Pío XII advierte sobre “una Iglesia que relaja la Ley de Dios”

His_Holiness_Pope_Pius_XIIDISCURSO DE SU SANTIDAD PÍO XII A LOS FIELES
Domingo, 20 de febrero de 1949 

¡Romanos! ¡Queridos hijos e hijas!

Una vez más, en este tiempo de gravedad y dolor, los fieles de la Ciudad Eterna se han acercado presurosos a su Obispo y Padre.

Una vez más, esta magnífica columnata parece apenas capaz de abrazar con sus enormes brazos a la multitud, que como olas empujadas por una fuerza irresistible, han llegado hasta la Basílica del Vaticano para asistir a la misa de reparación en el centro del mundo católico, y expresar los sentimientos que inundan sus almas.

Entre las condenas unánimes del mundo civilizado, la sentencia impuesta sobre un eminente cardenal de la Santa Iglesia Romana a orillas del Danubio, ha alzado a orillas del Tiber un grito de indignación digno de la ciudad.

Pero el hecho de que un régimen opositor a la religión haya atacado esta vez a un príncipe de la Iglesia, reverenciado por la gran mayoría de su pueblo, no es un caso aislado; es un eslabón en la larga cadena de persecuciones que algunos estados dictatoriales han librado contra la doctrina y la vida cristiana.

Una conocida característica común de los perseguidores de todos los tiempos es que, no contentos con la destrucción física de sus víctimas, también quieren hacerlas parecer despreciables y malvadas ante su nación y sociedad.

¿Quién no recuerda a los mártires romanos de quien hablaba Tácito (Annales 15:44), inmolados por Nero y presentados como criminales incendiarios, abominables y enemigos de la humanidad?

Los perseguidores modernos también son dóciles discípulos de esa escuela infame. Ellos copian, por así decirlo, a sus maestros y modelos, cuando no los superan en crueldad y astucia en el arte de utilizar el progreso más reciente en las ciencias técnicas con el propósito de dominación y esclavitud del pueblo, cosa que en el pasado hubiera sido inconcebible.

¡Romanos! La Iglesia de Cristo sigue el camino trazado para ella por su divino Redentor. Ella se considera eterna; ella sabe que no puede perecer, que las tormentas más violentas no lograrán sumergirla. Ella no mendiga favores; las amenazas y el rechazo de las autoridades terrenales no la intimidan. Ella no interfiere en problemas puramente económicos o políticos ni se ocupa en debates acerca de la utilidad o peligro de una forma de gobierno u otra. Siempre ansiosa por estar en paz con todos, en la medida de lo posible (Rom. 12:8), da al César lo que es del César, pero no puede traicionar o abandonar lo que pertenece a Dios.

Ahora bien, es bien sabido lo que un estado totalitario y anti-religioso exige y espera de ella [la Iglesia] como precio por su tolerancia y reconocimiento problemático. Es decir, desearía:

una Iglesia que permanezca en silencio, cuando debería hablar;

una Iglesia que relaje la ley de Dios, adaptándola al gusto de los deseos humanos, en lugar de proclamarla y defenderla en voz alta;

una Iglesia separada de la base inconmovible sobre la que Cristo la fundó, para que repose sobre las cambiantes opiniones de su tiempo o se entregue a las corrientes pasatistas;

una Iglesia que no resista la opresión de conciencias y no proteja los legítimos derechos y libertades de la gente;

una Iglesia que, con indecoroso servilismo, permanezca encerrada entre las cuatro paredes del templo, que olvide el mandato divino recibido de Cristo: Id, pues, a las encrucijadas de los caminos (Mat. 22:9), enseñando a todos los pueblos (Mat. 28:20).

¡Queridos hijos e hijas! ¡Herederos espirituales de una innumerable legión de confesores y mártires!

¿Es esa la Iglesia que veneran y aman? ¿Reconocerían en esa Iglesia el rostro de su Madre? ¿Pueden imaginar un sucesor del primer Pedro, inclinándose ante semejantes demandas?

El Papa posee las promesas divinas; incluso con sus debilidades humanas, es invencible e inconmovible; es el mensajero de la verdad y la justicia, el principio de unidad de la Iglesia; su voz denuncia errores, idolatrías, supersticiones; él condena iniquidades; él hace amar la caridad y la virtud.

¿Puede entonces el Papa permanecer callado cuando en una nación las iglesias que están unidas al centro del cristianismo, a Roma, son usurpadas a través de la violencia y el engaño; cuando todos los obispos griegos son encarcelados por rehusarse a apostatar de su fe; cuando sacerdotes y fieles son perseguidos y arrestados porque se niegan a dejar a su verdadera madre, la Iglesia?

¿Puede el Papa permanecer callado cuando el derecho a educar a sus propios hijos les es quitado por un régimen de minorías que quiere alienarlos de Cristo?

¿Puede el Papa permanecer callado cuando un estado, sobrepasando los límites de su autoridad, se arroga el poder de abolir diócesis, deponer obispos, derrocar la organización eclesiástica, y reducirla por debajo de los requisitos mínimos para el cuidado efectivo de las almas?

¿Puede el Papa permanecer callado cuando llegan al punto de castigar a un sacerdote con prisión por negarse a violar el secreto más sagrado e inviolable, el secreto de la confesión sacramental?

¿Es quizás eso una interferencia ilegítima en los poderes políticos del estado? ¿Quién podría afirmar honestamente algo por este estilo? Sus exclamaciones ya han dado respuesta a estas y otras preguntas similares.

Que el Señor Dios recompense su fidelidad, queridos hijos e hijas. Que Él les de fuerza en las luchas presentes y futuras. Que Él los haga vigilantes contra los ataques de Sus enemigos y los de ustedes. Que Él ilumine con Su luz la mente de aquellos cuyos ojos permanecen cerrados a la verdad. Que Él otorgue a esos corazones que hoy están alejados de Él, la gracia de regresar sinceramente a la fe y a los sentimientos fraternales cuya negación amenaza la paz de la humanidad.

Y que ahora Nuestra  generosa, paternal y afectuosa bendición apostólica descienda sobre ustedes, la ciudad, y el mundo entero.

[Traducido por Marilina Manteiga. Artículo original.]

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