La “estrategia del caos” en la América Hispana

anarkia

Por Juan Gabriel Caro Rivera

Si se abre cualquier periódico en su sección de noticias internacionales se puede leer lo siguiente: en una cárcel del Brasil dos pandillas protagonizan un sangriento motín que termina en el asesinato de varios presos. El hermano del presidente de Guatemala es capturado por corrupción y desfalco del erario público. Las áreas de cultivo de coca se han extendido nuevamente en Colombia. El tráfico de armas crece en México, Venezuela y Brasil. Grupos de indígenas armados expropian el territorio de sus ancestros a empresas multinacionales. Mujeres sin bikini en Argentina se exhiben en una playa y hacen protestas en las calles. Además de todo lo anterior, se escucha del crecimiento de los movimientos sociales de izquierda apoyados por un clero progresista  y pro-socialista. En este panorama desalentador, se puede ver cómo crecen las alarmas en temas de seguridad y gobernabilidad desbordados por el aumento de la criminalidad y la erosión de las instituciones políticas, sociales, económicas y principalmente morales. ¿Cómo todo esto forma un solo bloque? Primero debemos entender que estos son los síntomas que se remiten a un solo proyecto: la Revolución socialista mundial.

Después de una década de crecimiento económico y expansión de la industria de los países hispanoamericanos, es evidente que ninguno de los males endógenos, constitutivos del proceso propio de las sociedades modernas, ha desaparecido. En la actual coyuntura política esta desestabilización económica y social ha alcanzado una masa crítica: la corrupción, la violencia, el narcotráfico y la inseguridad campean a sus anchas. Tanto en los gobiernos de izquierda como de derecha se escuchan escándalos de extorsión, sobornos o compras de votos debido a la exacerbación  estallido del caso Odebrecht. Aún más preocupantes son el incremento de la violencia, los asesinatos, las guerras entre pandillas (tanto en las calles como en las cárceles) y el aumento del crimen organizado. El crecimiento del consumo y exportación de droga no se queda atrás, siempre dispuesto a colonizar nuevos mercados locales y extranjeros. Y las redes de tráfico de armas se extienden de Norte a Sur, desde los Estados Unidos hasta Centro América y Brasil, convirtiendo al continente en “la región donde más se utilizan las armas para fines de delitos violentos” según Simonetta Grassi, oficial jurídica y responsable del programa mundial de armas de fuego de la Oficina de Naciones Unidas.

Sin embargo, este escenario de caos continuo y disolución del orden social en convulsiones violentas no paso completamente desapercibido en su momento. Hace casi cuarenta años el profesor Plinio Correa de Oliveira había anticipado, en un artículo aparecido en la Folha de Sao Paulo, que el resquebrajamiento de la armonía social sería la estrategia futura de la nueva ingeniería social, usada por la Revolución socialista para apoderarse de los países de la América Hispana. Para el profesor Plinio, este plan tendría cuatro etapas:

  1. En la primera etapa, el comunismo corrompería a las élites políticas y clericales, que se apoderarían de las estructuras del Estado y la Iglesia. Una vez colonizadas estas instituciones por la ideología socialista, aceptando sus presupuestos teóricos y prácticos, se podrían manipular los hilos de la autoridad espiritual y el poder temporal para sus fines. Sin embargo, sus planes fracasarían a la hora de sumar a sus proyectos a las masas: “poseo a muchos de sus jefes, pero se me escurre de las manos el dominio sobre sus bases bonachonas”. Finalmente, esto llevaría a la deserción de amplias capas de la sociedad a los proyectos socio-económicos de la izquierda y causaría su colapso, como efectivamente ha venido ocurriendo en los últimos años, donde los gobiernos socialistas y progresistas fracasarían a la hora de llevar a cabo sus reformas estructurales de la sociedad y la infraestructura productiva. 
  2. Como el fracaso institucional será una realidad, se promoverá la lucha de clases a través de la criminalidad: el ladrón, el terrorista, el manifestante sindical, feminista, ecologista o pacifista serían las distintas figuras de una lucha interclasista que se opondrían al fachismo social producto de la propiedad, la exclusión política, el patriarcado o la derecha guerrerista. La emancipación de la humanidad pasaría necesariamente por la eliminación de la propiedad privada, del dinero y por tanto del capitalismo como sistema productivo. Por fachismo social debemos entender las autoridades naturales, es decir, el padre, el sacerdote y, sobre todo, el empresario que debe ser desahuciado y expropiado: “A quien vos llamás criminal, es una víctima. ¿Sabés quién es el verdadero criminal? El propietario. Sobre todo, el gran propietario. Es principalmente éste quien le roba al pobre. Mientras que un ladrón de la penitenciaria le roba a un hombre, el propietario le roba a un pueblo entero. ¡Su crimen social es de una maldad que no tiene nombre!” La criminalidad sería instrumentalizada para romper el tejido social orgánico y de este modo instaurar la sociedad atomizada, emancipada y libre.
  3. Con el aumento de la violencia y desarticulación de las fuerzas de seguridad del Estado, especialmente de la policía y el ejército, se vendrían abajo los representantes del orden establecido. Con su eliminación se busca, por tanto, liberar al criminal de los medios que lo controlan y lo someten al aparato burocrático estatal que, según el marxismo, no es otra cosa que un instrumento de explotación de clase: es decir de la clase burguesa sobre el resto de la sociedad. “Todo asesino, todo ladrón, todo estuprador, no es sino un heraldo del furor popular,” dice el demonio, y es precisamente esta “violencia revolucionaria” (Walter Benjamin, en su libro “Crítica de la violencia”, la llamará “violencia divina”) la que se pretende liberar de todo proceso de coaptación socio-estatal para demoler las ruinas del orden establecido. El dique será desbordado por el maremoto de iniquidad que lo destruirá todo.
  4. Finalmente la entrada de armas y armamento avanzado en las sociedades modernas, sin control y sin ninguna moderación creará células, focos de guerrillas, bandas criminales, cacicazgos y señores de la guerra sin control que fragmentaran el Estado y lo arrojaran a una anarquía delirante. “Cuando los burgueses espantados estuvieren bien persuadidos de que no hay salida para nada más, suscitaré entre los que vos llamás “criminales” a uno o algunos líderes, que sabré camuflar de carismáticos. Y haré que algún obispo anuncie que, para evitar el mal mayor, es preciso que los burgueses se resignen a tratar con aquellos que tienen un grado de bandidaje menor.” Con ello, los criminales y revolucionarios tomarán el poder, serán dueños de la sociedad y la “deconstruiran” a su antojo.

Este paradigma de destrucción se encuentra en plena emergencia y consolidación. Por ahora podemos decir que su implementación va más avanzada en países como México, Colombia y Venezuela, pero también en el Triángulo de la Muerte (Guatemala, Honduras y el Salvador). Falta ver si este paradigma se impondrá o será solo un laboratorio de ideas más para futuros experimentos.

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