Los dedos del caos y los dedos de Dios

Por Plinio Corrêa de Oliveira

Poco tiempo atrás, quien dijese que el mundo estaba sumergiéndose en el caos, seria escuchado con displicencia: ¿cómo creer en tal previsión, dada la prosperidad y el orden que parecía reinar en Occidente? Como si el mundo no occidental no formase parte del planeta, por lo que bastarla que Europa y América estuviesen en orden para decir que todo iba bien y que el caos era imposible.

Se conceptuaba entonces el caos como un auge catastrófico de todos los desórdenes y desgracias. ¿Cómo admitir, entonces, que de una situación “evidentemente” ordenada pudiese originarse tal paroxismo de desorden? Tal sería la refutación, aparentemente indestructible, que el optimismo entonces reinante opondría a los que ciertamente tacharía de “profetas de des gracias”.

Va transcurriendo rápido y convulsionado el año 1992. Y el examen más superficial de la realidad deja ver que la palabra “caos” – hasta hace poco un espantapájaros para tanta gente reputada como sensata – pasó a ser una palabra de moda.

En efecto, para los círculos intelectuales de vanguardia, que se jactan de postmodemos, la palabra “caos” es algo fascinante, elegante, más o menos como un bibelot que todos quieren tener entre manos, para juguetear con él y verlo más de cerca. En vez de despertar horror, el caos es considerado hoy una fuente de esperanza. Por el contrario, la palabra “moderno”, que tanto halagaba a los occidentales, parece haber caído en la decrepitud. Refulgente de juventud hasta hace poco, nació en ella súbitamente una cabellera blanca, ya no consigue esconder sus arrugas y usa dentadura postiza. Poco le falta para caer en el basurero de la Historia. Ser moderno ¡que belleza hace diez años! Hoy en día ¡qué vejestorio! Quien no quiera verse envuelto en la decrepitud de lo que es moderno, debe llamarse postmodemo. He ahí la formula…

Cada vez más, “caos” y “postmodemidad” son conceptos que se van aproximando, al punto de tender a fundirse. Y hay, incluso, quien vea en eventuales hecatombes, conjeturadas para el día de mañana, el punto de partida de un radiante pasado mañana.

Asi, gente que hasta ayer no tenía suficientes epítetos para endilgar a la Edad Media, argumenta precisamente con ella para justificar su optimismo.

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En otros términos, el territorio del Imperio Romano de Occidente se encontró, en cierto momento, convulsionado a la vez por dos fuerzas enemigas, que le trituraban sus restos moribundos: los bárbaros procedentes de las orillas del Rhin, y los árabes que habían transpuesto el Mediterraneo e invadido amplias fajas del litoral europeo. Europa cayó en el caos. Toda la estructura del Imperio Romano de Occidente se pulverizó. De pie, sólo quedó la estructura eclesíástica, que había recibido de Roma la consigna de no abandonar los territorios donde ejercía su jurisdicción espiritual. En la esfera temporal, cundía el caos.

Sin embargo, del entrechoque de los ejércitos, de las razas y de las batallas, en medio del pandemonium general, lentamente se fue formando en los campos la estructura feudal. Y, en las bibliotecas de los conventos, los libros en que se había refugiado la cultura greco-latina comenzaron a proyectar su luz sobre las nuevas generaciones que lentamente fueron aprendiendo que vivir no es sólo luchar, sino también estudiar.

Poco a poco, sin que casi nadie se diese cuenta, los dedos febriles y desordenados del caos fueron produciendo un tejido nuevo: la cultura medieval, cuyos esplendores los postmodemos -para favorecer su argumentación- descubren ahora, como si hasta ayer no los ignorasen y vilipendiasen.

Y, como un prestidigitador que saca de repente un conejo de una galera, los actuales profetas del caos y de la posmodemidad sacan de las penumbras y de las agìtaciones de hoy, como también de las dramáticas turbulencias de la más Alta Edad Media, motivos para embaucar a nuestros contemporáneos con la esperanza y las luces de una nueva era.

Pero hay algo quo ellos se olvidan de incluir en el panorama histórico que les sirve de argumento. Es la Iglesia. La Iglesia, sí, en la cual no cesaron de refulgir santos que dejaron en la tierra la sabiduría de enseñanzas y la fuerza viva de ejemplos que hasta hoy el mundo no olvidó. Sacerdotes, muchos, fieles a las doctrinas y a las leyes dela Santa Iglesia, fueron por todas partes suscitando almas que comenzaron a brillar en las tinieblas, como originariamente se pusieron a brillar en el cielo las estrellas, por obra del Creador. Estas fueron las manos consagradas que gradualmente limpiaron de caos el espíritu, las leyes y los hábitos de los pueblos europeos.

La civilización fue tejida por estas manos benditas, y no por los dedos trémulos, sucios y poluídos del caos.

Teniendo esto en vista, el lector se volverá naturalmente para la Iglesia de hoy, esperando de Ella la misma acción desarrollada a partir de la Alta Edad Media. Y tiene razón, pues de la Iglesia se puede decir lo que dice de Nuestra Señora la Salve Regina: Ella es: “Vita, dulcedo et spes nostra”. Pero la historia jamás se repite con precisión mecánica. ¡Cómo difieren de las condiciones de entonces, las condiciones actuales de la Santa Iglesia de Dios!  Así como un hijo siente redoblar su amor y su veneración cuando ve a su propia madre caída en el infortunio y oprimida por la derrota, así es con redoblado amor, con veneración inexpresable que me refiero aquí a la Santa Iglesia de Dios, nuestra Madre. Precisamente en este momento histórico en que a Ella cabría hacer a la etema luz del Evangelio un nuevo mundo, la veo entregada a un doloroso y deprimente proceso de “autodemolición”, y siento dentro de Ella la “humareda de Satanás”, que penetró por infames fisuras (cfr. Paulo VI, alocuciones de 7-12-68 y 29-6-72).

¿Hacia donde dirigir, entonces, las esperanzas del lector? Hacia el propio Dios, que jamás abandonará Su Iglesia santa e inmortal, y que por medio de Ella hará, en los días remotos o próximos, cuyo advenimiento Su Misericordia y Su Justicia ya determinaron, pero que permanecen misteriosos para nosotros, el espléndido renacimiento de la civilización cristiana, el Reino de Cristo por el Reino de María.

Fuente: Plinio Corrêa de Oliveira

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