que permite al ser humano experimentar de cuántas formas diferentes lo ata su propio yo, en esta pasión cotidiana y sólo en ella, se abre el ser humano poco a poco. Él solamente ve en la medida en que ha vivido y sufrido. Si hoy apenas podemos percibir aún a Dios, se debe a que nos resulta muy fácil evitarnos a nosotros mismos y huir de la profundidad de nuestra existencia, anestesiados por cualquier comodidad. Así, lo más profundo en nosotros sigue sin ser explorado. Si es verdad que sólo se ve bien con el corazón, ¡qué ciegos estamos todos! (8).

 

¿Qué significa esto para nuestra pregunta? Significa que las grandes palabras de quienes nos profetizan una Iglesia sin Dios y sin fe son palabras vanas. No necesitamos una Iglesia que celebre el culto de la acción en «oraciones» políticas. Es completamente superflua y por eso desaparecerá por sí misma. Permanecerá la Iglesia de Jesucristo, la Iglesia que cree en el Dios que se ha hecho ser humano y que nos promete la vida más allá de la muerte. De la misma manera, el sacerdote que sólo sea un funcionario social puede ser reemplazado por psicoterapeutas y otros especialistas. Pero seguirá siendo aún necesario el sacerdote que no es especialista, que no se queda al margen cuando aconseja en el ejercicio de su ministerio, sino que en nombre de Dios se pone a disposición de los demás y se entrega a ellos en sus tristezas, sus alegrías, su esperanza y su angustia.

 

Demos un paso más. También en esta ocasión, de la crisis de hoy surgirá mañana una Iglesia que habrá perdido mucho. Se hará pequeña, tendrá que empezar todo desde el principio. Ya no podrá llenar muchos de los edificios construidos en una coyuntura más favorable. Perderá adeptos, y con ellos muchos de sus privilegios en la sociedad. Se presentará, de un modo mucho más intenso que hasta ahora, como la comunidad de la libre voluntad, a la que sólo se puede acceder a través de una decisión. Como pequeña comunidad, reclamará con mucha más fuerza la iniciativa de cada uno de sus miembros. Ciertamente conocerá también nuevas formas ministeriales y ordenará sacerdotes a cristianos probados que sigan ejerciendo su profesión: en muchas comunidades más pequeñas y en grupos sociales homogéneos la pastoral se ejercerá normalmente de este modo. Junto a estas formas seguirá siendo indispensable el sacerdote dedicado por entero al ejercicio del ministerio como hasta ahora. Pero en estos cambios que se pueden suponer, la Iglesia encontrará de nuevo y con toda la determinación lo que es esencial para ella, lo que siempre ha sido su centro: la fe en el Dios trinitario, en Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, la ayuda del Espíritu que durará hasta el fin. La Iglesia reconocerá de nuevo en la fe y en la oración su verdadero centro y experimentará nuevamente los sacramentos como celebración y no como un problema de estructura litúrgica.
Será una Iglesia interiorizada, que no suspira por su mandato político y no flirtea con la izquierda ni con la derecha. Le resultará muy difícil. En efecto, el proceso de la cristalización y la clarificación le costará también muchas fuerzas preciosas. La hará pobre, la convertirá en una Iglesia de los pequeños. El proceso resultará aún más difícil porque habrá que eliminar tanto la estrechez de miras sectaria como la voluntariedad envalentonada. Se puede prever que todo esto requerirá tiempo. El proceso será largo y laborioso, al igual que también fue muy largo el camino que llevó de los falsos progresismos, en vísperas de la revolución francesa –cuando también entre los obispos estaba de moda ridiculizar los dogmas y tal vez incluso dar a entender que ni siquiera la existencia de Dios era en modo alguno segura (9)– hasta la renovación del siglo XIX. Pero tras la prueba de estas divisiones surgirá, de una Iglesia interiorizada y simplificada, una gran fuerza, porque los seres humanos serán indeciblemente solitarios en un mundo plenamente planificado. Experimentarán, cuando Dios haya desaparecido totalmente para ellos, su absoluta y horrible pobreza. Y entonces descubrirán la pequeña comunidad de los creyentes como algo totalmente nuevo. Como una esperanza importante para ellos, como una respuesta que siempre han buscado a tientas. A mí me parece seguro que a la Iglesia le aguardan tiempos muy difíciles. Su verdadera crisis apenas ha comenzado todavía. Hay que contar con fuertes sacudidas. Pero yo estoy también totalmente seguro de lo que permanecerá al final: no la Iglesia del culto político, que fracasó ya en Gobel, sino la Iglesia de la fe. Ciertamente ya no será nunca más la fuerza dominante en la sociedad en la medida en que lo era hasta hace poco tiempo. Pero florecerá de nuevo y se hará visible a los seres humanos como la patria que les da vida y esperanza más allá de la muerte.

 

Notas

 

1) Citado en F. X. Seppelt-G. Schwaiger, Geschichte der Päpste, Kösel, München 1964, pp. 367-368. Cf. también la exposición que se halla en L. J. Rogier-G. de Bertier de Sauvigny, Geschichte der Kirche IV, Benziger, Einsiedeln 1966, pp. 177ss. G. de Bertier de Sauvigny afirma como resumen sobre la situación al final del periodo de la Ilustración: «En pocas palabras: si a principios del siglo XIX el cristianismo tenía aún algunas posibilidades de seguir existiendo, estas posibilidades eran manifiestamente más para las Iglesias surgidas de la Reforma que para la Iglesia católica, golpeada en la cabeza y en los miembros» (p. 181).

 

2) Cf. el instructivo artículo sobre Wessenberg del arzobispo C. Gröber en la primera edición del LThK X, cols. 835-839; LThK2 X, cols. 1064ss (W. Müller). K. Aland ha iniciado la edición de las obras de Wessenberg.

 

3) Cf. los textos en Denzinger-Schönmetzer 2600-2700, especialmente 2602, 2603, 2606, 2628 (texto latino y versión castellana en Heinrich Denzinger-Peter Hünermann, El magisterio de la Iglesia. Enchiridion symbolorum definitionum et declarationum de rebus fidei et morum, Herder, Barcelona 1999, pp. 675-710). Cf. L. Willaert, «Synode von Pistoia», en LThK2 VIII, cols. 524-525.
4) Cf. L. J. Rogier, Geschichte der Kirche IV, op. cit., pp. 133ss.

 

5) A. Schmid, Geschichte des Georgianums in München, Pustet, Regensburg 1894, pp. 228ss.

 

6) Sobre Sailer, cf. especialmente I. Weilner, Gottselige Innigkeit. Die Grundhaltung der religiösen Seele nach J.M. Sailer, Pustet, Regensburg 1949; Id., «J. M. Sailer, Christliche Innerlichkeit», en (J. Sudbrack – J. Walsh [eds.]) Grosse Gestalten christlicher Spiritualität, Echter, Würzburg 1969, pp. 322-342. Sobre P. B. Zimmer, cf. la tesis doctoral defendida en Tübingen por P. Schäfer, Philosophie und Theologie im Übergang von der Aufklärung zur Romantik, Vandenhoeck & Ruprecht, Göttingen 1971.

 

7) Cf. H. Gollowitzer, «Drei Bäckerjungen»: Catholica 23 (1969), pp. 147-153.

 

8) Sobre esta cuestión, cf. las extraordinarias consideraciones de H. de Lubac, «Der Heilige von morgen», en: Geheimnis aus dem wir leben, Benziger, Einsiedeln 1967, pp. 155-162; Id., «L’Église dans la crise actuelle», en: Nouvelle Revue théol. 91 (1969), pp. 580-596, especialmente pp. 592ss.

 

9) Cf. L. J. Rogier, op. cit., p. 121.

 

*Este texto nació como una charla del sacerdote y profesor de teología Joseph Ratzinger en un programa radiofónico de Alemania. Fue publicado luego como parte del libro: Joseph Ratzinger, Glaube und Zukunft, Kösel-Verlag, München 1970; y de su posterior traducción al español: Joseph Ratzinger, Fe y futuro, Desclée de Brouwer, 1971. Se trata del quinto y último capítulo de Fe y Futuro. Hemos tomado el texto de la revista Humanitas, de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Creemos que es una reflexión valiosa, aunque habría que matizar algunos puntos que, dentro de este texto, son secundarios.