Cuatro dedos sucios y feos*

Plinio Corrêa de Oliveira

La perplejidad se da bien con blandos sillones de cuero en los cuales el hombre se siente hundir placenteramente. Es que hay cierta analogía entre estar atontado por cuestiones que nos dejan perplejos, y los asientos de blandos resortes. El hombre perplejo, hundido en el cuero, se queda atontado tanto corporal como anímicamente, lo cual le confiere a su situación esa unidad que nuestra naturaleza pide con insistencia y a todo pretexto.

Es cierto que tal unidad no se encuentra allí sin algo de contradicción. Las perplejidades constituyen para la mente un penoso atolladero. Un purgatorio. A veces, casi un infierno. Por el contrario, los cueros y los resortes le proporcionan al cuerpo cansado un atolladero delicioso, reparador. Pero esa contradicción no hiere la unidad. Y disminuye el tormento del hombre, en lugar de acrecentarlo.

Para probarselo al lector, le bastaría a éste imaginar cuánto peor sería la situación de un hombre perplejo, sentado en un duro banco de madera…

Se me ocurrió todo esto al recordar que, en una de estas noches, llegado al término de la comida, resolví reflexionar sobre la situación nacional, atolladero en el sentido más preciso y siniestro del término. Y para eso me hundí instintivamente en un profundo y blando sillón de cuero. Comencé entonces a pensar…

La ronda macabra de los diversos problemas patrios, ideológicos, sociales y económicos, comenzó a danzar en mi espíritu. A fin de ver con claridad, trataba de detener la fea danza, de modo de analizar una por una las diversas cuestiones que la formaban. Pero éstas parecían rehuir toda evaluación exacta, ejecutando cada cual, delante de mis ojos finalmente fatigados, un movimiento convulsivo a la manera del “delirium tremens”. Pertinaz, yo insistía. Pero ellas, no menos pertinaces que yo, aumentaban su temblor, y de repente retomaban al galope su zaranda.

¿Fiebre? ¿Pesadilla? Lo cierto es que me senti súbitamente en presencia de un personaje bien real, de carne y hueso…

Y yo, que tenía la intención de comunicar a los lectores el resultado de mis consideraciones, quedé reducido a contarles lo que este personaje me dijo.

El tal hombre atemporal me trataba de “vos”, con cierta superioridad que tenía su ingrediente de ironía y condescendencia. Y poniendo en ristre el índice corto y poco limpio de la mano derecha, como para anunciarme una primera lección, sentenció:

“Quiero que sepas que yo, el comunismo, fracasé en este Brasil asosegado. El PC, aquí, es un enano que da vergüenza. Por eso evito presentarlo solo en público. El sindicalismo no me sirvió de nada. Poseo a muchos de sus jefes, pero se me escurre de las manos el dominio sobre sus bases bonachonas (“pacifistas” dirías vos). Entré en las Curias, en las casas parroquiales, seminarios y conventos. ¡Qué buenas conquistas hice! Pero también allí prosperé en las cúpulas, y sin embargo la mayor parte de los chiquilines beatos se me está escapando. Noto, Plinio, tu cara alegre ante mi confidencia avergonzada. Me considerás derrotado. ¡Zonzo! Te mostraré que tengo otros modos de progresar. ¿Lo ponés en duda?” Sí, yo lo dudaba.

Entonces levantó él teatralmente, al lado del dedo índice, el dedo medio, un poco más largo y no menos repelente. Y entró a dar su segunda lección.

“Comenzaré por un sofisma. Haré lo que no imaginás: la apología del crimen. Sí, diré por mil labios, a través de mil plumas y millones de videos y micrófonos, que la ola de criminalidad, que tanto asusta a los repugnantes burgueses, raramente nace de la maldad de los hombres. En las tribus indígenas, los crímenes son más raros que entre los civilizados. Lo cual quiere decir que el crimen nace entre nosotros de las convulsiones sociales originadas en el hambre. Elímínese el hambre, y desaparece el crimen. Como, por otra parte, también la prostitución.

“A quien vos llamás criminal, es una víctima. ¿Sabés quién es el verdadero criminal? El propietario. Sobre todo, el gran propietario. Es principalmente éste quien le roba al pobre.

“Mientras que un ladrón de la penitenciaria le roba a un hombre, el propietario le roba a un pueblo entero. ¡Su crimen social es de una maldad que no tiene nombre!“

El delirio lleva a muchas cosas. Pensé en expulsar al jactancioso idiota. Pero el comodismo me mantuvo atontado en mi sillón. Furibundo e inerte, lo dejé continuar.

El levantó el dedo anular, feo hermano de los dos que ya estaban erguidos. Y prosiguió.

“Tengo una más, “don” Plinio. En vista de todo cuanto dije, un gobierno conciente de sus obligaciones tiene como deber desmantelar la represión y dejar avanzar la criminalidad. Pues ésta no es sino la revolución social en marcha. Todo asesino, todo ladrón, todo estuprador, no es sino un heraldo del furor popular. Y por eso haré constar ante el mundo entero que la explosión criminal en el Brasil está siendo calumniada por reaccionarios viles. La criminalidad es la expresión de este furor, justamente vindicativo, de las masas, que los sindicatos y la izquierda católica no supieron galvanizar”.

Suspendiendo el meñique, miniatura fiel de los tres dedos ya en ristre, nuestro hombre se rió.

“Haré entrar armas al Brasil. Cuando los burgueses espantados estuvieren bien persuadidos de que no hay salida para nada más, suscitaré entre los que vos llamás “criminales” a uno o algunos líderes, que sabré camuflar de carismáticos. Y haré que algún obispo anuncie que, para evitar el mal mayor, es preciso que los burgueses se resignen a tratar con aquellos que tienen un grado de bandidaje menor.

“Veo tu mueca. Estás pensando que la burguesía está preparada para cometer este error más. Tenés razón. Así se constituirá un gobiemo a la Kerensky, bien de izquierda. El día siguiente será del Lenín que escoja yo”.

Me levanté para agarrar al hombre. Cuando me puse de pie, acabé automáticamente de despertarme. O pasó la fiebre…

Escribí de inmediato cuanto “viera” y “oyera”, pues sólo hasta pocos minutos después de la fiebre o del sueño tales impresiones se pueden conservar con cierta vitalidad.

Lector, espero que ellas no le den fiebre. Si es que, antes de terminar la lectura, ellas no le dan sueño.

Este no será, en todo caso, un tranquilo sueño de primavera. Pero estará en consonancia con esta meteorología caótica de los días aguados y feos con los que va comenzando noviembre.

P.S. La policía paulista parece encontrarse hoy revolucionada. ¿Qué diría a este respecto el hombrecillo de los cuatro dedos sucios? En San Pablo, por todo el Brasil, ¿qué rumbo tomará el buscapié de la subversión? Parar, no parará…

*Públicado en la “Folha de São Paulo”, 16-11-1983

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