Pedro y Satán (Vladimir Soloviev)*

No fue en cuanto apóstol que Simón debió cambiar de nombre. Este cambio, anticipadamente anunciado, no tuvo lugar cuando la elección y misión solemne de los doce. Éstos, con la sola exclusión de Simón, conservaron sus nombres propios en el apostolado; ninguno de ellos recibió del Señor un apelativo nuevo y permanente de significado general y superior. (No hablo aquí de los sobrenombres o epítetos accidentales y pasajeros, como el de Boanergues dado a Juan y Santiago).
Fuera de Simón, los apóstoles sólo se distinguen entre sí por sus caracteres naturales, así como por las diferencias o matices de sentimiento personal que su Maestro podía tener a su respecto. Por el contrario, el nombre nuevo y significativo que solamente Simón recibe aparte del apostolado común, no denota ni rasgo alguno de su carácter natural ni personal afecto del Señor hacia él, y depende únicamente del papel particularísimo que el hijo de Jona está llamado a desempeñar en la Iglesia de Cristo. No le ha sido dicho: Tú eres Pedro porque te prefiero a los otros ni porque tengas, naturalmente, firmeza de carácter (cosa que, por lo demás, no sería enteramente conforme a la verdad), sino: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia.

La profesión de Pedro, que por espontánea e infalible adhesión unía la Humanidad a Cristo y fundaba la Iglesia libre del Nuevo Testamento, no era una simple manifestación de su carácter habitual, y por esto no podía ser tampoco un accidental y pasajero impulso de su alma. ¿Puede acaso admitirse que por un impulso así, por un momento de entusiasmo, no solamente se cambiara el nombre a Simón como otrora a Abraham y a Jacob, sino que este cambio hubiera sido predicho mucho tiempo antes como destinado a ocurrir infaliblemente, dándosele así lugar determinado en los planes del Señor? Y ¿qué cosa más grave hay en la obra mesiánica que la fundación de la Iglesia Universal, expresamente vinculada a Simón transformado en Pedro?

La suposición de que el primer decreto dogmático de San Pedro emanara sólo de su pura personalidad humana y privada queda destruida, por lo demás, con el testimonio directo y explícito de Cristo: No te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre, que está en los cielos.

Esta profesión de Pedro era, pues, un acto sui generis, un acto por el cual el ser moral del apóstol entró en relación especial con la Divinidad. Y gracias a esta relación la palabra humana pudo manifestar infaliblemente la verdad absoluta del Verbo y crear la base inconmovible de la Iglesia Universal. Y, como para quitar todo género de duda al respecto, el relato inspirado del Evangelio no tarda en mostrarnos al mismo Simón, poco antes proclamado por Jesús Piedra de la Iglesia y portero del reino de los cielos, abandonado en seguida a sus propias fuerzas y hablando (sin duda con las mejores intenciones del mundo, pero sin asistencia divina) en el espíritu de su persona natural y privada. “Después de esto comenzó Jesús a declarar a sus discípulos que convenía ir Él a Jerusalén y padecer muchas cosas de los ancianos y de los escribas y de los príncipes de los sacerdotes, y ser muerto, y resucitar al tercer día. Y tomándolo Pedro aparte, comenzó a increparlo diciendo: Lejos esto de ti, Señor; no será esto contigo. Y vuelto hacia Pedro le dijo: Quítateme de delante, Satanás; estorbo me eres; porque no entiendes las cosas que son de Dios, sino las de los hombres” (Ev. según S. Mat. XVI, 21-23).

¿Iremos, como nuestros polemistas greco-rusos, a oponer este texto al precedente para destruir las palabras de Cristo unas con otras? ¿Puede creerse que la Verdad encarnada cambiara tan pronto de opinión y suprimiera de golpe todo cuanto acababa apenas de enunciar? ¿Cómo, por otra parte, conciliar el “Bienaventurado” y el “Satanás”? ¿Cómo admitir que la “piedra de escándalo” sea, para el Señor mismo, la piedra de su Iglesia, a la que las puertas del infierno no podrán conmover, que aquel que sólo piensa cosas humanas reciba las revelaciones del Padre celestial y obtenga las llaves del Reino de Dios?

No hay más que una manera de acordar textos que el evangelista inspirado no ha yuxtapuesto sin razón. Simón Pedro, como Pastor y Doctor supremo de la Iglesia Universal, a quien Dios asiste y que habla por todos, es el testigo fiel y el explicador infalible de la verdad divino-humana. En esta calidad es la base inmoble de la casa de Dios y el llavero del Reino celestial. El mismo Simón Pedro, como persona privada que habla y obra por sus fuerzas naturales y por su entendimiento puramente humano, puede decir y hacer cosas indignas y hasta satánicas. Pero los defectos y pecados personales son transitorios al paso que la función social del monarca eclesiástico es permanente. “Satanás” y el “escándalo” han pasado, pero Pedro ha quedado.

*Vladimiro Solovief, Rusia y la Iglesia Universal, Ediciones y Publicaciones Españolas S.A., Madrid 1946, Libro 2°, Capítulo 3°; pp. 203-206.

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