Discurso a los hombres de Acción Católica en el 30° aniversario de su unión*

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Papa Pío XII  

Al contemplar esta magnífica reunión de hombres de Acción Católica, la primera palabra que viene a nuestros labios es de agradecimiento a Dios por habernos regalado un espectáculo tan grandioso y devoto; después, de reconocimiento a vosotros, queridos hijos, por haberlo querido realizar ante nuestra mirada exultante.

Nos sabemos bien cuáles nubes amenazantes se espesan sobre el mundo, y sólo el Señor Jesús conoce nuestra continua ansiedad por la suerte de una humanidad de la que Él, Supremo Pastor invisible, quiso que Nos fuésemos visible padre y maestro. Ella mientras tanto procede por un camino que cada día se manifiesta más arduo, mientras parecería que los medios portentosos de la ciencia debiesen, no digamos «cubrirlo de flores», pero al menos disminuir, si no directamente extirpar, el cúmulo de cardos y de espinas que lo obstruyen.

De vez en cuando sin embargo –para confirmarnos en esta preocupada ansiedad– Jesús en su bondad quiere que las nubes se rasguen y aparezca triunfante un rayo de sol; signo de que incluso las nubes más oscuras no destruyen la luz, sino que solamente esconden su fulgor.

Y he aquí ahora un pacífico ejército de hombres militantes en la Acción Católica Italiana; cristianos vivos y vivificantes; pan bueno y a la vez preciosísimo fermento en medio de la masa de los otros hombres; ciento cincuenta mil, la mayor parte padres de familia, que viven su bautismo y se esfuerzan para hacerlo vivir a los otros. No sois todos. Cientos de miles de hombres católicos, retenidos por graves motivos, están aquí presentes con el ardor de su espíritu, de su fe, de su amor. Hombres maduros y de toda condición: gerentes, profesionales, empleados, docentes, obreros, trabajadores del campo, militares: todos hermanos en Cristo, todos unidos como en un solo latido de un solo corazón.

Quisiéramos que también vosotros pudierais admirar la estupenda visión que se ofrece en este momento a nuestros ojos; anhelaríamos que sintieseis en lo profundo del alma con cuánto amor Nos quisiéramos –si fuese posible– descender en medio de vosotros y abrazaros a todos, como si fueseis uno solo.

¡Queridos hijos! Habéis venido a Roma para festejar los treinta años de vuestra Unión –la primera de las Asociaciones Nacionales de Acción Católica–. Hace cinco años, los hombres que coincidieron en la Urbe eran setenta mil; hoy ese número se ha duplicado y es algo más que un símbolo del multiplicado fervor de vuestra vida cristiana.

En aquel ya lejano septiembre de 1947 Nos bendijimos vuestro estandarte y le agregamos una medalla de oro. Queremos deciros aquí, en la presencia de Roma y de Italia, que vosotros habéis correspondido bien a nuestras expectativas en estos años de luchas agudas por la civilización cristiana e italiana. Esta medalla está bien allí, sobre vuestra bandera, porque vosotros habéis estado entre los principales artífices de la resistencia que Italia, para sí y para el mundo, ha opuesto a las fuerzas del materialismo y de la tiranía.

Hoy a mediodía un nuevo acorde de campanas se ha agregado al anillo sonoro de todos los bronces sagrados de la Urbe, que saludan a María e invitan a los fieles a honrarla. En aquella hora vosotros habéis querido hacernos a Nos, Obispo de Roma, un don particularmente grato. En el corazón de un barrio densamente poblado de nuestra querida Ciudad, por impulso de vuestro incansable Asesor Eclesiástico Central, sobre los diseños de un joven arquitecto miembro de la Acción Católica, ante la admiración de cuantos han podido observar la complejidad del proyecto y la rapidez de la ejecución, gracias a la habilidad y a la tenacidad de los trabajadores, vuestra Unión ha hecho surgir, con todos los edificios y las obras anexas, una iglesia bella y espaciosa, sede de parroquia, dándole el nombre de San León Magno.

Nos estimamos que no herimos a nadie diciendo que de este Pontífice, grande entre los grandes, pocos conocen su intrépida actividad por el bien civil y social de Roma y de Italia, para conservar la pureza de la fe y para reordenar y reforzar la organización eclesiástica; quizás no muchos recuerdan que una gran parte de su actividad fue gastada en la lucha contra la herejía monofisita, que negaba en Cristo dos naturalezas, la humana y la divina, realmente distintas, sin fusión ni mezcla.

Pero todos saben que, mientas Atila, rey de los hunos, descendía victorioso en Italia, devastando la Venecia y la Liguria, y se aprestaba a marchar sobre Roma, el Papa León reanimó al Emperador, al Senado y al pueblo, todos presas del terror; después partió inerme y fue al encuentro del invasor sobre el Mincio. Y Atila lo recibió dignamente y se alegró tanto de la presencia del summus sacerdos, que renunció a toda acción de guerra y se retiró más allá del Danubio. Este hecho memorable ocurrió en el otoño del año 452, de donde Nos estamos felices de conmemorar aquí solemnemente con vosotros el decimoquinto centenario. ¡Queridos hijos, hombres de Acción Católica! Cuando nos enteramos de que el nuevo templo debía ser dedicado a San León I, salvador de Roma y de Italia de la avalancha de los bárbaros, nos ha venido el pensamiento de que quizás vosotros queríais referiros a las condiciones actuales. Hoy no sólo la Urbe e Italia, sino el mundo entero está amenazado.

Oh, no nos preguntéis cuál es el “enemigo”, ni cuáles vestimentas usa. Él se encuentra en todas partes y en medio de todos; sabe ser violento y furtivo. En estos últimos siglos ha tratado de realizar la disgregación intelectual, moral y social de la unidad en el organismo misterioso de Cristo. Ha querido la naturaleza sin la gracia; la razón sin la fe; la libertad sin la autoridad; a veces la autoridad sin la libertad. Es un “enemigo” vuelto cada vez más concreto, con una falta de escrúpulos que deja todavía atónito: Cristo sí, Iglesia no. Después: Dios sí, Cristo no. Finalmente el grito impío: Dios ha muerto; más bien: Dios nunca ha existido. Y he aquí el intento de edificar la estructura del mundo sobre fundamentos que Nos no dudamos en señalar como principales responsables de la amenaza que se cierne sobre la humanidad: una economía sin Dios, un derecho sin Dios, una política sin Dios. El “enemigo” se ha esforzado y se esfuerza para que Cristo sea un extraño en la Universidad, en la escuela, en la familia, en la administración de justicia, en la actividad legislativa, en el consenso de las naciones, allí donde se determina la paz o la guerra. Él está corrompiendo el mundo con una prensa y con espectáculos que matan el pudor en los jóvenes y las jóvenes y destruyen el amor entre los esposos; inculca un nacionalismo que conduce a la guerra.

Vosotros veis, queridos hijos, que no es Atila quien presiona a las puertas de Roma; vosotros comprendéis que sería vano, hoy, pedir al Papa que se mueva y vaya a encontrarlo para detenerlo e impedirle sembrar la ruina y la muerte. El Papa debe, en su puesto, vigilar, orar y prodigarse incesantemente, a fin de que el lobo no termine de penetrar en el aprisco para secuestrar y dispersar la grey (cfr. Juan 10,12); también aquellos que comparten con el Papa la responsabilidad del gobierno de la Iglesia hacen todo lo posible para responder a la espera de millones de hombres, los cuales –como expusimos el pasado febrero– invocan un cambio de ruta y miran a la Iglesia como el válido y único timonel. Pero esto hoy no basta: todos los fieles de buena voluntad deben conmoverse y sentir su parte de responsabilidad en el éxito de esta empresa de salvación.

¡Queridos hijos, hombres de Acción Católica! La humanidad actual, desorientada, perdida, descorazonada, tiene necesidad de luz, de orientación, de confianza. ¿Vosotros queréis con vuestra colaboración –bajo la guía de la sagrada Jerarquía– ser los heraldos de esta esperanza y los mensajeros de esta luz? ¿Queréis ser portadores de seguridad y de paz? ¿Queréis ser el gran y triunfal rayo de sol que invita a despertar del sueño y a trabajar con fuerza? ¿Queréis convertiros –si a Dios le place así– en animadores de esta multitud humana, en espera de vanguardias que la precedan?

Entonces es necesario que vuestra acción sea ante todo consciente. El hombre de Acción Católica no puede ignorar lo que la Iglesia hace y pretende hacer. Él sabe que la Iglesia quiere la paz; que quiere una más justa distribución de la riqueza; que quiere levantar la fortuna de los humildes y de los indigentes; sabe que Cristo, Dios hecho hombre, es el centro de la historia humana; que todas las cosas han sido hechas en Él y para Él. Él sabe que la Iglesia, cuando augura un mundo distinto y mejor, piensa en una sociedad que tenga por base y fundamento a Jesucristo con su doctrina, sus ejemplos y su redención.

En segundo lugar es necesaria que vuestra acción sea iluminadora. En vuestras fábricas, en vuestras oficinas, en las calles, en los lugares donde obtenéis la sana recreación o el necesario descanso, os encontraréis casualmente con hombres “que tienen ojos para ver y no ven” (Ezequiel 12,2). ¡Hoy, por ejemplo, se encuentra pobre gente persuadida de que la Iglesia, que el Papa, quieren la explotación del pueblo, quieren la miseria, quieren –parecería inimaginable– la guerra! Los autores y propagadores de estas horrendas calumnias logran escapar de la justicia de los hombres, pero no podrán sustraerse al juicio de Dios. ¡“Vendrá un día…”! ¡Señor, perdónalos! Entretanto sin embargo es necesario aprovechar toda ocasión para abrir los ojos a esos ciegos, a menudo más víctimas de engaño que culpables.

Además, es necesario que vuestra acción sea vivificante. La Acción Católica no será realmente tal si no actúa sobre las almas. Las grandes reuniones, los magníficos desfiles y las manifestaciones públicas son ciertamente útiles. ¡Pero ay con confundir los instrumentos con los fines para los cuales deben ser utilizados! Si vuestra acción no llevase la vida del espíritu adonde está la muerte, si no buscase sanar esa misma vida donde está enferma, si no la fortificase donde está débil, sería en vano. Sabemos que vuestra Presidencia General ha preparado un programa de trabajo “capilar”, para volver eficiente la presencia de los católicos militantes en cada lugar y con todas las personas entre las cuales viven. De esa “base misionera”, como se ha querido llamarla, sed por lo tanto vosotros los principales componentes y propulsores.

Vuestra acción sea también unificadora. Estad unidos entre los miembros de una misma Asociación; unidos entre las diversas Asociaciones; unidos con las otras “ramas” de la Acción Católica. Pero estad unidos y haceos promotores de unión también con las otras fuerzas católicas, que combaten vuestras mismas incruentas batallas y tienden a vencer en vuestra misma lucha. –¡Queridos hijos! ¿Queréis ser fuertes? ¿Queréis ser, con la ayuda de Dios, invencibles? Estad prontos para sacrificar al bien supremo de la unión, no digamos los caprichos –es evidente–, sino también cualquier idea o programa que pudiese pareceros genial. La unión, sin embargo, no es uniformidad. Ésta destruiría la variedad de las fuerzas; variedad que no tiene solamente un valor estético, sino que también acarrea ventajas estratégicas y tácticas de primerísimo orden.

Vuestra acción sea finalmente obediente. Ninguno más que Nos desea que el laicado salga de un cierto estado de minoría de edad, hoy más que nunca inmerecido, en el campo del apostolado. Pero, por otra parte, es evidente la necesidad de una obediencia pronta y filial, siempre que la Iglesia habla para instruir las mentes de los fieles y para dirigir su actividad. Ella cuida bien de no invadir la competencia de la Autoridad civil. Pero cuando se trata de cuestiones que afectan la religión o la moral es deber de todos los cristianos, y especialmente de los militantes de Acción Católica, cumplir sus disposiciones, comprender y seguir sus enseñanzas. Quisiéramos añadir que también en el seno de la Acción Católica es necesario observar una estricta disciplina entre los varios grados de las Asociaciones. Cuando de hecho se tiene en frente a un ejército de férrea organización, ¿a qué peligros se expondría una milicia desordenada, en la cual cada uno se creyese autorizado a juzgar y a actuar según su propio arbitrio?

Y ahora, antes de concluir estas palabras nuestras, quisiéramos confiaros una “consigna”. Vosotros ciertamente recordáis que en el pasado mes de febrero hemos dirigido a los fieles de Roma una cálida exhortación, a fin de que el rostro incluso externo de la Urbe aparezca brillante de santidad y de belleza. Debemos decir que clero y pueblo están trabajando ardientemente para que no resulten vanas nuestras esperanzas y no sea frustrada nuestra confianza. Pero Nos hemos expresado al mismo tiempo el augurio de que el potente despertar, al que hemos exhortado a Roma, sea “pronto imitado por las diócesis cercanas y lejanas, a fin de que a nuestros ojos sea concedido ver volver a Cristo no solamente las ciudades, sino las naciones, los continentes, la humanidad entera”. Para este que podríamos llamar “segundo tiempo” Nos contamos con los hombres de Acción Católica, con toda la Acción Católica.

Entonces, mientras los impíos siguen difundiendo los gérmenes del odio, mientras gritan aún: “No queremos que Jesús reine sobre nosotros”: «nolumus hunc regnare super nos» (Lucas 19,15), otro canto se elevará, un canto de amor y de liberación, que exhala firmeza y coraje. Él se elevará en los campos y en las oficinas, en las casas y en las calles, en los parlamentos y en los tribunales, en las familias y en la escuela.

¡Queridos hijos, hombres de Acción Católica! Dentro de algunos instantes Nos impartiremos con toda la efusión de nuestro corazón paterno la Bendición Apostólica a vosotros, a vuestros seres queridos, a vuestras obras, a vuestras Asociaciones. Después retomaréis vuestro camino, volveréis a vuestros hogares, reencontraréis vuestro trabajo. Llevad a todas partes vuestra acción iluminadora y vivificante. Y sea vuestro canto un canto de certeza y de victoria.

Christus vincit! Christus regnat! Christus imperat! [¡Cristo vence! ¡Cristo reina! ¡Cristo impera!]

Fuente: http://w2.vatican.va/content/pius-xii/it/speeches/1952/documents/hf_p-xii_spe_19521012_uomini-azione-cattolica.html

Discurso del domingo, 12 de octubre de 1952. La traducción del italiano es de Daniel Iglesias Grèzes. Se destacado con letra negrita unas palabras de Pío XII que iluminan un notable significado histórico de este Año del Señor 2017, en el que coinciden tres aniversarios cruciales: los 500 años del inicio de la Reforma protestante (“Cristo sí, Iglesia no”), los 300 años de la fundación de la Masonería moderna (“Dios sí, Cristo no”) y los 100 años de la Revolución comunista en Rusia (“Dios ha muerto o, mejor dicho, nunca ha existido”).

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